

La fiesta del viernes por la noche era bailable, en la terraza del hotel, con una banda en vivo que tocaba una mezcla de salsa suave y baladas que tenía exactamente el nivel de romanticismo ambiental que Valentina había elegido para tener el escenario perfecto desde donde observar y para lucirse, en la maña escuche sin querer que toda la familia llegaría en la mañana para hacer la despedida de soltero acá mismo de ambos novios, así que bueno no termino siendo un viaje para nosotros dos ni menos para los 4 solo y veremos si así deja de observarnos tanto valentina, igual yo sabía que mi madre estaba en el mismo lugar de nosotros desde días atrás, pero solo espiaba, no se hacía notar, así que debía fingir sorpresa al verla mañana.
Llegamos juntos. Mateo con un traje de lino blanco, elegante, casual y sexi, tenia los botones abiertos como siempre hasta la mitad de la camisa en forma provocativa, él era guapo y lo sabia. Yo con el vestido blanco que él me había traído a juego, no sé en que momento lo compro, ni como sabia mi talla, pero me ajustaba perfecto y hasta el escote se veía sensual, definitivamente me veía de impacto, tanto que ni lo misma me reconocí en el espejo, me puse unos aretes largos y me maquille sutil como siempre en tonos pastel, pero esta vez me puse en labial rojo, porque era el único que tenía y porque me quedaba bien y punto.
Valentina nos recibió con una copa en la mano y los ojos de quien lleva días buscando una grieta y no la ha encontrado y está empezando a considerar que quizás no existe, pero que todavía no está lista para conceder eso, para aceptar que yo fuera feliz.
Rodrigo había encontrado en el bar a otro hombre de negocios con quien hablar de inversiones, que era su estado natural de felicidad, así que Valentina operaba sola esa noche, lo cual la hacía más peligrosa porque sin la distracción de Rodrigo tenía atención completa disponible.
Bailamos. Mateo bailaba bien, lo cual no me sorprendió bailamos salsa y bachata, nos completábamos perfecto bailando a tal punto que se me olvido que todo era actuado, porque la sincronía era perfecta, las sonrisas puras y la estaba pasando mejor que nunca en mi vida.
La banda pasó a una balada. El tempo bajó. Las parejas en la pista se acercaron.
Mateo me tomó de la cintura.
Era el gesto correcto para la situación. Era lo que haría cualquier pareja en una pista de baile con una balada. este era el momento crítico del beso, lo sabía, lo tenía en mente cada segundo, igual que la boda familiar a la que había que sobrevivir.
Me dije todo eso. Y entonces dejé de decirme cosas porque la banda estaba tocando algo lento. Mateo tenía una mano en mi cintura y la otra tomando la mía y me miraba con esa mirada que habíamos practicado, la que se queda, excepto que esta vez yo no podía saber con certeza si era la mirada de los ensayos o era otra cosa porque a esta distancia y con esta música y este olor las diferencias entre las categorías se volvían más difíciles de mantener separadas.
Valentina nos miraba desde el borde de la pista. Y entonces Mateo dejó de seguir el guion.
No hubo anuncio. No hubo "voy a hacer esto ahora." Simplemente ocurrió: me acercó hacia él, su mano en mi cintura apretó un poco más, y me besó.
No fue el beso calculado del plan. No fue la ejecución de la cláusula de "primer beso visible en la boda." Fue un beso que empezó en algún lugar que no era el guion y que llegó con una intensidad que el guion tampoco contemplaba, apasionado y real y completamente fuera de los términos acordados el domingo por la noche en el local con la cinta amarilla entre nosotros.
Me quedé completamente quieta los primeros dos segundos. Luego… todo fue magia, simplemente eso, magia
Cuando terminó, que tardó más de lo que el guion necesitaba, el mundo volvió en capas: primero la música, luego el olor a jazmín, luego las otras parejas en la pista, luego Valentina en el borde apretando su copa de champán con una expresión que era furia pura disfrazada de sonrisa social.
Mis piernas habían tomado una decisión unilateral sobre su estado estructural que no consulté con nadie.
Mateo me miraba. Con esa mirada. La que se queda. Y en ella había algo que no era ensayo y que yo reconocía porque lo había visto antes, en el espejo, en mi propia cara, en esos momentos después de los ensayos cuando pensaba que no había nadie mirando.
No dijimos nada. La banda siguió tocando. Y nosotros dándonos besos con toda naturalidad cada que se podía, quería, antojaba, por cada sonrisa picara un beso corto, pero besos por ir y venir.
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Editado: 04.08.2026