Mi Socio Es Un Fraude

Capitulo 5

Luego hice lo siguiente: levanté una ceja, giré hacia donde él, levante la paleta de arequipe y se la puse en la punta de la nariz.

—Qué carajo??? —grita Mateo—

—Mira Mateo, soy calmada, pero no tonta, si quieres ofenderme te falta mas que eso. ¿Te afectan mis curvas? ¿Te incomoda ver tambaleándose este trasero por todo lugar?— golpeo mi nalga de costado— porque te aseguro, que a tus clientes los he visto mas de una vez por esos espejos mirándome detenidamente y no por los postres que llevo en la mano. Así que puedes seguir con tu... —levante nuevamente mi mano, pero esta vez con la muñeca derecha hacia él con los dedos juntos moviéndose, como una boca que habla sin decir nada importante, es decir, el gesto universal de "bla bla bla que no significa nada", le di la vuelta completa y volví a mis brownies.

Desde el otro lado escuché algo que podría haber sido una risa contenida o un resoplido de indignación.

Mi teléfono vibró en el bolsillo del delantal. Lo saqué, miré la pantalla y sonreí antes de poder evitarlo, esa sonrisa que sale sin pedir permiso y que últimamente aparece cada vez que veo ese nombre en la pantalla.

Respondí el mensaje. Guardé el teléfono. Seguí con los brownies.

—Ves es esa sonrisa que a diario te veo y por un vejete, consíguete algo mejor mujer.

—No te atrevas a decir algo más. —me volteé ignorándolo

Detrás de mí, al otro lado de la cinta, hubo un silencio que tenía textura. El tipo de silencio que no es ausencia de sonido sino presencia de alguien prestando atención a algo que no le corresponde.

El día terminó ambos ignorándonos, sin inmutarnos palabra.

Al día siguiente llegó el entrenador de Mateo. Se llama Bruno, tiene el cuello más ancho que mi cabeza y una voz que parece salir de una caverna submarina, pero tiene una sonrisa enorme y genuina y pidió un café con leche y un croissant de mantequilla antes de empezar su turno de las 7:00 AM, lo cual lo convirtió automáticamente en mi persona favorita del gimnasio de al lado.

—Esto huele increíble —dijo, mirando mi vitrina con los ojos del que ve una obra de arte.

—Gracias. El croissant es de hoy.

—Mateo me dijo que no comprara nada aquí —me confió en voz baja, con la conspiración amistosa de alguien que ya decidió a qué bando pertenece.

—¿Y? —dije yo, igual de bajo.

—Y le dije que con todo respeto sus instrucciones no incluían el desayuno personal —respondió, y mordió el croissant con la felicidad de alguien tomando una decisión filosófica importante.

Me caía bien Bruno.

Mateo apareció dos minutos después, vio a Bruno en mi lado del local con el croissant en la mano, y tuvo una expresión que archivé bajo la categoría "derrota digna". No dijo nada. Se fue a su lado. Empezó a organizar pesas con más energía de la estrictamente necesaria.

La señora Carmen, que había presenciado todo desde su mesa, me miró con una sonrisa lenta y sabia.

—Esto va a ser muy… muy… muy… en tre te ni do —dijo cantando bajito y moviendo sus hombros.

Tenía razón, como casi siempre.

Lo que no le dije es que entretenido no significa fácil. Y que hay días en que el olor a desinfectante cruza la cinta amarilla, igual que el olor a vainilla cruza hacia el otro lado, y que en esos momentos el local se siente más pequeño de lo que es, y que compartir un espacio con alguien que te mira como si fuera un problema que todavía no encontró cómo resolver, es agotador de maneras que no se ven desde afuera.

Pero mi venganza es mi café, ese olor cautivador, que cada que lo preparo, veo a Mateo salir corriendo a prepararse una malteada.

(Voz de Mateo)

Quiero hablar de algo que nadie menciona cuando te dicen que compartir un espacio de trabajo con otra persona "no es para tanto". Nadie te dice que esa otra persona va a tener rituales. Rutinas. Costumbres específicas y repetitivas que se instalan en tu cerebro sin pedir permiso, y que empiezan a aparecer en tu cabeza en los momentos más inconvenientes, como cuando estás intentando concentrarte en los registros de tu nuevo negocio a las 6:58 AM. y tu cerebro, en vez de hacer su trabajo, está pendiente del reloj porque sabe que en dos minutos va a sonar la campanita.

No porque me importe. Que quede claro. No me importa.

Es simplemente que el cerebro humano es una máquina de reconocimiento de patrones, y cuando un patrón ocurre todos los días a la misma hora en el mismo lugar, el cerebro lo registra. Es biología. Es neurociencia. No tiene nada que ver con ninguna otra cosa.

El patrón es este: 7:00 AM en punto, el Vejete entra. Lucía ya tiene el paquete listo, lo cual significa que lo preparó con anticipación, eso significa que es especial para ella. Se dicen algo en voz baja, siempre en voz baja, como si lo que se dicen fuera para ellos solos y el resto del mundo no tuviera acceso. el vejete toma el paquete con las dos manos. Le dice algo. Ella sonríe con esa sonrisa que no es la de los clientes.

Y luego el teléfono vibra y ella sonríe de nuevo. Si acaba de irse el vejete, ¿que le manda escrito?, ¡ya me subi al carro, ya camine 20 pasos, ya te extraño, ya quiero que sea mañana. Que viejo verde... le lleva como 30 años, que le pasa, y ella sonriente recibe los mensajes, ni que llevara meses sin verlo, acaba de cruzar la puerta... Pero solo me fijo en detalles porque esta justo frente a mi, no porque me importe ella.




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