(Voz de Lucía)
Las cosas importantes nunca ocurren de un día para otro.
Uno cree que sí porque recuerda el resultado, pero casi nunca recuerda todas las conversaciones que hubo antes.
La pared de cristal estuvo lista cuatro días después. Los espejos del segundo piso llegaron dos días más tarde. Los últimos detalles eléctricos tardaron otra semana porque, según el electricista, el universo tenía una fijación personal con retrasar cualquier instalación que dependiera de un cable específico que jamás estaba donde debía estar.
Mientras tanto, Mateo y yo descubrimos que ponernos de acuerdo podía ser mucho más difícil que enamorarnos.
Discutimos por el color de una pared.
Por el tamaño del nuevo letrero.
Por la altura de unas lámparas.
Por la distribución de las vitrinas.
Incluso tuvimos una conversación de casi veinte minutos sobre si una planta debía ir treinta centímetros más a la derecha o treinta centímetros más a la izquierda.
La planta terminó exactamente en el mismo lugar donde yo la había puesto desde el principio.
Mateo sostiene hasta el día de hoy que fue una decisión tomada en conjunto.
Yo sostengo que simplemente necesitó veinte minutos para aceptar que yo tenía razón.
Después de cerrar la pastelería nos sentábamos en la mesa de la esquina con dos cafés, mi cuaderno lleno de dibujos torcidos y la computadora de Mateo abierta mostrando hojas de cálculo que parecían escritas en un idioma reservado exclusivamente para personas demasiado organizadas.
Yo no entendía casi nada.
Él entendía demasiado.
Así que, sin darnos cuenta, terminábamos haciendo exactamente lo mismo que en la cocina.
Él aportaba la estructura.
Yo intentaba que la estructura tuviera alma.
Y, sorprendentemente, funcionaba.
Durante casi una hora fuimos descartando propuestas con una facilidad admirable.
Ninguna convencía.
Algunas sonaban demasiado elegantes.
Otras demasiado modernas.
Al final decidimos hacer lo que últimamente hacíamos cada vez que no lográbamos ponernos de acuerdo.
Fuimos a preguntarle a Julián.
Julián estaba acomodando las cartas de una baraja sobre la cama cuando entramos.
No estaba jugando con nadie.
Según él, era un ejercicio para mantener ágiles las manos.
Según Samuel, simplemente se aburría demasiado.
Le contamos nuestras ideas.
Escuchó todas sin interrumpir.
Algunas las descartó levantando apenas una ceja.
Otras provocaron una mueca que no supe interpretar.
Cuando terminamos, guardó silencio unos segundos.
Después levantó la vista.
—Dulce Fuerza.
Mateo y yo nos miramos.
—me gusta —continuó señalándome con una carta.
El letrero terminó siendo blanco con letras color frambuesa y detalles dorados.
El croissant con ojos felices sobrevivió al rediseño porque doña Carmen anunció, con la solemnidad de quien informa una decisión de Estado, que si alguien se atrevía a quitar al croissant ella buscaría otra pastelería.
Ninguno de nosotros quiso asumir semejante responsabilidad.
Así que el croissant siguió donde siempre había estado.
Y doña Carmen también.
A esas alturas ya era tan parte del negocio como las vitrinas, el horno o las sillas de cojines rosados que, para sorpresa de Mateo, combinaban perfectamente con el gris cuando uno dejaba de intentar que todo pareciera un gimnasio.
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Editado: 25.08.2026