(Voz de Lucía)
Hay personas que cocinan siguiendo recetas. Yo cocino siguiendo recuerdos.
A la mañana siguiente llegué a la pastelería casi una hora antes de abrir. La promesa que le había hecho a Julián la noche anterior no me había dejado dormir del todo tranquila. Había exagerado, por supuesto. El sándwich del hotel no era malo. Era imposible que lo fuera. Pero conocía a Julián desde los ocho años y sabía que detrás de cada una de sus exageraciones había una petición que nunca hacía directamente. Lo que realmente me estaba diciendo era: quiero sentir que, aunque esté aquí, las cosas importantes siguen siendo las mismas.
Así que decidí devolverle un pedazo de normalidad.
Puse a sonar a Bob Marley en los audífonos. Three Little Birds comenzó a llenar mi cabeza mientras me recogía el cabello y sacaba cuidadosamente cada ingrediente. Siempre empezaba igual. Revisaba el pan como si estuviera escogiendo una joya, comprobaba la textura del aguacate, cortaba el tomate con un grosor casi idéntico en cada rebanada y dejaba el eneldo para el final. Julián decía que ese era el secreto. Yo sabía que no lo era. El secreto nunca había sido el eneldo.
Era saber exactamente cómo le gustaban las cosas a alguien.
Cuando cocinaba para él, el mundo desaparecía.
Por eso no escuché la puerta abrirse.
No escuché pasos.
No escuché voces.
Ni siquiera me di cuenta de cuánto tiempo había pasado hasta que alguien apoyó suavemente una mano sobre mi hombro.
Me quité un audífono.
—Buenos días, Samuel.
Él sonrió.
—Buenos días.
Fue entonces cuando levanté la cabeza por primera vez desde que había empezado a preparar el sándwich.
Y tardé varios segundos en entender lo que estaba viendo.
Detrás de Samuel entraban cuatro hombres cargando enormes paneles de cristal protegidos con espuma. Otros dos transportaban perfiles de aluminio. Más atrás venían cajas de herramientas, rollos de planos, escaleras y varios espejos cubiertos con cartón. Durante un instante pensé que se habían equivocado de dirección y buscaban otro local.
Después vi a Mateo.
Bajaba del segundo piso hablando por teléfono con una tranquilidad desesperante, revisando unos papeles mientras daba indicaciones con la otra mano.
—No. Ese vidrio va completo hasta la columna... Sí... exacto... el acceso queda libre... no quiero ningún desnivel... perfecto.
Colgó la llamada, saludó a uno de los obreros por su nombre y volvió a subir las escaleras sin siquiera mirar hacia la pastelería.
Fruncí el ceño.
¿Qué estaba pasando?
Miré instintivamente hacia el suelo.
Entonces lo entendí.
La cinta amarilla había desaparecido.
No había quedado ni un pedazo.
Parpadeé dos veces.
Ni siquiera recordaba haberla visto esa mañana.
Debía haber estado tan concentrada preparando el desayuno de Julián que Mateo la había retirado delante de mí sin que yo lo notara.
Eso explicaba los vidrios.
Los perfiles.
Los obreros.
No estaba reparando nada.
Estaba transformando todo el local.
Sentí un impulso inmediato de preguntarle qué estaba haciendo, por qué no me había dicho nada y, sobre todo, por qué había tomado una decisión tan importante sin comentármela antes.
Pero me contuve.
Conocía esa expresión.
Mateo no improvisaba.
Cuando hacía algo así era porque llevaba días pensándolo.
Así que respiré hondo, terminé de envolver el sándwich y decidí esperar.
La curiosidad empezaba a matarme.
Las siguientes dos horas fueron un espectáculo.
Mateo parecía estar en todas partes al mismo tiempo. Subía al segundo piso para revisar medidas, bajaba a recibir materiales, volvía a subir para discutir la ubicación de unos espejos, regresaba para hablar con el electricista y, en medio de todo aquel caos perfectamente organizado, encontraba tiempo para entrar al gimnasio, corregir la posición de una máquina y volver a salir como si tuviera un mapa invisible de cada segundo de la mañana.
Era fascinante observarlo.
Nunca lo había visto trabajar en un proyecto propio.
Tenía la misma concentración que cuando entrenaba, pero una energía completamente distinta. No levantaba la voz. No necesitaba hacerlo. Bastaba una indicación corta para que todos supieran exactamente qué hacer.
En uno de esos recorridos pasó frente al mostrador.
No disminuyó la velocidad.
Solo giró la cabeza hacia mí y me guiñó un ojo antes de seguir caminando.
Sentí un calor absurdo subir hasta mis mejillas.
—Ay, mijita...
La voz de doña Carmen apareció a mi lado.
—Ese hombre ya ni disimula.
Intenté responder algo, pero ella ya estaba riéndose sola.
Unos minutos después volvió a aparecer.
Esta vez entró directamente a la pastelería buscando una botella de agua del refrigerador. Pensé que iba a tomarla y salir corriendo otra vez.
No fue eso lo que hizo.
Dejó la botella sobre el mostrador y entro al mostrador Se acercó.
—Ven acá, princesa.
Ni siquiera tuve tiempo de preguntar para qué.
Me sujetó suavemente por la cintura, me atrajo hacia él y me besó con una intensidad completamente inesperada.
Un beso largo. Tranquilo.
De esos que hacen olvidar durante unos segundos que existe el resto del mundo.
Cuando finalmente nos separamos escuché el silencio.
Después las risas.
Doña Carmen seguía con un pedazo de pan a medio camino entre el plato y la boca.
Dos estudiantes aplaudían discretamente desde una mesa del fondo.
Y un niño de unos siete años levantó ambos brazos como si acabara de presenciar la final de un campeonato.
—¡¡¡Que viva el amoooor!!!
Mateo soltó una carcajada.
Se acercó al niño y chocó la palma con él.
—¡Eso, campeón!
Luego giró hacia todo el local con la naturalidad de quien acababa de anunciar el menú del día.
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Editado: 25.08.2026