Mi Socio Es Un Fraude

Capitulo 34

Las preguntas de Julián duraron cerca de cuarenta minutos y fueron, en términos de exhaustividad e incomodidad estratégica, las más completas que me habían hecho desde la última audición en la que un director decidió que la mejor forma de descubrir si un actor servía para un personaje era someterlo a media hora de improvisación bajo presión. La diferencia era que aquel director intentaba descubrir si yo podía interpretar a otra persona. Julián, en cambio, parecía interesado únicamente en averiguar quién era yo cuando ya no tenía respuestas preparadas.

Me preguntó qué tipo de actor era. Le respondí que teatro. Quiso saber qué obras había hecho, por qué había dejado de actuar durante tanto tiempo y si seguía considerando aquello un fracaso o simplemente una pausa demasiado larga. Le expliqué que nunca había sentido haber fracasado; había atravesado una mala racha, como les ocurre a muchas profesiones donde el talento no siempre decide quién consigue la siguiente oportunidad. No discutió mi respuesta. Se limitó a asentir con esa expresión de quien distingue perfectamente entre una explicación y una verdad, pero decide seguir avanzando porque todavía no ha llegado a la pregunta que realmente le interesa.

Después hablamos del gimnasio, del documento de sociedad, de la famosa cinta amarilla y de la brillante idea que había tenido al dividir un local en dos como si la convivencia pudiera resolverse con una línea adhesiva pegada sobre el piso. Me preguntó cuánto había tardado en descubrir que aquello era una pésima solución. Le respondí que bastante más de lo que hoy me parecía razonable. Sonrió apenas, como si esa fuera exactamente la cantidad de tiempo que esperaba escuchar. Empezaba a sospechar que ninguna de sus preguntas buscaba información; todas parecían diseñadas para observar el camino que seguía mi cabeza antes de responder.

Fue entonces cuando apoyó la espalda sobre la almohada, entrelazó las manos sobre la sábana y, por primera vez desde que había empezado aquella conversación, dejó de hacer preguntas sobre mi vida para dirigirlas hacia la única persona de la habitación que llevaba varios minutos fingiendo que estaba demasiado concentrada acomodando una botella de agua sobre la mesa de noche.

—¿Qué piensas de Lucía?

La pregunta quedó suspendida en el aire unos segundos. Giré la cabeza por puro reflejo. Lucía seguía sentada junto a la cama de Julián y me observaba con esa mezcla extraña de tranquilidad y curiosidad que solo tienen las personas que conocen perfectamente el desastre que está a punto de ocurrir y, aun así, deciden no intervenir para ver cómo termina.

—Lucía está aquí —dije, señalándola con un movimiento casi imperceptible de la cabeza.

Julián ni siquiera volteó a mirarla.

—Lo sé. Precisamente por eso lo pregunto ahora. La gente cree que responde con más sinceridad cuando está sola, pero mi experiencia dice exactamente lo contrario. Cuando la persona está presente, uno mide las palabras; y cuando las mide demasiado, termina escogiendo únicamente las que está dispuesto a sostener. Así que vuelve a intentarlo. ¿Qué piensas de Lucía?

No encontré motivos para ocultar nada. Tampoco encontré la necesidad de adornarlo.

—Pienso que es la persona más generosa que he conocido. Que trabaja más de lo que cualquiera debería trabajar y, aun así, siempre encuentra tiempo para preocuparse por los demás antes que por ella. Pienso que tiene un talento extraordinario y que la mayoría de la gente entra a esa pastelería sin darse cuenta de que está probando el resultado de años de esfuerzo, disciplina y terquedad. Pienso que carga demasiadas cosas sola, muchas más de las que alguien debería cargar sin pedir ayuda, y que lo hace con una naturalidad tan convincente que termina engañando a todos, haciéndoles creer que no necesita a nadie. Y también pienso que el hecho de que haya soportado mis primeras semanas en ese local sin golpearme con una bandeja, un rodillo o cualquier objeto contundente que tuviera al alcance habla de una paciencia infinitamente superior a la que yo habría tenido si nuestras posiciones hubieran estado invertidas.

Nadie habló cuando terminé. Lucía había bajado la vista hacia sus propias manos. Samuel sonreía con una discreción sospechosa, como quien acaba de presenciar exactamente la escena que esperaba desde hacía semanas. Julián, en cambio, permaneció completamente inmóvil. Me observó durante varios segundos sin alterar la expresión. Después desvió la mirada hacia Lucía. Luego volvió a mí. Finalmente dejó escapar un suspiro lento.

—Qué problema.

Fruncí el ceño.

—¿Problema?

—Sí. Bastante grande, de hecho.

Lucía levantó la cabeza de inmediato.

—¿Qué problema?




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