Mi Socio Es Un Fraude

Capítulo 24

(Voz de Mateo)

La madre y la hermana estaban en el lobby. Las vi antes de que ellas nos vieran y usé ese segundo para hacer lo que hago siempre cuando entro a una situación nueva: evaluar. La madre: sesenta y tantos, postura correcta, mirada que cataloga. La hermana: Valentina, treinta y pico, la misma estructura ósea de Lucía pero con una energía completamente distinta, esa energía de persona que aprendió muy temprano que la vida es una competencia y que desde entonces compite contra todos incluyendo a las personas que debería querer.

Vi todo eso en tres segundos. tome la mano de Lucía en la mía. Y entré en personaje con la misma naturalidad con que respiro.

Valentina nos vio. La vi procesar. Vi el recorrido de sus ojos, arriba abajo, la pausa, el recalibrado. Conozco esa mirada. La he recibido en audiciones cuando el director decide en los primeros segundos si hay algo ahí. Valentina estaba auditando y los primeros segundos habían producido un resultado que no esperaba.

Bien.

Me acerqué. Extendí la mano. Tres movimientos simples, tono correcto, sonrisa que llegaba a los ojos porque las sonrisas que no llegan a los ojos las detectan incluso los no actores cuando están buscando algo que detectar y Valentina claramente estaba buscando.

La madre fue más fácil. Las madres que no aprueban a sus hijas responden bien a la atención directa porque no la esperan de esa dirección. Le pregunté si el hotel era lo que esperaba. Me respondió con el doble de palabras de lo habitual, lo cual era exactamente el resultado correcto.

Rodrigo llegó del bar. Lo evalué en dos segundos: hombre acostumbrado a ser el más interesante de la sala. No lo era esta noche y lo supo en el momento en que extendí la mano y dije mi nombre sin añadir nada más porque no necesitaba añadir nada más.

La cena de bienvenida fue en el restaurante del hotel, mesa para todos, menú de degustación que nadie pidió pero que el hotel incluía en el paquete de boda y que llegó en siete tiempos con nombres en francés que yo entendía porque estudié en una compañía de teatro que hacía Molière y aprendí el francés suficiente para no hacer el ridículo con el menú.

Me senté junto a Lucía. Eso era lo correcto con la naturalidad de tenerla cerca, el brazo rozando el suyo en la mesa, la mano sobre la suya cuando había una pausa en la conversación, mirarla cuando ella hablaba con esa mirada que habíamos practicado, la que se queda.

Lucía respondía bien. Mejor de lo que esperaba, honestamente. Los ensayos habían funcionado. Había algo en su manera de inclinarse levemente hacia mí cuando hablaba, de encontrar mi mirada antes de responder algo que le preguntaban, que no era solo técnica aprendida sino algo más fluido, más instalado.

Era buena actriz sin saberlo. O era algo más que actuación. No lo analicé en ese momento porque la cena requería atención completa.

Valentina lanzó el primer comentario pasivo-agresivo en el cuarto tiempo del menú, sobre el vestido de Lucía y algo sobre las curvas que estaba elaboradamente disfrazado de observación neutral, pero que no era neutral en ningún sentido.

Lo escuché.

Miré a Lucía. Vi el milímetro de tensión en su mandíbula. El gesto pequeño de alguien que ha recibido ese tipo de comentario suficientes veces para tener un sistema de absorción instalado, pero que cada vez cuesta un poco más.

Tomé su mano sobre la mesa.

Y antes de que Lucía pudiera responder o no responder, dije lo que dije porque era verdad y porque era el momento correcto y porque llevaba semanas mirándola trabajar y moverse en su espacio y construir cosas con las manos y reírse con el teléfono y defender a sus clientes y madrugar antes de que el sol decidiera si valía la pena salir, y todo eso tenía un peso que en ese momento encontró las palabras que necesitaba.

Le dije a Valentina, con el tono de alguien haciendo una observación objetiva, que Lucía era la mujer más hermosa del lugar. Que tenía exactamente el cuerpo que debía tener. Que amaba tener de dónde agarrar y no un hueso que roer. Y no pude tapar mi sarcasmo y solté

—Me vas a disculpar, pero ni yo que soy dueño de un gym tengo criterio para criticar los cuerpos ajenos, es como si yo criticara tu color de cabello que no combina con tu color de piel a días de casarte.

Valentina puso la copa en la mesa muy despacio.

Lucía me miró. Y en su cara había algo que no había visto antes, no en los ensayos ni en el local ni en ninguno de los días anteriores. Era la cara de alguien a quien acaban de decirle algo que llevaba mucho tiempo sin escuchar y que no sabía que necesitaba hasta que llegó.

La abuela Clara, que era pequeña y tenía el pelo blanco y los ojos del color exacto de los de Lucía, se llevó la mano al pecho.

—Qué amor tan bonito —dijo, con una voz que temblaba un poco.

Y luego anunció el regalo.




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