Mi Socio Es Un Fraude

Capitulo 30

Ahora lo de Valentina.

Valentina había escuchado todo. Y lo que escuchó había producido en su cara una secuencia de expresiones que en otra circunstancia habría sido fascinante de observar desde afuera: primero la satisfacción del que cree que ganó, luego la confusión cuando el guion cambió, luego el procesamiento de la información nueva, luego algo que no esperaba ver en ella.

Algo que se parecía a la conmoción genuina.

Porque Julián Restrepo, el nombre que Samuel había dicho con toda la claridad del mundo, era un nombre que Valentina conocía. Un nombre de hace veinte años, de la adolescencia, de esa época donde los amores son más intensos precisamente porque uno no sabe todavía que el mundo va a continuar después de ellos.

Julián había sido el amor platónico de Valentina a los quince años. El chico del barrio de al lado con la sonrisa fácil y los ojos claros que nunca supo que existía para ella porque ella nunca lo dijo, y él era cuatro años mayor y tenía su propio mundo. Valentina nunca lo mencionaba. Nunca. Pero yo lo sabía porque tenía doce años cuando sucedió y los hermanos menores observan todo aunque nadie se los pida.

Años después ella logro ser visible para él, se enamoraron, pero solo era un estudiante de ingeniería y a ella le gustaba el dinero, siempre fue ambiciosa y el día del matrimonio, prefirió salir escapada y dejándolo a él en el altar por irse con un vejete que resulto ser casado y el dinero era de sus esposa, solo era un vividor.

La foto en el teléfono era de un adulto de treinta y pico. Valentina no lo había reconocido.

Pero el nombre sí lo reconoció, cuando samuel lo pronuncio.

Vi el momento exacto. Vi cómo la sonrisa de la victoria se deshizo en algo más suave y más asustado. Vi cómo sus ojos hicieron el recorrido hacia la imagen mental del teléfono, el hombre guapo con el torso desnudo, y empezaron a sumar.

—¿Julián Restrepo? —dijo, con una voz que no era la de antes.

—Sí —dije.

—¿Está...? —No terminó la pregunta.

—Está en tratamiento —dije—. Lleva meses.

Valentina bajó los ojos. Y por un segundo, solo uno, vi en mi hermana algo que no le veía desde que éramos niñas: la cara de alguien a quien le duele algo de verdad.

Ese segundo duró lo que duró. Luego recogió su compostura con la eficiencia de alguien que lleva años practicando no mostrar lo que siente y salió de la habitación sin decir nada más.




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