Mi Socio Es Un Fraude

Capítulo 41

Mi madre no se fue después de aquella conversación. Quizá ese fue su primer error, o quizá fue el mío por pensar que todavía quedaba algo que explicar. Seguíamos en medio de Dulce Fuerza, con las mesas vacías, las sillas recogidas y el olor del café de la tarde todavía flotando en el aire. Mateo permanecía cerca del mostrador, atento pero discreto, como había aprendido a estar cuando entendía que aquello era algo que yo necesitaba enfrentar por mí misma. No me gustaba que hablara por mí, aunque agradecía profundamente saber que estaba allí. Mi madre se cruzó de brazos y me miró con aquella expresión que conocía desde niña, esa mezcla de desaprobación y superioridad que siempre conseguía hacerme sentir como si estuviera rindiendo un examen que nunca había pedido presentar.

—No quiero tu dinero. Como siempre, buscas la manera de humillarme.

La miré intentando encontrar en su rostro alguna señal de que realmente hubiera escuchado lo que le había dicho unos minutos antes.

—No dije nada malo. Estoy disculpándome e informándote de la herencia.

—Sí, claro. Para que siga bajo tus pies.

Solté el aire lentamente. Durante años había imaginado esta conversación de muchas maneras. En algunas terminaba llorando, en otras gritando y en otras simplemente me marchaba. Nunca había imaginado que llegaría un momento en que estaría tan cansada que ya no sentiría necesidad de convencerla de nada.

—Nunca has estado bajo mis pies —respondí—. Soy yo la que ha estado debajo de los tuyos durante años. En cada reunión encontrabas una manera de humillarme. Que porque estaba gorda, que porque estaba soltera, que porque no te gustaba mi color de cabello, que porque me parecía a mi mamá. Siempre había algo. Y no tengo la culpa de que tú te hayas metido en el matrimonio de ellos y de que, para tu desgracia, felizmente me parezca a ella.

La expresión de mi madre cambió. Fue apenas un segundo, pero lo vi. Y entonces llegó la cachetada.

El golpe me hizo girar la cara y durante unos instantes no entendí qué había ocurrido. Sentí primero el ardor en la mejilla, después el silencio y finalmente aquella rabia antigua que había aprendido a tragar tantas veces. Mi madre levantó nuevamente la mano y esta vez Mateo reaccionó antes que yo. Le sujetó la muñeca y la apartó hacia atrás con firmeza, sin hacerle daño, pero dejando absolutamente claro que no iba a permitir un segundo golpe.

—Cálmese, señora —dijo.

—¡Suéltame! ¡Te voy a demandar! Me acabas de golpear.

Mateo la soltó inmediatamente y se colocó frente a mí.

—Haga lo que quiera. Usted vino a agredir a mi mujer dentro de nuestro propio local. Alegaré legítima defensa y tenemos cámaras en todo el establecimiento. Pruebas nos sobran.

Mi madre lo miró con una mezcla de indignación y sorpresa.

—Soy su madre.

Mateo ni siquiera pestañeó.

—No. Es su madrastra. Y además tenemos cámaras en todo el local. Es más, puedo llamar ahora mismo al abogado y persuadir a Lucía para que esa herencia no le sea entregada.

—¡Es mía! Ella acaba de decirme que es mía.

—Sí —respondió Mateo con una calma que, en aquel momento, resultaba mucho más intimidante que cualquier grito—. Y también está grabado cuando usted dijo que no quería nada, que para eso tenía el dinero del esposo de su verdadera hija. ¿Él sabe que es solamente un banco para ustedes?

Mi madre palideció.

—No lo harías. No te atrevas.

—Quizá él no —me hice al lado de Mateo—, pero yo sí.

Mi voz lo hizo girar ligeramente la cabeza. No quería que siguiera hablando por mí. No porque no agradeciera lo que estaba haciendo, sino porque llevaba demasiado tiempo dejando que otras personas explicaran mis decisiones, defendieran mis motivos o intentaran traducirle a mi madre quién era yo.

—Me cansé.

Mi madre me miró.

—Me cansé de ser el saco de boxeo que golpeas cada vez que quieres. Me cansé de que me humilles, de que me hagas sentir menos y de que después pretendas que la culpable soy yo por haberme alejado. Pasé años intentando entender qué tenía que hacer para que dejaras de verme como una enemiga, y siempre encontrabas algo nuevo. Si estaba gorda, estaba mal. Si estaba soltera, estaba mal. Si trabajaba demasiado, estaba mal. Si no necesitaba la herencia, también estaba mal. Nunca hubo una versión de mí que te pareciera suficiente.

Mi madre apretó los labios.

—En el accidente en que murió tu padre también debiste morir tú.

El mundo pareció quedarse quieto. Mateo se tensó a mi lado, pero yo levanté una mano. No quería que interviniera.

Mi madre continuó, como si acabara de decir la cosa más normal del mundo.

—Has sido un estorbo toda tu vida. Y aun así ese idiota hizo todo el testamento beneficiándote a ti, como si yo no le hubiera dado una hija, como si yo no hubiera sido su esposa.

—No eras su esposa. Eras su amante. Jamás pasaste a ser esposa.

La frase salió de mi boca sin gritos, sin temblor y sin necesidad de adornarla. Quizá por eso dolió más.

—Vete de aquí. Porque no voy a volver a aguantar un solo golpe ni un solo desplante tuyo. Ya no.

Mi madre abrió la boca para responder, pero en ese momento mi teléfono comenzó a sonar.

Era Valentina. Contesté en altavoz

No alcancé siquiera a decir hola. Del otro lado solo escuché un llanto que reconocí inmediatamente.

—Lucía...

—¿Qué pasó?

—Te necesito.

Hacía años que Valentina y yo no hablábamos de esa manera. No con aquella voz. No con ese miedo.

—¿Dónde estás?

—No sé... —respondió entre lágrimas—. Lucía, sé que no he sido la mejor hermana, pero te necesito.

Miré a Mateo. Él no preguntó nada. Solo esperó.

—Estoy en la pastelería —le dije—. Ven. Igual aquí está tu madre.

—Voy para allá.

Minutos después, la puerta de la pastelería se abrió y Valentina entró llorando. Tenía el maquillaje corrido, los ojos hinchados y una expresión que me hizo olvidar por completo la discusión que acababa de tener. No miró a Mateo, tampoco a nuestra madre.




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