(Voz de Mateo)
Voy a decir algo que requiere un nivel de honestidad que no le debo a nadie, pero que voy a ofrecer de todas formas porque el contexto lo exige: me lo merecía.
Lo que no admito, lo que no voy a admitir bajo ninguna circunstancia, es que me ganó.
Porque no me ganó. Me sorprendió. Que no es lo mismo.
Me sorprendió es lo que le pasa a alguien que no tenía información relevante sobre la situación. Yo no sabía que Lucía era el tipo de persona que planea con paciencia y ejecuta con precisión y sirve el té de manzanilla con la taza más bonita del local mientras te mira con esos ojos que no dicen nada porque no necesitan decir nada porque todo ya está dicho. Ella sabe que me comí sus postre , si lo sabe, Ahora lo sé. No tengo pruebas, pero tampoco dudas, o bueno algunas. Pero lo sé Y saber es poder, como dicen, aunque en este caso el poder llegó acompañado de una tarde muy formativa en términos gastrointestinales.
No necesito detallar lo que pasó entre las 12:47 PM y las 3:30 PM. Los detalles no son relevantes para el análisis estratégico. Lo relevante es que durante ese período Bruno me miró con los ojos muy abiertos exactamente una vez y luego aceptó un café de Lucía y no dijo absolutamente nada más, lo cual le agradezco porque Bruno tiene el instinto de supervivencia que a mí me faltó.
Viernes, 3:15 PM: salgo del baño por última vez. Lucía me ofrece té de manzanilla con la taza más bonita del local y una expresión de inocencia tan elaborada que debería ser estudiada en escuelas de actuación como ejemplo de técnica avanzada.
—Esto es la guerra, repostera —le dije.
Y lo dije en serio.
Llegué a mi apartamento esa noche y me senté a la mesa del comedor y empecé a evaluar la situación con objetividad.
Análisis del oponente:
Lucía tiene paciencia. No reacciona de inmediato. Guarda, planea, ejecuta. Eso la hace impredecible porque uno no sabe cuándo ni cómo va a responder, solo que va a responder y que cuando lo haga va a ser preciso.
El sábado llegué al local a las 6:30 AM. Media hora antes que de costumbre. Lucía ya estaba ahí, por supuesto, porque Lucía probablemente llega antes de que el sol tome la decisión de salir. Me miró cuando entré. Yo la miré. Ninguno de los dos dijo nada sobre el viernes.
Fui directo a mi lado. Abrí la mochila. Saqué las herramientas.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Lucía desde su mostrador, con ese tono de alguien que pregunta pero que ya está procesando las respuestas posibles.
—Ajustes —dije.
—¿Qué tipo de ajustes?
—De mantenimiento general.
Hubo una pausa.
—Mateo.
—¿Sí?
—¿Qué estás haciendo realmente?
Saqué el destornillador. Miré el panel de control del aire acondicionado compartido que estaba en la pared divisoria, exactamente sobre la cinta amarilla, accesible desde los dos lados porque era un equipo de uso común según la cláusula nueve del documento que los dos firmamos.
—Mantenimiento —repetí—. Del aire acondicionado compartido. Como copropietario responsable.
Silencio de cuatro segundos.
—No toques mi aire acondicionado —dijo Lucía, con una voz que había bajado exactamente un octavo de tono, lo cual en el lenguaje de Lucía, que yo llevaba dos semanas estudiando sin admitirlo, significaba que la situación había pasado de conversación a advertencia.
—Es compartido —dije—. Cláusula nueve.
—Mateo.
—¿Sí?
—Si tocas ese aire te juro que el próximo postre va a tener el doble de dosis.
Guardé el destornillador. Me senté en mi taburete. Agarré el batidor de proteínas.
—Bien, así que confiesas que me envenenaste.
Lucía resopló desde su lado. Fue un resoplido pequeño, casi inaudible, pero yo lo escuché porque llevaba dos semanas aprendiendo a escuchar los sonidos de Lucía desde el otro lado de la cinta y ese en particular era nuevo. Era el resoplido de alguien que intenta no reírse y casi lo logra.
Casi.
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Editado: 15.07.2026