Mi Socio Es Un Fraude

Capitulo 39

Habían pasado varias semanas y, contra todo pronóstico, las cosas iban mejor de lo que yo habría imaginado meses atrás. No perfectas, porque la perfección me parecía una cosa bastante sospechosa y, además, en nuestro local seguían desapareciendo cucharitas, Mateo continuaba creyendo que podía arreglar cualquier cosa con suficiente paciencia y yo seguía teniendo discusiones con él por asuntos tan importantes como el lugar correcto para poner una bandeja. Pero bien. Muy bien, incluso. El cristal había resultado ser una de las mejores decisiones que habíamos tomado, aunque debo admitir que tenía una ventaja que nadie había considerado al momento de instalarlo: impedía que los clientes se tropezaran con el gimnasio, pero no impedía que yo viera el cuerpazo que se gastaba el donjuán del otro lado mientras entrenaba. Había rutinas que no cambiaban, porque algunas cosas funcionaban precisamente porque se repetían, y otras que habíamos ido mejorando con el tiempo, casi sin darnos cuenta. Yo había empezado a entrenar por las noches. No porque de repente hubiera decidido convertirme en una mujer obsesionada con tener abdominales marcados ni porque quisiera estar delgada a toda costa; me gustaba mi cuerpo, con sus curvas, sus días buenos y sus días en los que el espejo y yo teníamos opiniones diferentes. Pero también sabía que por mi salud valía la pena moverme un poco más. Mateo jamás intentó convertirme en otra persona. Eso, probablemente, era una de las cosas que más agradecía de él. Me enseñaba, me corregía cuando hacía mal un ejercicio y me miraba con una expresión de satisfacción exagerada cuando conseguía terminar una rutina que al principio me parecía diseñada específicamente para acabar con mi dignidad. Los fines de semana, por supuesto, seguía comiéndome mis antojitos. Una cosa era cuidar la salud y otra muy distinta pretender que yo iba a renunciar voluntariamente a un buen postre después de haber pasado toda la semana rodeada de ellos. Mateo, además, me consentía demasiado, así que cualquier esfuerzo por mantener una conducta ejemplar terminaba teniendo una duración bastante limitada. Y algunas noches... bueno, algunas noches dormía más en el apartaestudio que en mi propia casa. No voy a entrar en detalles porque una dama tiene que conservar cierto misterio y porque, además, si Mateo llegara a leer esto probablemente tendría la desfachatez de corregirme la cantidad de noches.

Bruno seguía llegando todas las mañanas como si tuviera un contrato secreto con el establecimiento. A esas alturas del año ya era prácticamente parte del inventario fijo de Dulce Fuerza y, aunque oficialmente seguía siendo empleado de Mateo, en la práctica desayunaba con nosotros antes de la primera clase, opinaba sobre los sabores nuevos y tenía una silla que nadie se atrevía a ocupar. Su opinión sobre los croissants, además, continuaba siendo la más consistentemente positiva de todo el establecimiento, y yo había llegado a la conclusión de que una opinión tan persistente debía ser tomada en serio. Si Bruno decía que un croissant estaba bueno, estaba bueno. Si decía que estaba espectacular, había que preparar más. Si decía que necesitaba un poco más de mantequilla, Mateo levantaba una ceja y yo fingía que no había escuchado, porque una cosa era aceptar críticas y otra permitir que dos hombres empezaran a discutir sobre mantequilla a las siete de la mañana como si estuviéramos resolviendo el futuro económico del país.

El señor Rodrigo también había cambiado sus costumbres. La laptop-helicóptero, como yo había empezado a llamarla después de verlo abrirla, cerrarla, girarla y consultar algo en ella cada cinco minutos, había desaparecido definitivamente. Ahora venía con un periódico de papel debajo del brazo y se sentaba casi siempre en la misma mesa que la señora Carmen. Los dos habían formado una especie de alianza que incluía comentarios sobre los clientes nuevos, análisis espontáneos de las parejas que entraban a desayunar y opiniones no solicitadas sobre el menú. Yo recibía esas opiniones con la afectividad de alguien que ya había entendido que, detrás de una opinión no solicitada, muchas veces había una persona que se sentía suficientemente en casa como para opinar. La señora Carmen podía decirme que un relleno necesitaba más crema y, cinco minutos después, preguntarme si había dormido bien. El señor Rodrigo podía criticar una nueva receta mientras doblaba cuidadosamente el periódico y, en la misma conversación, preguntarme si Mateo me estaba dejando descansar lo suficiente. Yo había aprendido a no preguntar cómo sabían ciertas cosas. Algunas personas mayores desarrollan poderes que uno no debe investigar.

Pero de todas las cosas que habían cambiado durante esas semanas, había una que todavía me costaba decir en voz alta sin sentir que algo se me acomodaba dentro del pecho.

Julián estaba en remisión. No quería emocionarme demás, me daba algo de miedo

Lo digo así, simple, porque la simpleza era lo que esa palabra merecía después de tantos meses de términos complicados, resultados ambiguos, estudios, tratamientos, llamadas que nadie quería recibir y noches en las que el miedo parecía pesar más que la esperanza.

Remisión. Subiendo de peso. Comiendo muchos más sólidos.

Pidiendo el sándwich con extra de aguacate porque, según él, "el apetito volvió con criterio y el criterio dice que el aguacate nunca es suficiente".

La primera vez que volvió a pedirme uno con extra aguacate, me quedé mirándo por unos segundos el teléfono. No porque el pedido tuviera nada de extraordinario, sino porque durante meses habíamos aprendido a medir las buenas noticias en cosas pequeñas. Un análisis mejor. Un poco más de energía. Un plato terminado. Una tarde sin dolor. Y ahora Julián estaba exigiendo aguacate adicional con la misma autoridad con la que hablaba en su empresa . Me fui a la cocina sonriendo como una idiota y preparé el condenado sándwich con una cantidad de aguacate que probablemente habría escandalizado a cualquier nutricionista sensato.




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