(Voz de Lucía)
Hay días que empiezan de una manera y terminan de otra completamente distinta, y en el trayecto entre el inicio y el final uno queda tan sacudido que llegar a casa y quitarse los zapatos se siente como cruzar la línea de una maratón que nadie anunció.
El jueves fue uno de esos días. Volví al local a las 11:23 AM. Sé la hora exacta porque la miré en el reloj del auto de Samuel cuando me bajé, con ese instinto automático.
El trayecto desde el hospital hasta el local duró dieciocho minutos. Los dieciocho minutos más largos de la semana, con Samuel manejando en silencio porque los dos sabíamos que las palabras no alcanzaban para lo que acabábamos de dejar atrás y que el silencio era más honesto que cualquier cosa que pudiéramos decir.
Julián estaba estable. Eso es lo que el médico dijo. Estable. Una palabra que en circunstancias normales es completamente neutral y Estable significa que podría estar peor. Estable no significa que está bien. Estable es el lugar donde uno vive mientras espera que las cosas se definan en una dirección o en la otra.
Me bajé del auto. Le dije a Samuel que me llamara si algo cambiaba. Él asintió con esa seriedad tranquila que tiene y que yo agradezco porque no necesito que nadie me diga que todo va a estar bien cuando los dos sabemos que eso no es algo que ninguno puede prometer.
Empujé la puerta del local. Y La campanita sonó.
Lo primero que vi fue a Mateo detrás de mi mostrador, con mi delantal puesto, con cara de alguien que acaba de sobrevivir algo que no esperaba y que todavía está procesando los daños.
Lo miré a él. Él me miró a mí.
Hubo un segundo, solo uno, en que vi algo en su cara que no había visto antes. Algo que no era la arrogancia de costumbre ni la indiferencia estudiada ni el sarcasmo de guardia. Era algo más quieto. Más real. Como si hubiera estado a punto de decir algo que importaba y hubiera cambiado de opinión en el último momento.
Luego abrió la bocota y dijo:
—No puedo estar cuidando tu negocio mientras te vas a pasar tiempo con tu vejete.
Y ahí estaba. El escudo. El mismo de siempre, brillante y sin grietas, perfectamente instalado justo cuando parecía que iba a bajar la guardia.
Tenía los ojos todavía rojos de haber llorado en el pasillo del hospital mientras esperaba que el médico saliera. Tenía el cansancio de horas de tensión instalado en los hombros como peso físico. Tenía el corazón en un lugar difícil de describir, ese lugar donde el miedo y el amor y la impotencia conviven sin mucho orden.
Y lo único que quería, lo único que genuinamente necesitaba en ese momento, era entrar a mi cocina, ponerme el delantal, hornear algo y dejar que el proceso mecánico y conocido de mezclar y medir y esperar me devolviera al cuerpo.
Intenté explicarle. Abrí la boca.
Pero Mateo ya había retomado su postura de siempre, brazos cruzados, mandíbula apretada, los ojos mirando hacia otro lado con esa energía de alguien que ya tomó una posición y no está disponible para recibir información que la contradiga.
—No tienes que explicarme nada —dijo, antes de que yo dijera nada—. Es tu vida. Pero la próxima vez que decidas salir corriendo en horario de apertura, avisa.
—Mateo —dije, con toda la paciencia que me quedaba, que en ese momento era poca, pero era genuina—. Gracias por la ayuda.
Luego hice lo único que podía hacer sin decir algo de lo que me arrepintiera: me quité los zapatos, me puse los de trabajo, rodeé el mostrador con la calma elaborada de quien eligió sus batallas, y empecé a evaluar el estado de mi cocina.
Pero las lagrimas se acumularon en mis ojos, no podía mas conmigo misma, aun no llegaba el medio día y me sentía con el cerebro palpitante, las energías en el suelo, y tome una decisión.
—Mateo, —lo llame, con los ojos llorosos.
—Qué pasó?
—¿Sabes boxeo, o solo tienes eso de decoración?
—Claro que sé
—Bien.
Inmediatamente cerré y puse un letrero que decía regreso en 2 horas.
Me cambie, me puse un pantalón de sudadera y una camisa sin mangas que uso cuando hago aseo general de la pastelería, no esta manchado ni es feo, es bonito, porque hasta para hacer aseo se merece uno estar lindo.
—dame esos guantes — grite, — y ponte en posición de combate o me dejaras entrenando sola, a ver, muestras que tanto tienes, que tanto presumes.
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Editado: 24.06.2026