Mi Socio Es Un Fraude

Capitulo 18

—La cena familiar es el próximo sábado. En el restaurante de siempre. Valentina quiere que estés.

Quiere que estés. No que vayas. Que estés. La diferencia semántica era importante y mi madre la conocía perfectamente.

—Estaré

—Bien. —Pausa—. Y Lucía. Valentina mencionó que... bueno. Que si ibas a ir sola otra vez?

Cerré los ojos un segundo.

—Hasta el sábado, mamá

Colgué.

Me quedé mirando el teléfono un momento. Luego lo guardé y Suspiré tan profundo que lo sintió hasta Santa en hasta el polo norte.

Desde el otro lado de la cinta, Mateo estaba guardando el equipo del día con esa eficiencia silenciosa que tenía al final de la jornada. Pero el peso de la llamada se quedó en el pecho

(Voz de Mateo)

ninguna de las cosas de esa semana, ni las victorias ni las derrotas ni la música de cuna ni el cardamomo en el lugar equivocado, fue lo más importante que pasó.

Lo más importante llegó el viernes por la mañana en forma de correo electrónico.

Era del sindicato de actores. Llevaba semanas esperando la respuesta sobre la audición para la obra de temporada del teatro municipal, que era la producción más importante de la ciudad en lo que iba del año y que tenía un papel secundario, pero sustancial que yo sabía, con la certeza que solo viene de haber trabajado un texto hasta conocerlo mejor que a uno mismo, que podía hacer bien. Que podía hacer muy bien.

El correo era corto. Los correos de rechazo siempre son cortos porque la gente que los escribe sabe que no hay manera de hacerlos menos dolorosos y la brevedad es lo más honesto que pueden ofrecer.

"Estimado señor Andrade: agradecemos su interés en la producción. Lamentamos informarle que el papel ha sido asignado a otro candidato. Para futuras audiciones, le recomendamos verificar que su membresía en el sindicato esté al día, ya que candidatos con membresía activa tienen prioridad en el proceso de selección."

Membresía al día. Leí esa línea tres veces.

La membresía del sindicato cuesta trescientos dólares anuales. Trescientos dólares que el año pasado no tuve porque el año pasado fue el año en que todo se complicó de maneras que no voy a detallar aquí, pero que dejaron mi cuenta bancaria en un estado que hacía que trescientos dólares fueran una decisión entre eso y comer durante dos semanas y yo elegí comer.

Sin membresía activa, la audición era solo un gesto. Una formalidad. Podía haberlo hecho perfectamente y no importaba porque la fila de prioridad empezaba antes de que yo abriera la boca.

Cerré el correo. Guardé el teléfono.

Miré el local. Mi mitad gris con sus pesas y su espejo y su cinta amarilla y el sonido de Lucía en la cocina de al lado preparando el primer lote del día con esa energía constante e irrenunciable que tiene a las 5:00 AM cuando el resto del mundo todavía está decidiendo si vale la pena despertar.

Pensé en el abuelo. En cómo siempre decía que los negocios eran la forma más honesta de medir a una persona porque en los negocios no hay texto que memorizar ni director que te diga cómo hacerlo, solo tú y las decisiones que tomas y las consecuencias que llegan después.

Pensé en trescientos dólares.

Pensé en que el gimnasio llevaba poco operando y tenía cuatro clientes regulares y que cuatro clientes regulares no eran trescientos dólares todavía, pero podían serlo si las cosas iban bien y si las cosas iban bien era porque el local funcionaba y el local funcionaba en parte porque estaba en una calle donde la gente venía por los pasteles de Lucía y se quedaba porque el gimnasio estaba ahí.

No lo había pensado así antes. Lo pensé esa mañana con el teléfono guardado y el correo cerrado y el olor a vainilla cruzando la cinta amarilla con su costumbre de no respetar demarcaciones.

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Esa noche, después de cerrar, me quedé en el local más tiempo del necesario. No por los postres esta vez, que conste. Me quedé porque el apartamento a las 8:00 PM con ese correo en el teléfono era un espacio que no quería habitar todavía.

Estaba en mi taburete con el cuaderno abierto y el lápiz parado cuando escuché, desde el otro lado de la cinta, a Lucía hablando por teléfono.

No quería escuchar. Pero el local es pequeño y la cinta amarilla no es una pared de concreto.

Su voz era diferente. Más baja. Más cargada. Decía: "Sí, mamá. Estaré.

Hubo una pausa donde escuché el murmullo lejano de una voz al otro lado que no pude descifrar, pero cuyo tono no requería traducción.

Luego Lucía dijo: "Hasta el sábado" y colgó.

Se quedó quieta un momento. No me vio porque estaba de espaldas a mi lado del local. Vi sus hombros bajar un centímetro, ese movimiento pequeño que hace el cuerpo cuando suelta algo que estaba cargando sin darse cuenta.

Luego retomó lo que estaba haciendo con esa determinación que tiene, esa cosa suya de seguir adelante sin hacer ruido, como si parar no fuera una opción que estuviera en su menú.

Abrí el cuaderno.

Escribí: "Trescientos dólares. Membresía sindicato. Soluciones posibles."




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