Mi Socio Es Un Fraude

Capitulo 7

Hay una cosa que aprendí muy temprano en la vida, gracias a crecer en una casa donde la discreción era un deporte de supervivencia: uno siempre sabe cuándo lo están mirando. Es un sexto sentido que se desarrolla cuando uno aprende desde pequeño que la información es poder y que hay que custodiar la propia con cuidado. Mi madre me enseñó eso sin querer, siendo exactamente el tipo de persona de quien uno aprende a protegerse.

Así que cuando Mateo empezó a mirar mi teléfono, lo supe desde hace varios días.

No lo dije. No lo señalé. No hice nada que le indicara que lo había notado, porque eso habría arruinado el espectáculo y el espectáculo, debo admitirlo, era considerablemente bueno.

El primer intento fue el lunes de la segunda semana. Mateo decidió que ese era el día ideal para limpiar su lado del mostrador compartido con un trapo y un spray de desinfectante que olía a hospital con aspiraciones de lavanda. Lo cual habría sido completamente normal y hasta aplaudible en términos de higiene, excepto que el mostrador compartido está exactamente a un metro veinte de donde yo suelo tener el teléfono cuando chateo, y Mateo limpió ese metro veinte con una lentitud y una meticulosidad que habrían hecho llorar de orgullo a cualquier empresa de limpieza profesional. Ida. Vuelta. Ida. Vuelta. Con el cuello ligeramente girado hacia mi lado en un ángulo que un médico podría clasificar como técnicamente incómodo.

Yo bloqueé el teléfono tres segundos antes de que su línea de visión llegara a la pantalla.

Guardé el teléfono en el bolsillo.

Sonreí hacia la vitrina.

El segundo intento fue el martes. Esta vez eligió la estrategia de la estantería. Hay una estantería de madera en la pared que divide el área de preparación del área de atención al cliente, y Mateo decidió que ese martes era el momento perfecto para reorganizar los frascos de proteína en polvo que guarda ahí, lo cual es su derecho absoluto porque es su estantería y sus frascos. Lo que también es su derecho, pero resulta llamativo es que la reorganización requirió que se parara en el segundo escalón de una pequeña escalera, lo que le daba una línea de visión elevada hacia mi mostrador, y que la reorganización durara exactamente el tiempo que yo estuve chateando, ni un minuto más ni un minuto menos.

Esta vez bloqueé el teléfono, lo giré boca abajo sobre el mostrador y alcé la vista hacia él con una expresión completamente neutral.

Nuestras miradas se cruzaron.

Él bajó de la escalera con dos frascos de proteína en las manos, se tambaleo… pero para su mala suerte don Rodrigo iba pasando y alcanzo a agárralo antes de caer y quedaron en una pose de novela coreana. Mateo agradeció y se paró rápido y reubicó los tarros en el mismo lugar donde estaban antes.

Para Mateo fue humillante, para don Rodrigo, fue todo lo contrario, salió rojo del local y fue todo un sueño hecho realidad. Pero de la pena no vino por 3 días.

—¿Encontraste lo que buscabas? —pregunté, con la dulzura profesional de alguien ofreciendo una degustación.

—Estaba reorganizando —dijo.

—Claro —dije yo.

Hubo una pausa.

—¿Qué sabor es ese? —pregunté, señalando los frascos como si esa hubiera sido la pregunta todo el tiempo.

—¿Cuál?

—El de la etiqueta azul.

—Chocolate con avellana —dijo, aunque no miré los frascos porque no era necesario porque los dos sabíamos que esa no era la pregunta real.

—Bien . Gracias.

—De nada

El tercer intento fue el miércoles y fue, con diferencia, el más creativo. Mateo llegó a las 6:40 AM, veinte minutos antes de lo habitual, con una bolsa de herramientas y el anuncio de que iba a "ajustar la iluminación" de su lado del local porque la luz no era óptima para el ambiente del gimnasio. Lo cual puede ser completamente cierto. Los gimnasios necesitan buena iluminación. No tengo ningún argumento en contra de la iluminación adecuada.

Lo que sí noté fue que el "ajuste de iluminación" requirió instalar un foco nuevo exactamente en el punto del techo desde donde, con el ángulo correcto, se podía ver el reflejo de mi pantalla en el espejo grande que Mateo había puesto en su pared. El espejo que, recordemos, refleja todo el local. El espejo que, si uno lo estudia desde cierta posición mientras finge revisar el foco nuevo, funciona como un periscopio doméstico de considerable alcance.

Cuando me di cuenta me reí sola, bajito, de espaldas a él.

Luego saqué el teléfono, lo sostuve en el ángulo muerto del espejo con la naturalidad de alguien que lleva años haciendo exactamente esto, escribí mi respuesta y lo guardé antes de voltearme.

—Quedó buena la iluminación —le dije, mirando el foco nuevo.

—Sí —dijo él, desde la escalera, con una expresión que era la derrota más estoica que he visto en mi vida.

—Le da un ambiente muy interesante al espejo —agregué.

Bajó de la escalera. Guardó las herramientas. No dijo nada más.

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Lo que Mateo no entiende, y que yo no tengo ninguna intención de explicarle, es que no hay ángulo, espejo, estantería ni foco de iluminación que le vaya a mostrar lo que está en ese teléfono. No porque yo sea especialmente paranoica con la privacidad, sino porque lo que hay en ese teléfono es de las pocas cosas en mi vida que son completamente mías. Mías y de él, que se ríe de su propia vida, que me manda memes de pasteles a las seis de la mañana, que me pregunta si el sándwich de centeno llevaba más aguacate esta semana porque "le supo diferente y necesita el reporte completo de ingredientes.

Que el martes me mandó un audio de cuarenta segundos riéndose porque intentó hacer él mismo el té que le recomendé y quemó la tetera.

Que ayer me dijo que el médico estaba "moderadamente satisfecho" con los últimos resultados y que él estaba "completamente satisfecho" porque había pedido que le llevaran un pedazo de mi torta de chocolate y se lo habían traído y eso era, en sus palabras, "evidencia empírica de que la vida todavía vale la pena".




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