Salí del hotel Palacio del Lago con la mano de Mateo sobre la mía, Sonreí hacia la ventana.
—¿Qué? —dijo Mateo.
—Nada —dije—. Estaba pensando en la cinta amarilla.
Hubo una pausa.
—Cuando volvamos —dijo— podemos hablar de la cinta.
—¿Qué hay que hablar de la cinta?
—De si todavía tiene sentido —dijo, con esa voz tranquila de alguien que ha tomado una decisión y está diciéndola en voz alta por primera vez.
—Podemos hablar de lo que le dijiste a mi familia. Gracias y ...
(Voz de Mateo)
Era lo que pensaba. Dije en voz alta
Dije que eras la mujer más increíble que he conocido y es verdad.
Dije que no te merecía todavía, pero que estaba trabajando en eso.
También es verdad.
Lucia guardo silencio y solo recostó su cabeza en mi hombro cerrando los ojos.
El taxi tardó cuarenta minutos en llegar al hospital. Cuarenta minutos con la mano de Lucía en la mía y la ciudad desplegándose por la ventana y el silencio que ya conocía, el que no necesita llenarse.
A mitad del trayecto le dije que quería hablar de la cinta amarilla cuando volviéramos.
El hospital era grande y blanco. Samuel nos esperaba en la entrada con esa puntualidad suya de reloj suizo y nos llevó por pasillos que Lucía conocía de memoria, lo vi en cómo caminaba, sin mirar los letreros, sin dudar en los cruces.
Había estado aquí muchas veces. Eso también era información que el cajón mental guardó sin que yo le pidiera.
La habitación 412 tenía la puerta entreabierta. Samuel tocó. Una voz desde adentro dijo, con una energía que no esperaba.
—Si es el médico con más análisis puede irse.
Lucía se rio.
—Soy yo —dijo, empujando la puerta.
Julián tenía treinta y cuatro años según los datos que había procesado mentalmente en el taxi, era dueño de AuraTech, tenía cáncer desde hacía ocho meses y era el mejor amigo de Lucía desde los ocho años. Todo eso lo sabía antes de entrar a la habitación.
Lo que no sabía era que Julián, con suero intravenoso en el brazo izquierdo y una bata de hospital y ojeras que hablaban de un día difícil, tenía la energía específica de alguien que ha decidido que mientras tenga energía disponible la va a usar en estar completamente presente en cada conversación que le quede.
Vi a Lucía cruzar la habitación y sentarse en el borde de la cama con ese movimiento de alguien que ha hecho exactamente eso docenas de veces, y que cada vez lo hace con la misma presencia completa. Lo vi en cómo Julián la miró cuando entró, con esa mirada que reconocí porque era la misma que le vi a ella en el taxi: la mirada de alguien que ve a la persona que necesitaba ver.
—Trajiste refuerzos —dijo Julián, mirándome desde la cama con una expresión que evaluaba con una velocidad e intensidad, que reconocí como la de alguien acostumbrado a leer personas rápido.
—Es Mateo —dijo Lucía.
—Ya sé quién es —dijo Julián—. Llevo meses escuchando sobre el hombre de la cinta amarilla y el batidor de proteínas. —Me miró—. Siéntate. Tengo preguntas.
—Julián...
—¿Qué? —preguntó con una inocencia tan perfectamente ensayada que resultaba poco creíble—. Solo quiero conversar.
Samuel soltó una risa baja desde la ventana.
—Eso mismo dijiste la última vez que entrevistaste al vicepresidente financiero y el pobre hombre salió convencido de que había confesado un crimen.
—Era culpable.
—Había pedido un aumento.
—Exactamente.
Lucía resopló con resignación.
—No le hagas caso, Mateo. Antes del cáncer interrogaba gente por diversión. Ahora dice que lo hace porque la quimioterapia le dejó demasiado tiempo libre.
—Las dos cosas pueden ser ciertas —respondió Julián sin perder la sonrisa.
Había algo fascinante en él. No era el dinero, ni la empresa, ni siquiera esa facilidad para dirigir la conversación sin levantar la voz. Era la manera en que conseguía que toda la habitación girara a su alrededor sin imponer su presencia. A pesar de la bata del hospital, del suero y del evidente cansancio que intentaba esconder, seguía transmitiendo la autoridad tranquila de alguien acostumbrado a tomar decisiones importantes. Entendí por qué había construido una empresa desde cero. También entendí por qué Lucía nunca hablaba de él con lástima. Nadie podía sentir lástima por una persona que parecía más ocupada haciendo reír a los demás que pensando en su propia enfermedad.
Finalmente apoyó los antebrazos sobre la sábana y me señaló con un dedo.
Me senté en la silla junto a la cama.
—Ahora sí. Primera pregunta.
—Mateo, ¿Eres feliz?
No era la pregunta que esperaba.
Había preparado respuestas para cosas mucho más sencillas. A qué me dedicaba. Cómo había conocido a Lucía. Qué pretendía con ella. Incluso estaba listo para explicar el gimnasio, la pastelería o la absurda historia de la cinta amarilla. Pero aquella pregunta me desarmó por completo porque no admitía respuestas automáticas.
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Editado: 04.08.2026