Mi Socio Es Un Fraude

 Capitulo 20

(Voz de Mateo)

El Sábado por la noche estaba en mi lado del local haciendo lo que hago cuando necesito pensar sin que el apartamento vacío me devuelva el sonido de mis propios pensamientos: ordenaba el equipo del gimnasio. Pesas en su lugar. Barras alineadas. Colchonetas apiladas con la precisión de alguien que necesita que algo en el mundo esté exactamente donde debe estar.

Había decidido no pensar más en el correo del sindicato esa noche. Las decisiones tomadas después de las 11:00 PM rara vez son las mejores y yo lo sé porque soy actor y los actores tomamos demasiadas decisiones y la mayoría tienen consecuencias que se evalúan a la luz del día siguiente con una claridad que duele.

Estaba apilando la tercera colchoneta cuando escuché la puerta. Eran las 11:23 PM. El local llevaba cerrado desde las 10:30. No esperaba a nadie.

Lucía entró con el abrigo puesto y el labial frambuesa corrido en una esquina y los ojos que eran la versión de los ojos que había visto cuando volvió del hospital, ese rojo específico que no es de llorar un momento sino de cargar algo pesado durante horas. Traía el bolso cruzado al pecho con las dos manos como si necesitara tener algo concreto que sostener.

Me vio. Se detuvo.

—Pensé que no había nadie —dijo.

—Estoy —dije.

Hubo un silencio. Lucía miró su lado del local, luego me miró a mí, y tomó una decisión que pude ver en su cara exactamente en el momento en que la tomó: era la decisión de una persona que estaba cansada de cargar sola y que había encontrado, por circunstancias que ninguno de los dos había elegido, a alguien disponible.

Se sentó en el taburete de su mostrador sin quitarse el abrigo.

Yo seguí de pie en mi lado de la cinta, recosté mi cuerpo contra la vitrina mirándola, dudando si acercarme o no, no supe que decir, más qué.

—¿Estás bien?.

—No —dijo, con una honestidad que claramente la sorprendió a ella misma porque parpadeó una vez después de decirlo, como si no hubiera planeado esa respuesta.

—Cometí un error —dijo—. Un error grande.

—¿Qué tipo de error?

Lucía me miró durante tres segundos. Luego dijo, con la velocidad de alguien que sabe que si no lo dice rápido no lo va a decir:

—Le dije a mi familia que tengo novio. Y Que eres tú. Que eres mi novio. Y que vas a ir a la boda de mi hermana conmigo en tres semanas.

El silencio que siguió tenía una densidad específica. Era el silencio de alguien procesando una cantidad de información inusual en un tiempo muy corto.

—Repite eso —dije.

Lo repitió. Con los mismos elementos, en el mismo orden, con la misma cara de alguien que ya sabe que lo que está diciendo y es objetivamente absurdo, pero que lo dice de todas formas porque es la verdad y la verdad no mejora con el tiempo cuando se guarda.

Me senté en el banco de pesas más cercano.

—¿Por qué yo? —pregunté. Era la pregunta más racional disponible en ese momento.

—Porque estabas en la conversación —dijo—. Mencioné al socio y de ahí... salió.

—Salió.

—Salió.

—¿Y qué exactamente le dijiste que soy?

Lucía respiró.

—Actor. Modelo. Socio. Increíblemente guapo y tierno... ah y que te encantan mis postres, eso si no es mentira.

—¿Increíblemente guapo.

—Era el momento. No medí mis palabra, solo que… ellas... no me entenderías…

Procesé esa información con la seriedad que merecía. Actor, sí. Modelo, técnicamente había hecho dos campañas hace cuatro años, pero no era el descriptor principal. Socio, correcto. Increíblemente guapo, si eso definitivamente, que me gustan sus postres, sin duda alguna, son una tentación, y eso no dependía del criterio ni del día, pero fue cuando capte.

—Tu familia va a querer conocerme —dije.

—Ya lo hicieron. En la cena. Bueno, no en persona, pero saben que existes y quieren verte en la boda y mi hermana específicamente quiere verificar que no me lo inventé, que es exactamente lo que hice, pero eso no lo saben ellos.

—Todavía —dije.

—Todavía —confirmó ella, con la honestidad de alguien que no se hace ilusiones sobre la durabilidad de las mentiras bajo presión familiar.

Me levanté. Caminé hasta ella. Lucía me miraba con esa expresión que mezcla el orgullo de no pedir ayuda, pero con la necesidad de pedirla, esa tensión específica que yo reconocía porque la había visto en el espejo suficientes veces para saber exactamente lo que costaba estar en ese punto.

Pensé en el cuaderno. En la línea sin tachar. En trescientos dólares y una membresía y una audición que no iba a volver, pensé en que ella no me estaba cobrando la renta del departamento mientras el gym agarraba mas clientes y mientras yo me estabilizaba, ella para mi era una gran ayuda, mas ella no lo sabía, ni debía saberlo.

Pensé en que era actor de método. Que había estudiado Stanislavski y Meisner y dos años de improvisación avanzada y que si había algo en el mundo para lo que estaba técnicamente preparado era exactamente para esto.




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