La mañana terminó mucho más rápido de lo que esperaba.
Entre clientes, obreros, proveedores, el beso que todavía seguía apareciendo en mi cabeza cada vez que doña Carmen me sonreía desde el otro lado del mostrador y las constantes idas y venidas de Mateo por las escaleras, el reloj decidió hacer trampa y saltarse varias horas sin consultarme.
Cuando levanté la vista nuevamente, la mitad de la pared de cristal ya estaba instalada.
Me quedé observándola unos segundos.
Era extraña. Seguíamos teniendo dos negocios distintos.
Seguíamos teniendo dos cajas registradoras. Dos puertas.
Dos nombres. Pero ya no existía esa sensación absurda de estar separados.
La luz atravesaba el cristal sin pedir permiso. Y como siempre Podía ver el gimnasio completo desde donde estaba.
—Lucía.
Giré la cabeza.
Mateo estaba apoyado contra el marco de la nueva abertura que comunicaba ambos locales.
Llevaba una caja blanca entre las manos.
—Ven.
Miré la fila de clientes.
—Todavía hay...
—Doña Olga ,la señora que ayuda de vez en cuando, dijo que ella se encargaba.
Doña Olga levantó un pulgar desde la caja registradora.
—Váyase a almorzar, mija. Si sigue mirándolo así, los panes me van a salir con forma de corazón.
Sentí que la cara volvía a traicionarme.
Mateo sonrió de lado.
Nunca pensé que una sonrisa tan pequeña pudiera provocar tanto desorden dentro de una persona.
Lo seguí escaleras arriba hasta el apartaestudio del tercer piso. Hacía semanas que no subía. Desde allí todavía se alcanzaban a escuchar, amortiguados, los golpes de los obreros y el murmullo de la pastelería. Era extraño sentir el negocio tan cerca y, al mismo tiempo, tan lejos.
Mateo dejó la caja sobre el comedor.
—Arroz chino.
Lo miré sorprendida.
—¿Arroz chino?
Asintió mientras buscaba dos tenedores desechables.
—Con chop suey.
No pude evitar sonreír.
—Jamás te habría imaginado comprando arroz chino.
—Yo tampoco.
Levantó una ceja.
—Pero alguien no desayunó.
La sonrisa desapareció lentamente.
No porque hubiera dicho algo extraordinario.
Sino porque entendí que lo había notado, entre obreros, vidrios, clientes, planos.
Y todo el caos de la mañana...
Había encontrado tiempo para darse cuenta de que yo no había probado bocado.
—¿Cómo lo supiste?
Mateo abrió la caja de comida como si fuera la pregunta más sencilla del mundo.
—Porque llevo semanas observándote.
Dijo la frase con la misma naturalidad con la que habría dicho que estaba lloviendo.
—Cuando desayunas, llegas cinco minutos más tarde.
Cuando no desayunas, llegas antes porque empiezas a cocinar apenas entras.
Hoy llegaste cuarenta y ocho minutos antes de abrir.
No había taza de café en el lavaplatos.
Y tampoco encontré el envoltorio del pan que normalmente comes mientras preparas los primeros pedidos.
Me quedé mirándolo.
Él seguía repartiendo la comida.
Ajeno por completo al efecto que acababa de producir.
Era extraño.
Habíamos compartido cafés, reuniones, discusiones, documentos, entrenamientos y hasta un viaje en taxi. Sin embargo, aquella era la primera vez que simplemente nos sentábamos a comer sin que hubiera un problema que resolver.
Le di un pequeño bocado al arroz y levanté la vista.
Mateo ya me estaba mirando.
No disimuló.
Simplemente siguió ahí, con una media sonrisa que parecía haberse instalado definitivamente en su rostro desde la noche anterior.
—¿Qué? —pregunté.
Negó con la cabeza.
—Nada.
—Eso mismo dijiste ayer.
—Y sigue siendo verdad.
Fruncí el ceño.
—Entonces deja de mirarme así.
Su sonrisa se hizo un poco más grande.
—No puedo.
Bajé la mirada hacia el recipiente para esconder la mía.
Cada vez entendía menos cómo funcionaba aquel hombre.
Era capaz de recordar cuántas personas había dentro de un local durante un beso inesperado, pero parecía completamente ajeno al efecto que tenían sus propias palabras.
Los dos seguimos comiendo unos minutos en silencio.
Fue Mateo quien rompió el silencio.
—Julián me cayó muy bien.
Levanté la cabeza.
—¿Sí?
Asintió.
—Entiendo por qué es tu mejor amigo.
No respondí enseguida.
Siempre me había costado explicar quién era Julián.
¿Cómo resumir veintiséis años de amistad? ¿Cómo explicar que había personas que terminaban convirtiéndose en familia por decisión propia?
Mateo dejó el tenedor sobre la mesa.
—Lo sé.
Lo miré sorprendida.
—¿Cómo puedes saberlo?
Su respuesta tardó apenas un segundo.
—Porque cuando entraste ayer al hospital dejaste de caminar como alguien que iba de visita.
Apoyó los codos sobre la mesa.
—Entraste como alguien que volvía a un lugar donde siempre había pertenecido.
Me quedé completamente inmóvil.
—Y porque nunca había visto a nadie preparar un sándwich con tanta concentración
Sonreí.
—Te estabas fijando.
—Siempre me fijo.
Sentí un calor agradable recorrerme el pecho.
Mateo tomó un poco de arroz con el tenedor, pero antes de llevárselo a la boca volvió a mirarme.
—Hay algo que quiero decirte.
—Hoy quité la cinta sin preguntarte.
Asentí lentamente.
—Lo noté.
—Y debí hablarlo contigo antes.
Lo observé sin interrumpirlo.
—Pero llevaba semanas pensando en eso.
—Cada vez que levantaba la cabeza y veía esa cinta... sentía que estaba recordándonos un problema que ya no existía.
—No quería borrar nuestra historia.
—Lo sé.
Incliné un poco la cabeza.
—Aunque admito que me tuviste muriéndome de curiosidad toda la mañana.
Él soltó una carcajada.
—Lo sospeché.
—¿Y disfrutaste verme sufrir?
Se llevó una mano al pecho con fingida solemnidad.
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Editado: 25.08.2026