Una semana en un resort de playa. Todo pagado. Para los dos. Porque "ese amor merece celebrarse y la abuela no iba a quedarse de brazos cruzados viendo a su nieta ser feliz sin hacer nada al respecto."
Valentina sonrió con esa sonrisa que no era sonrisa y dijo que seguro íbamos a cancelar porque "se nota que no son tan unidos todavía."
La miré. Miré a Lucía. Y la abracé por los hombros con la convicción de alguien que no cancela nada.
—Lo bueno de ser los dueños, es que podemos ausentarnos del negocio, —extendí la mano para que lucía de levantara de la silla a lucia y la abrace y le acomode un mechón de cabello detrás de la oreja sonriendo, luego mire a la abuela — gracias abuela, claro que aceptamos —dije sonriendo.
Lucía me miró desde dentro del abrazo con una expresión que era nervios camuflados y acuerdo y algo más que no clasifiqué en ese momento porque la abuela Clara estaba llorando de emoción y Valentina estaba apretando su copa y Rodrigo miraba su plato y había demasiadas cosas pasando simultáneamente para el análisis detallado.
Llegamos a la suite a las 11:30 PM. Lucía se fue a cambiar al baño. Yo me quedé en la sala necesitaba procesar la cena y el abrazo y la cara de Lucía cuando dije lo que dije y la abuela Clara llorando y el resort de playa que ninguno de los dos había planeado.
Lucía salió del baño con el pijama y el cabello suelto, que era la primera vez que lo veía suelto, y era largo y oscuro y caía de una manera que el moño arquitectónico de todos los días no dejaba ver, y se sentó en el borde de la cama con el teléfono y empezó a escribir algo con esa sonrisa del teléfono, la real, la de adentro.
Me levanté. Fui al baño. Me lavé los dientes. Volví.
Lucía ya estaba dormida. O casi dormida. El teléfono en la mesita de noche, pantalla hacia arriba, cargando.
Me acosté en mi lado. Apagué la luz de mi lado. Me quedé mirando el techo.
El teléfono vibró. Una notificación. La pantalla se iluminó. Estaba a cuarenta centímetros de mi cara.
No lo iba a mirar. Eso estaba claro. Era el teléfono de Lucía, era su privacidad, eran sus cosas, y yo tenía suficiente disciplina para no mirar una pantalla que se iluminó a cuarenta centímetros de mi cara a las 11:47 PM en una habitación oscura.
La pantalla se iluminó otra vez. La notificación flotante apareció con el texto visible sin desbloquear.
Lo leí sin querer. Completamente sin querer. El texto estaba ahí y los ojos lo procesaron antes de que la cabeza pudiera intervenir.
"Te extraño muchísimo 🥺"
Me quedé completamente quieto.
Luego algo en el pecho hizo una cosa que no tiene nombre médico preciso, pero que se siente como cuando el piso cede un centímetro sin que nadie lo hubiera anunciado.
Tomé la chaqueta de la silla. Salí de la habitación en silencio.
Caminé por el pasillo del hotel hasta encontrar la puerta que daba a la playa y salí al aire de la noche, que olía a sal y a oscuridad y a todo lo contrario del olor a vainilla al que mi sistema nervioso había aprendido a responder de maneras que claramente no tenía bajo el control que creía tener.
Caminé por la orilla con los zapatos puestos porque no había planeado caminar por la orilla y el agua me mojó los zapatos y no me importó porque el agua fría a la media noche era exactamente el tipo de información sensorial que el cuerpo necesita cuando la cabeza está procesando algo que no quería procesar.
Caminé durante cuarenta minutos. Volví a la habitación.
Lucía dormía en su lado con la tranquilidad de alguien que no sabe que su teléfono acaba de producir en el hombre de su lado el equivalente emocional de mojarse los zapatos a medianoche en una playa que no había planeado visitar.
Me prometí, mirando el techo en la oscuridad completa, que no iba a involucrar sentimientos.
Era un acuerdo profesional.
#231 en Otros
#116 en Humor
#899 en Novela romántica
amor romance dudas odio misterio, herencia celos seduccion, contrato mentiras
Editado: 04.08.2026