Los días siguientes demostraron que Alejandro tenía una capacidad bastante admirable para fingir que no había ocurrido absolutamente nada.
Después de aquel primer desayuno y de descubrir, probablemente por boca de Mateo o por alguna investigación propia que Valentina no tenía pareja y que había mentido deliberadamente para rechazarlo, se limitó a saludarla con una cordialidad impecable cada vez que entraba a la pastelería. Un «buenos días», un «¿todo bien?» y, en ocasiones, una sonrisa breve eran todo lo que recibía. Nada de nuevas invitaciones, comentarios sobre el cine ni cafés pendientes. Valentina, por supuesto, fingía que aquello le daba exactamente igual, aunque yo ya había aprendido a reconocer esa manera particular que tenía de mirar hacia el gimnasio cuando creía que nadie la estaba observando.
El problema era que Alejandro había llegado al gimnasio acompañado de una característica que no tardó en convertirse en tema de conversación habitual entre las clientas de la pastelería: era demasiado guapo. No guapo de una manera discreta que pudiera pasar desapercibida, sino de esos hombres que conseguían que algunas personas olvidaran durante unos segundos lo que estaban diciendo.
Las clases de zumba empezaron a llenarse y, aunque nadie podía demostrarlo, Valentina y yo teníamos la sospecha de que varias de aquellas mujeres habían descubierto de repente una pasión inesperada por el ejercicio cardiovascular. Las conversaciones en las mesas eran todavía peores. Algunas hablaban de sus brazos, otras de sus piernas y una señora llegó a preguntarle a Carmen si sabía si Alejandro estaba soltero. Carmen, que consideraba información de ese tipo una responsabilidad comunitaria, le respondió que no sabía, pero que si seguía tomando café todos los martes quizá algún día lo descubriría.
Lo curioso era que Alejandro no parecía interesado en ninguna. Ni siquiera en las más descaradas. Podían arreglarse el cabello antes de entrar, reírse un poco más fuerte de cualquier cosa que él dijera o aparecer con ropa deportiva que claramente había sido seleccionada con una intención que iba mucho más allá de la comodidad, y él seguía comportándose exactamente igual: amable, profesional y completamente indiferente.
Al final, en una de las mesas, alguien llegó a plantear la teoría de que quizá era gay. La teoría se extendió con una velocidad sorprendente, porque aparentemente en una pastelería no había suficientes temas de conversación y la orientación sexual de un entrenador de zumba recién llegado podía ocupar tranquilamente media hora de un martes.
Valentina escuchaba aquellas conversaciones con una expresión cada vez más incómoda, aunque nunca intervenía. Yo tampoco. Había algo divertido en ver cómo el hombre que había intentado invitarla a salir el primer día ahora era objeto de especulaciones precisamente porque no intentaba salir con ninguna otra.
Pero durante la última semana apareció algo que nos preocupó más que los rumores de las clientas. Alejandro empezó a llegar diferente. Ya no entraba al gimnasio con la energía exageradamente alegre que tenía durante las primeras semanas. Llegaba con el cabello desordenado, ojeras cada vez más marcadas y una expresión de mal humor que no parecía tener nada que ver con el trabajo.
Algunas mañanas ni siquiera terminaba el café antes de subir al gimnasio. Mateo lo había notado, yo también y, aunque ninguno de los dos quería entrometerse, era imposible no preguntarse qué estaba ocurriendo. Hasta que un lunes por la mañana Alejandro apareció en la pastelería con la cara de alguien que había pasado la noche negociando con el demonio y había perdido.
Estábamos desayunando cuando Valentina lo vio entrar. Tenía una taza de café en una mano y un plato con huevos en la otra, y lo observó durante unos segundos antes de decidirse a preguntar.
—Alejandro, ¿ayer domingo descansaste? Porque parece que no dormiste. ¿Te fuiste de rumba y todavía tienes resaca?
Alejandro dejó caer el cuerpo sobre una silla.
—Ojalá fuera eso.
Mateo levantó la mirada desde su café. Yo dejé de untar mantequilla sobre mi tostada. Valentina apoyó los codos sobre la mesa, preparada para escuchar una historia.
Alejandro respiró profundamente.
—Tengo una bruja viviendo en el apartamento de arriba de mi casa que decidió que la noche es el horario oficial para hacer todos los oficios domésticos. Le da por aspirar y lavar ropa a horas en las que una persona normal estaría durmiendo. Parece que espera hasta las once de la noche, justo cuando apago las luces, para poner a funcionar la lavadora. Y esa cosa no solamente lava. Esa cosa se mueve como si estuviera bailando salsa sobre mi techo. Golpea el piso, vibra, hace un ruido que parece una construcción clandestina y, cuando finalmente consigo volver a dormirme, a medianoche empieza otro problema: me di cuenta de que conectan su carro eléctrico al enchufe que está al lado de mi puerta.
Valentina abrió los ojos.
—¿Desde tu apartamento?
—Desde mi apartamento. El enchufe está en el pasillo, pero la instalación eléctrica corresponde a mi contador. Y claro, la luz se me disparó. El último recibo me llegó prácticamente al doble. Fui a reclamarle y ¿saben qué me dijo la señora?
Ninguno respondió.
—Que el cable no le llegaba hasta su piso. Que además yo vivía solo, que no era mucho lo que podía consumir y que dejara de ser tacaño. Me dijo que ella tenía tres hijos y que gastaba mucha luz.
Mateo dejó lentamente la taza sobre la mesa.
—Eso no funciona así.
—Exactamente. Eso mismo le dije. Le expliqué que se me había duplicado el precio y ¿saben qué respondió? —Alejandro abrió las manos, indignado—. «Por unos cuantos dólares vas a pelear. No seas conchudo, tacaño. Por eso ni novia tienes, porque nadie viene a tu casa. Mínimo ni nevera tendrás, porque no cocinas. Tú nunca estás».
Valentina se quedó mirándolo.
—¿Te dijo todo eso?
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Editado: 25.08.2026