Mi Socio Es Un Fraude

Capítulo 43

Habían pasado varios meses desde aquella tarde en la que Valentina llegó a Dulce Fuerza llorando por una boda que nunca llegó a celebrarse y terminó aceptando, entre lágrimas y risas, que quizá había llegado el momento de aprender a hacer algo por sí misma.

Para mi sorpresa, había sido mucho más fácil de lo que cualquiera de nosotras esperaba. Valentina descubrió que tenía buena mano para atender a los clientes, una paciencia considerable para escuchar historias ajenas y una facilidad casi sospechosa para recomendar productos de la vitrina. Lo de la cosmetología seguía pendiente porque insistía en que quería retomarlo en serio, pero mientras encontraba la manera de hacerlo, se había convertido en una parte bastante importante del funcionamiento de Dulce Fuerza. Ya no preguntaba qué debía hacer cada cinco minutos, ya no se quedaba mirando una bandeja como si fuera un objeto extraterrestre y, sobre todo, había recuperado algo que no le veía desde hacía años: la capacidad de reírse de sí misma.

Aquella mañana yo estaba en la parte de atrás organizando unos pedidos cuando escuché la campanilla de la puerta. No presté demasiada atención.

Lo que sí escuché fue la voz de Valentina dando los buenos días y, unos segundos después, un silencio extraño. No era un silencio incómodo, sino uno de esos que aparecen cuando alguien entra a un lugar y tarda un poco más de lo normal en decidir dónde sentarse.

Levanté la cabeza y lo vi.

Era un hombre joven, probablemente unos pocos años mayor que Valentina, alto, de cabello oscuro, barba corta y una de esas caras que parecían haber sido diseñadas específicamente para complicarle la concentración a cualquier persona que estuviera atendiendo una mesa.

Valentina se acercó con el menú en la mano.

—Buenos días. ¿Ya sabe qué va a ordenar?

El hombre la miró durante un segundo más de lo necesario.

—Todavía no.

—Entonces tiene tiempo. Puede mirar tranquilo.

—Creo que ya sé qué quiero.

—¿Qué?

Él señaló el menú.

—Un desayuno americano.

Valentina asintió y anotó el pedido. El hombre estaba en una mesa junto a la ventana. Yo volví a lo mío, pero no tardé en descubrir que no era la única persona que había notado algo.

Cada vez que Valentina pasaba cerca de su mesa, él levantaba la mirada. No de una manera desagradable ni insistente, simplemente la miraba. Ella fingía no darse cuenta, aunque después de la tercera vez empezó a caminar un poco más rápido cada vez que tenía que pasar por allí.

Cuando le llevó el desayuno, él le dio las gracias y ella regresó al mostrador. Cinco minutos después volvió a mirarlo. Luego él la miró a ella. Después Valentina miró hacia otro lado. Yo tuve que morderme el interior de la mejilla para no sonreír. Era tan evidente que probablemente hasta el croissant de ojos felices que teníamos en el letrero se había dado cuenta.

El hombre terminó de desayunar con calma, dejó los cubiertos sobre el plato y se levantó para acercarse a la caja. Valentina estaba organizando unos recibos cuando él se detuvo frente a ella. Sacó la billetera y pagó.

—Creo que te he visto antes. — dijo

Valentina lo miró con una sonrisa educada.

—¿Ah, sí? ¿Dónde?

El hombre sonrió.

—En el cine... y luego tomando un café conmigo la semana que viene.

Valentina se quedó inmóvil un segundo.

Después sonrió de esa manera amable que usaba cuando un cliente decía algo que no sabía muy bien cómo responder.

—Lo siento. Tengo pareja.

Le entregó el recibo.

El hombre abrió los ojos.

—Ah. Lo siento. No, no. Yo... —se pasó una mano por la nuca y, para mi sorpresa, se puso rojo—. Perdón. Parezco ridículo. Pero la verdad es que me encantó tener esta interacción contigo.

Valentina soltó una pequeña risa.

—No pareces ridículo.

—Eso lo dices porque acabas de rechazarme.

—Probablemente.

Él sonrió, levantó una mano a modo de despedida y salió de la pastelería.

Esperé exactamente cinco segundos.

—Vaya mentirosa.

Valentina giró hacia mí.

—¿Qué?

—¿Tienes pareja? ¿Desde cuándo?

Valentina se echó a reír.

—No saldría con él.

—¿Porque es demasiado guapo para tu gusto?

—No. Porque es demasiado coqueto. Si me dijo eso a mí sin conocerme, debe usar la misma táctica en cada café al que entra. No voy a caer.

—Eso mismo decía yo antes de conocer a Mateo.

Valentina me señaló con el recibo.

—No me compares con tu historial de malas decisiones.

—Mi historial terminó bastante bien.

—Porque tu mala decisión tenía músculos.

—Y ahora hace un café con canela y vainilla que vende más que algunos de mis postres.

Valentina negó con la cabeza, todavía riéndose.

—No entiendo cómo terminaste enamorada de ese hombre.

—Yo tampoco.

En ese momento la puerta que comunicaba el gimnasio con la pastelería se abrió y Mateo apareció con una botella de agua en la mano. No alcanzó a decir nada porque justo afuera, en la acera, el hombre del desayuno se había detenido. Mateo lo reconoció inmediatamente y levantó una mano para saludarlo y salió corriendo.

El hombre se giró y sonrió. Los dos empezaron a hablar.

Valentina y yo nos miramos.

—¿Lo conoce? —preguntó ella.

—Parece.

Los observamos desde el interior. conversaban como si se conocieran de antes. En un momento Mateo dijo algo que no alcanzamos a escuchar. Los dos volvieron a mirar hacia nosotros y Mateo empezó a reírse.

Valentina se quedó completamente quieta.

Pasaron unos minutos y finalmente vimos que regresaban hacia la pastelería.

Valentina se llevó una mano a la frente..

— Mierda. No puede ser.

—¿Qué cosa?

—Trágame tierra.

La puerta del gimnasio se abrió.

Mateo entró primero.

—Buenos días otra vez —dijo el hombre.

Valentina se quedó tiesa.

Mateo miró a una, luego a la otra, y una sonrisa demasiado grande apareció en su rostro. Esa sonrisa me dijo inmediatamente que sabía algo que nosotras no sabíamos.




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