Mi Socio Es Un Fraude

Capítulo 26

(Voz de Lucía)

Hay un tipo de persona que cuando no puede ganar de frente, cambia de estrategia sin anunciarlo y aparece en tu flanco cuando menos lo esperas con una sonrisa que dice "vine a apoyarte" y unos ojos que dicen exactamente lo contrario. Valentina es ese tipo de persona y lleva treinta y dos años perfeccionando la técnica hasta que es casi invisible para quien no la conoce.

Así que cuando el jueves por la mañana, segundo día en el resort, bajamos a desayunar al bufet del jardín y encontramos a Valentina y a Rodrigo ya instalados en una mesa con vista a la piscina con el café servido y la expresión de personas que llegaron hace rato y están muy cómodas, supe exactamente lo que era antes de que dijera una sola palabra.

—¡Sorpresa! —dijo Valentina, con los brazos abiertos y la sonrisa de las ocasiones especiales—. La abuela, mamá y yo pensamos que sería lindo hacerles compañía unos días. ¿Verdad, Ro?

Rodrigo asintió con la expresión de alguien que no propuso el plan, pero tampoco lo cuestionó porque cuestionar los planes de Valentina requiere un tipo de energía que claramente no tenía.

Miré a Mateo. Mateo me miró. En ese intercambio de mirada de dos segundos pasaron aproximadamente cuatro conversaciones completas sin palabras, que era exactamente el tipo de comunicación que las parejas reales tienen y que nosotros habíamos construido durante dos semanas de ensayos y meses de vivir en el mismo local y que en ese momento resultó absolutamente indispensable.

La conversación fue: "Valentina vino a espiar" / "Lo sé" / "Tenemos que actuar las 24 horas" / "Entendido, no te preocupes."

Todo eso en dos segundos y una mirada.

—Qué sorpresa —dije, con la calidez elaborada de mis mejores mañanas de atención al cliente — Qué bueno que están aquí.

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Los dos días siguientes fueron, en términos de exigencia actoral, los más intensos de mi vida incluyendo la boda de mi prima Fernanda donde tuve que fingir que me gustaba el novio durante seis horas consecutivas, que era el récord anterior.

Valentina no nos quitaba los ojos de encima. No de manera obvia, que sería detectable y por lo tanto corregible. De manera lateral, periférica, la mirada que parece estar en otro lado y que registra todo lo que pasa en el campo visual sin que el objeto de observación lo note. La conozco porque es la misma que yo uso cuando observo a mis clientes para anticipar qué van a pedir. Y por eso me pude dar cuenta que a lo lejos en una silla cerca a la piscina, pero situada estratégicamente que a la vista no se viera quien esta ahí, estaba mi madre

Mateo la detectó también. Lo vi en la manera en que ajustó sin que yo se lo pidiera: un poco más cerca en la mesa del desayuno, la mano en mi espalda cuando caminábamos, la manera de responder cuando Valentina hacía una pregunta sobre nosotros, siempre mirándome primero como si necesitara confirmar algo conmigo antes de responder, que es exactamente lo que hacen las parejas reales y que produce en el observador la sensación de que hay algo privado entre los dos que no está disponible para el público.

La piscina por la tarde fue complicada por razones que no había anticipado completamente.

Mateo en el contexto del local era Mateo con su saco azul marino o su ropa de entrenamiento, que era su uniforme de trabajo y que yo había aprendido a leer como parte del paisaje. Mateo en la piscina de un resort… era Mateo sin ninguno de esos

Me senté en la reposera con mi libro. Él se metió al agua. Valentina, desde su reposera diagonal, observaba con sus lentes de sol que eran un escudo perfecto para la dirección de la mirada.

Mateo nadó durante veinte minutos con esa eficiencia que tiene para todo lo físico, sin aspavientos, con la concentración tranquila de alguien que sabe lo que hace. Luego salió del agua, se sentó en el borde de mi reposera y me preguntó en voz baja qué estaba leyendo con esa atención genuina que tenía cuando quería saber algo de verdad.

Se lo dije. Me respondió algo sobre el autor. Estuvimos hablando cinco minutos del libro mientras Valentina observaba desde su ángulo y yo intentaba concentrarme en la conversación y no en el hecho de que Mateo estaba sentado a veinte centímetros de mí con el agua todavía en el cabello y el sol de la tarde haciendo cosas con la luz que nadie había autorizado.

—Bien —dijo Mateo en voz muy baja, en un momento en que Rodrigo le dijo algo a Valentina y los dos miraron hacia otro lado—. Valentina acaba de desviar la atención treinta segundos. Aprovecha.

—¿Para qué? —susurré.

—Para hacer algo que una pareja haría naturalmente cuando nadie mira. Que cuando vuelva a mirar encuentre algo que parece que venía pasando antes de que ella mirara.

Él me miró. Y en esos dos segundos de decisión él actuo. Me quito el libro, lo puso sobre la mesa y me alzo como si no pesara nada, me puso sobre su hombro y yo del susto grite.

—No, no, no. —riéndome con risa nerviosa, mateo golpeo una de mis nalgas y grito.

—Al agua patos.

Y brinco conmigo en sus hombros.

No nos estaba mirando cuando pasó. Lo encontró ya pasado. Eso era exactamente lo que Mateo había dicho que necesitábamos.

Vi en la cara de Valentina el momento en que procesó lo que vio y no encontró nada que cuestionar, con sorpresa y rabia en los ojos




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