Mi Socio Es Un Fraude

Capitulo 16

La estrategia alternativa tomó forma durante el fin de semana. Era más sutil que el horno. Más sostenida. Más orientada al largo plazo porque esta guerra, había concluido, no se iba a ganar en un día sino en una serie de movimientos acumulativos que eventualmente inclinarían la balanza.

El lunes por la mañana, mientras Lucía estaba en la bodega buscando harina, fui a su zona de ingredientes y con la delicadeza de un cirujano intercambié las etiquetas del frasco de azúcar glass y el frasco de maicena.

Regresé a mi lado. Me senté. Esperé.

A las 9:45 AM escuché desde la cocina un sonido que era una combinación de sorpresa y desconcierto seguido de un silencio de procesamiento seguido de la voz de Lucía diciendo, muy bajito, pero perfectamente audible para alguien que lleva dos semanas calibrando su oído:

—Mateo.

—¿Sí? —respondí, con la inocencia más elaborada de mi repertorio.

—¿Cambiaste las etiquetas?

—¿Qué etiquetas?

—Vas a lamentar esto —dijo.

—No sé de qué hablas —dije.

Y sonreí hacia el espejo grande de mi pared que reflejaba el local entero, incluyendo a Lucía en su cocina con el frasco de maicena en una mano y el de azúcar glass en la otra y una expresión que era exactamente la que yo tenía el viernes cuando salí del baño por última vez.

Empate técnico.

Que comiencen los juegos.

(Voz de Lucía)

Esta es la crónica de la semana en que la tercera variable estuvo completamente fuera de control.

Empezó con las etiquetas. Eso ya lo saben. Maicena por azúcar glass, azúcar glass por maicena. El resultado fue un bizcocho que tenía la textura de una decisión tomada apresuradamente, es decir, densa, sin aire y sin posibilidad de recuperación. Lo tiré. Reordené los frascos. Escribí las etiquetas nuevas con marcador permanente en letra de imprenta mayúscula porque si Mateo quería guerra de tipografías que la tuviera con Arial Bold tamaño doce.

Luego vinieron los hornos.

El martes llegué a las 5:00 AM como siempre, prendí el horno principal para el precalentamiento de rutina y me fui a preparar la masa del primer lote. A las 5:40 AM, cuando el horno debería haber alcanzado los 180 grados que necesito para los croissants, el termómetro marcaba 210. No era un error del termómetro. Era un error de alguien que había ajustado la temperatura base del panel de control en algún momento entre el cierre del lunes y la apertura del martes.

El primer lote de croissants salió más dorado de lo estéticamente aceptable.

No los tiré porque tenían buen sabor y el señor Rodrigo, cuando llegó a las 8:00 AM, dijo que los prefería así, más crujientes, lo cual fue un acto de generosidad que le agradecí con un café doble sin cobrarle.

Pero reajusté el horno. Y esa noche, antes de cerrar, puse un candado pequeño en el panel de control, pero le hice algo que encontraría penas abra el gym

Al día siguiente Mateo llegó, vio el candado, me miró, yo lo miré, y ninguno de los dos dijo nada porque no era necesario. El lenguaje de esta guerra no era verbal. Era una serie de acciones y respuestas que los dos entendíamos perfectamente aunque ninguno lo hubiera nombrado en voz alta.

Apenas prendió los ventiladores que tenia de su lado , no le encendían, le pedio a su empleado que mirara la conexión y como estaba desconectado lo conecto e inéditamente salió a volar un montón de harina por todo el piso y le toco volver a limpiar todo, quedo con un ratón de panadería, todo lo vi desde la cámara de mi celular, incluso cuando dijo apretando los puños

—me las vas a pagar,

ya que el abre mas temprano que yo. No pude ver la escena en acción, en persona, pero me rei bastante en camino a mi pasteleria.

La proteína en polvo desapareció el miércoles. No toda. Solo el tarro grande, el de un kilo, el de chocolate con avellana que Mateo guardaba en el segundo estante de su zona con la reverencia con que uno guarda algo que considera esencial para la continuidad de la vida. Lo encontré mientras barría mi lado del local lo guarde detrás de la bolsa de harina de almendras que él guardo en el estante compartido de la pared divisoria.

O más precisamente: lo puse detrás de la bolsa de harina de almendras. Con delicadeza. Sin dañarlo. Solo reubicado en un lugar donde no era inmediatamente visible para alguien que no supiera exactamente dónde mirar.

Mateo a las 7:00 AM, buscó el tarro, no lo encontró, buscó de nuevo, abrió cada cajón de su lado con una metodicidad creciente que eventualmente alcanzó el nivel de búsqueda forense, y luego se paró en el borde de su cinta y me miró.

—¿Viste mi proteína? —preguntó.

—¿Tu proteína? —repetí, con la misma inocencia que él había usado con las etiquetas—. No. ¿La perdiste?

—No la perdí —dijo, con una precisión que indicaba que ya había llegado a conclusiones—. Desapareció.

—Qué raro —dije—. Las cosas no desaparecen solas.

Hubo un silencio muy elocuente.

—No —dijo Mateo—. No desaparecen solas.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.