Un día pasó algo que no estaba en mis planes y que necesito documentar porque es importante para entender la secuencia de eventos que siguió.
Bruno, mi entrenador, llegó a las 6:55 AM como acordamos. Hasta ahí todo bien. Lo que no acordamos fue que Bruno, en vez de entrar directamente al gimnasio, se detuviera en el lado de Lucía, pidiera un café con leche y un croissant, y se sentara a desayunar con la tranquilidad de alguien que no recuerda haber recibido ninguna instrucción a hacer lo contrario.
Yo le había dicho, claramente, el día anterior: "No compres nada del lado de la pastelería. Estamos construyendo una identidad de marca de salud y bienestar, y no podemos mandar un mensaje contradictorio desde el primer día."
Bruno me miró cuando llegué y lo encontré con el croissant y me dijo, textualmente: "Mateo, con todo el respeto del mundo, mis instrucciones laborales no incluyen el desayuno personal."
No pude refutar eso. Legalmente hablando, tenía razón.
Pero lo que sí pude observar, desde mi lado de la cinta, fue la cara de Lucía cuando Bruno pidió el croissant. Esa sonrisa. La grande, la real, la de adentro. La misma que le sale cuando el vejete recoge el paquete. La misma que le sale cuando mira el teléfono. Al parecer Lucía tiene un repertorio limitado de sonrisas genuinas y las distribuye con criterios que yo no termino de entender pero que claramente no me incluyen a mí, lo cual es completamente irrelevante porque yo no estoy buscando ser incluido en el repertorio de sonrisas genuinas de nadie. Estoy aquí por el negocio.
Bruno terminó su croissant, me miró con la satisfacción tranquila de alguien que tomó una buena decisión, y entró al gimnasio a preparar el espacio para los primeros clientes.
Hay una cosa específica en esa vitrina que está al límite con la cinta, una cosita que ha estado llamando mi atención de maneras que me resultan desproporcionadas. Es un postre pequeño, redondo, cubierto con una capa de algo que parece chocolate oscuro, pero que tiene un brillo particular… no es de cobertura industrial sino de algo hecho a mano con más paciencia de la que yo tengo para cualquier cosa. Hay una etiqueta escrita con esa letra cursiva ilegible, y dice algo que no logro descifrar desde este ángulo.
No voy a preguntar qué es. No voy a cruzar la cinta amarilla para verlo de cerca. No voy a comprar nada del lado de la pastelería porque eso sería una contradicción con mi propuesta de valor como negocio de salud y bienestar.
Agarré mi batidor. Lo agité. Le di el primer sorbo del día mirando el techo.
Lo ignoré. Bueno casi. Desde el otro lado de la cinta, suave y constante como siempre, llegó el olor a vainilla.
Ese local no debería llamarse Dulce tentación, sino maldita tentación
(Voz de Lucía)
Mateo es un caso completo de músculos e ironía.
—¿Ya llegó tu chófer favorito?
Me volteé.
La voz venía desde arriba. Literalmente. Mateo estaba colgado de una barra.
COLGADO. Como un murciélago muy musculoso y muy entrometido.
Pero no puedo negar que al mirarlo colgado, se veía extremadamente sexi, tanto que si no abriera su bocotá hubiese mojado mis bragas, pero el siempre la ca… la deblin… mejor dicho
—Samuel es el asistente de un amigo —dije, con el tono educado, pero firme que uso cuando no quiero entrar en una conversación, pero tampoco quiero ser grosera. Un tono de voz que, debo admitir, estoy perfeccionando considerablemente esta semana.
Mateo bajó de la barra, y cayó de pie. Por supuesto cayó de pie. Ese hombre probablemente caería de un edificio y aterrizaría haciendo abdominales.
—¿Un amigo? —Repitió la palabra como si tuviera comillas invisibles alrededor—. ¿El amigo que te manda mensajes y te hace reír desde las siete de la mañana?
—No es de tu incumbencia. Porque resulta que asesinar socios comerciales está mal visto por la ley. Y porque esconder tu cuerpo sería complicado.
Puse la manga pastelera sobre el mesón con una delicadeza que no sentía por dentro.
Me volteé despacio.
La cinta amarilla nos separaba con sus colores de precaución que en este momento me parecían proféticamente acertados.
—Perdón. ¿Dijiste algo?
—Dije que...
PFFFFFFFFFFF.
La manga pastelera explotó.
No emocionalmente. Literalmente.
Un chorro de crema de mantequilla salió disparado hacia el espejo nuevo del gimnasio.
Mateo miró el espejo.
Yo miré el espejo.
La señora Carmen levantó la vista.
El señor Rodrigo levantó la vista.
Incluso una niña dejó de comerse un cupcake para levantar la vista.
La crema comenzó a deslizarse lentamente por el cristal.
—Bueno —dije finalmente—. Ahora tiene personalidad.
La señora Carmen soltó una carcajada tan fuerte que casi se atraganta con el café.
—¿Eso fue un accidente?
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Editado: 24.06.2026