Mi Socio Es Un Fraude

Capítulo 42

Mateo bajó la cabeza.

Yo lo miré. Y Él levantó ambas manos.

Volví a mirar a Valentina.

Ella respiró profundamente.

—Que su novio viviría con nosotros en la casa. Que ellos tendrían su habitación y yo la mía. Que jamás podría tener hijos con él, a menos que los adoptara, porque ahora que descubrió que es gay no quiere nada conmigo.

Mi madre, que había permanecido en silencio, reaccionó de inmediato.

—¿Le dijiste que sí, verdad?

Valentina giró hacia ella.

—¡Claro que no!

Su voz retumbó en el local.

—¡Lo abofeteé y salí corriendo para acá! No voy a ser un plato de segunda mesa. Ni siquiera eso, porque ni siquiera me tendría en cuenta.

Mi madre se llevó las manos al pecho.

—Estamos arruinadas.

Valentina cerró los ojos.

—Mamá...

—¡No tenemos dinero! ¡No tenemos nada!

La miré y durante unos segundos tuve que hacer un esfuerzo enorme para no reírme, porque la escena era tan absurda que mi cerebro parecía incapaz de procesarla correctamente. Hacía menos de una hora me había golpeado, me había dicho que debí morir junto con mi padre y había intentado convertir una conversación sobre una herencia en otra guerra familiar. Ahora estaba llorando porque su hija había cancelado una boda con un hombre que pretendía convertirla en la esposa de fachada mientras él vivía con su novio.

Definitivamente mi familia necesitaba terapia.

Y Mucha.

—Mamá, deja el show —dije finalmente.

Ella me miró ofendida.

—¿El show?

—Sí. Ustedes siempre han vivido en la casa familiar. La abuela no las va a sacar de ahí. Pero las dos van a tener que empezar a trabajar. La abuela ya está vieja y no puede seguir siendo responsable de ustedes para siempre.

Mi madre abrió los ojos.

—Pero tenemos la herencia que guardaste.

—La herencia no la vamos a tocar.

—Es mía.

—No. Esa herencia es para el futuro de la familia. Para los hijos que Mateo y yo tengamos y para los hijos de Valentina. Lo que papá dejó no lo voy a convertir en dinero para mantener una vida que ninguna de ustedes ha querido aprender a sostener.

y pues lo que iba hacer para ti, deberás compartirlo con Valeria, si se te acaba no vengas acá.

Valentina bajó la mirada.

—Yo no sé hacer nada —dijo en voz baja.

Aquella frase me dolió más de lo que esperaba.

—Entonces empieza aquí. Yo te enseñaré.

Valentina levantó la cabeza.

—¿En la pastelería?

—Sí. Y si no recuerdo mal, siempre te gustó todo lo relacionado con cosmetología. Retómalo. Puedes estudiar, puedes aprender, puedes hacer algo que realmente te guste. Yo te ayudo.

Sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas.

—¿En serio? Sí, Quiero hacerlo.

La abracé.

—Entonces hazlo.

Mi madre soltó un suspiro cargado de dramatismo.

—Una peluquera. No, lo que me faltaba. Una pintaúñas y una pastelera. Más bajo, ¿para dónde vamos a caer?

Valentina se tapó la boca para esconder una sonrisa.

Yo levanté una ceja.

—Si quieres puedes barrer el pelo cuando Valentina haga cortes. Quizá tantas horas diarias en las peluquerías te hayan servido para aprender algo.

Mateo soltó una carcajada desde el otro lado del mostrador.

Mi madre lo fulminó con la mirada.

Yo continué, porque ya que habíamos llegado hasta ahí no pensaba desperdiciar la oportunidad.

—Porque pasar la tarjeta de crédito no es una profesión.

Valentina soltó una carcajada que se convirtió inmediatamente en llanto y después otra vez en risa. Mateo tuvo que apoyarse en el mostrador para recuperar la compostura y, contra todo pronóstico, yo también terminé riéndome. Mi madre permaneció con los brazos cruzados, mirándonos como si acabáramos de cometer una ofensa gravísima.

Pero por primera vez en muchísimo tiempo, Valentina estaba riéndose conmigo.




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