Mi Socio Es Un Fraude

Capitulo14

Eran las 10:15 AM cuando lo vi mirar el estante por primera vez. Lo vi con el rabillo del ojo mientras atendía a una cliente que quería saber si el pastel de zanahoria llevaba nueces, cosa que el letrero indicaba claramente, pero que aparentemente requería confirmación verbal adicional.

—Sí lleva nueces —dije—. Está en el letrero.

—¿Nueces de qué tipo?

—Nueces. Las redondas.

—¿Pacanas?

—Regulares

—con azúcar añadida?

—todo acá tiene azúcar, es una pastelería

—sí, pero todas también tienes cosas bajas en azúcar o 0 azúcar, deberías actualizar tu menú, mas si estas al lado de un GYM.

Mientras tenía esta conversación profundamente, Mateo se había acercado al borde de su lado de la cinta con el trapo de limpieza que últimamente usaba como pretexto para acercarse a mi zona y miraba el estante con esa expresión que ya documenté en las cámaras, pero que en persona tenía una dimensión adicional.

La cliente al fin de cuentas si se fue con su pastel de zanahoria con nueces regulares las redondas.

Mateo seguía mirando el estante.

—¿Algo en que pueda ayudarte? —pregunté, con la voz más inocente de mi repertorio.

—No —dijo—. Limpiaba.

—Claro —dije.

—Ah. ¿Miras esto? —Miré el estante como si acabara de recordar que existía—. Es una prueba nueva. Todavía estoy ajustando la receta.

—¿Una prueba?

—Sí. No sé si quedó bien. —Fruncí el ceño con la concentración de alguien genuinamente insatisfecha con su propio trabajo—. El balance de sabores no me convence del todo.

Mateo me miró. Miró la esfera. Me miró.

—¿Y no vas a probarla tú?

—Ya la probé esta mañana —dije—. Necesito una segunda opinión, pero no quiero dársela a un cliente por si no está al nivel. Ya sabes cómo es. Y ni te la ofrezco, porque como no comes dulce.

—Puedo probarla —dijo, con la naturalidad forzada de alguien que lleva diez minutos esperando que le ofrezcan exactamente eso.

—¿Seguro? No quisiera molestarte.

—En ocasiones hay que hacer sacrificios.

—Bueno. —Le serví la esfera en un plato pequeño con la presentación correcta, la cuchara correcta, la servilleta doblada correctamente—. Gracias. Me dices qué opinas.

Se la llevó a su lado. Me volteé hacia mi cocina.

Y sonreí hacia el horno con la satisfacción tranquila de alguien que acaba de ejecutar un plan perfectamente calibrado.

Le di una que no tenía nada malo, pero cuando se terminó esa, se robó otra cuando creía que no miraba y estaba ocupada. Mateo comió la esfera a las 10:23 AM.

A las 12:47 PM empezaron los síntomas.

Sé la hora exacta porque lo escuché salir corriendo al baño por primera vez con un nivel de urgencia que no requería interpretación. Lo escuché volver. Lo escuché salir de nuevo quince minutos después con la misma urgencia. Lo escuché volver con el paso más lento del que entró.

Yo atendía clientes con la expresión neutral de quien no tiene ninguna información relevante sobre nada.

Bruno, que estaba dando clase a los señores de mediana edad, me miró una vez con los ojos muy abiertos y luego miró hacia el baño y luego me miró a mí otra vez.

Le ofrecí un café.

Aceptó inmediatamente y no dijo nada más, que es la respuesta correcta cuando uno tiene buen juicio y quiere seguir desayunando gratis.

A las 3:15 PM, Mateo salió del baño por quinta vez con el color de alguien que ha tenido una tarde muy formativa. Me encontró detrás del mostrador preparando el pedido de mañana con la concentración de alguien absolutamente ajena a los eventos de las últimas horas.

—Te veo mal ¿Quieres un té? —pregunté, con toda la ternura del mundo—. Tengo de manzanilla. Es muy bueno para el estómago.

Hubo un silencio que duró exactamente lo que tardó Mateo en procesar la información, sumar dos más dos, llegar a cuatro, y decidir qué hacer con ese cuatro.

Me miró con unos ojos que eran una mezcla de indignación, admiración involuntaria y algo que en otro contexto habría clasificado como respeto.

—Esto —dijo, con la voz de alguien que eligió sus palabras con mucho cuidado— es la guerra, repostera.

Serví el té de manzanilla en la taza más bonita que tenía.

—Aquí está tu té , quizá te sentó mal porq nunca comes dulce, lo raro es que una sola esfera no es tannnn dulce, sigo son entender del todo la verdad.

Lo tomó.

Y mientras lo veía caminar de regreso a su lado de la cinta con la taza en la mano y la postura de alguien que perdió una batalla, pensé que el abuelo Héctor habría encontrado todo esto muy divertido.




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