Mi Socio Es Un Fraude

Capitulo 11

Mateo pensó que aquello duraría diez minutos.

Pensó que Lucía necesitaba distraerse, quemar energía, descargar un poco de frustración y volver a la cocina. Pensó que le enseñaría un par de movimientos básicos, que ella lanzaría algunos golpes torpes y que todo terminaría antes del almuerzo.

Se equivocó desde el primer segundo.

Porque Lucía no peleaba como alguien que acababa de ponerse unos guantes.

Peleaba como alguien que ya conocía el lenguaje de los golpes.

El primero llegó rápido. El segundo mejor colocado. El tercero obligó a Mateo a moverse.

Y cuando el cuarto impactó contra sus defensas con una precisión que no esperaba, una sombra de sorpresa atravesó su expresión.

No dijo nada. Pero empezó a tomarla en serio. El entrenamiento cambió.

Sus pies comenzaron a desplazarse de verdad sobre el suelo. Sus hombros dejaron de estar relajados. Y Lucía siguió avanzando.

Golpe tras golpe. Sin detenerse. Sin hablar. Sin sonreír.

Las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas mucho antes de que ella pareciera darse cuenta de que estaba llorando.

Simplemente seguían cayendo. Silenciosas. Constantes. Como si hubieran encontrado una grieta por donde escapar.

Mateo las vio. Por supuesto que las vio. Pero comprendió algo importante.

Aquello no tenía nada que ver con él. Ni siquiera con el entrenamiento. Aquello era dolor buscando una salida. Y los puños eran simplemente el camino que había encontrado para hacerlo.

Así que no preguntó. No intentó detenerla. Solo siguió allí. Recibiendo cada golpe.

Lucía golpeaba como si intentara alcanzar algo que estaba muy lejos. Como si cada impacto pudiera cambiar algo, Como si pudiera pelear contra el miedo. Contra la incertidumbre.

Contra las horas eternas en una sala de espera. Contra la impotencia de ver sufrir a alguien que quiere y no poder hacer absolutamente nada.

Y entonces ocurrió.

Giró sobre sí misma y lanzó una patada alta. Demasiado alta. Demasiado rápida.

Por un instante Mateo vio la trayectoria exacta.

La punta de la zapatilla iba directamente hacia su rostro.

Levantó ambos brazos por reflejo. El impacto resonó en todo el gimnasio. Lucía aterrizó sobre un pie. Luego sobre el otro. Y durante una fracción de segundo permaneció inmóvil.

Respirando. Temblando. Llorando.

Como si hubiera gastado una parte enorme de sí misma en ese movimiento.

Mateo sintió que algo se le encogía en el pecho.

Porque ya no estaba viendo a la mujer insoportablemente optimista que llenaba una pastelería de colores y olor a canela.

Estaba viendo a una persona rota intentando mantenerse de pie. Y aquello era mucho más difícil de ignorar.

Ella volvió a atacar.

Pero el cansancio ya había comenzado a alcanzarla. Sus movimientos perdieron precisión.

Su respiración se volvió irregular. Sus piernas empezaron a fallar.

El golpe que lanzó después nació mal desde el principio.

Mateo lo vio cómo todo su peso se desplazaba hacia adelante.

Y también vio el instante exacto en que sus fuerzas se terminaron.

La alcanzó antes de que tocara el suelo.

Pero el impulso los arrastró a ambos. Cayeron sobre las colchonetas. Ella quedó entre sus brazos.

Y entonces dejó de pelear. Fue tan repentino que casi dolió. Toda la resistencia. Toda la fuerza.

Toda la energía que la había mantenido en movimiento durante horas desapareció de golpe.

Y Lucía se quebró. Con lágrimas que parecían no tener final.

Con el cuerpo sacudido por sollozos que llevaba demasiado tiempo conteniendo.

Con ese llanto profundo que nace cuando el miedo supera por fin la capacidad de seguir fingiendo que uno está bien.

Mateo no preguntó qué había pasado. No preguntó por qué lloraba.

Porque algunas historias son demasiado grandes para contarlas en el momento en que duelen.

Simplemente la sostuvo. La acercó más contra él. Le permitió esconder el rostro en su pecho.

Y cuando sintió que ella se aferraba a su camiseta como si necesitara algo sólido para no derrumbarse por completo, rodeó sus hombros con ambos brazos.

Despacio. Con cuidado. Como si estuviera sosteniendo algo valioso y frágil al mismo tiempo.

Sus dedos comenzaron a deslizarse por su cabello. Una vez. Luego otra.

Sin prisas. Sin palabras. Solo permaneciendo allí.

Y por primera vez desde que se conocieron, el silencio entre ellos no fue incómodo.

Y aquella tarde, sentado en el suelo de su gimnasio improvisado, con la mujer más terca que había conocido llorando contra su pecho, decidió quedarse.




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