—Bueno, haremos esto —dije finalmente.
Todos alrededor de la mesa dejaron de hablar al mismo tiempo. Alejandro todavía tenía las manos sobre la cabeza, como si estuviera intentando contener dentro del cráneo todas las noches de sueño que había perdido durante la última semana, mientras Valentina apoyaba los codos sobre la mesa y Mateo terminaba tranquilamente su café. A esas alturas, aquella mesa se había convertido en una especie de centro informal de operaciones para cualquier problema que apareciera en nuestras vidas. No sabía exactamente en qué momento habíamos pasado de desayunar juntos, a resolver problemas eléctricos de desconocidos, pero tampoco parecía que a nadie le importara demasiado.
—Vamos a contratar un servicio eléctrico —continué—, pero les vamos a pedir el favor de que vayan a las siete de la mañana, que es cuando ella sale a llevar a los niños al colegio. ¿Verdad?
Alejandro asintió.
—Sí. Ella sale prácticamente cuando yo estoy saliendo para acá. Aunque la semana pasada, cuando me enferme y no podía venir durante tres días, me di cuenta de algo. Ella regresa todos los días alrededor de las diez de la mañana. Eran las únicas horas donde había paz.
Se agarró la cabeza dramáticamente.
—Tres horas de silencio. Tres horas en las que no escuchaba una lavadora, una aspiradora, ni nada.
—Perfecto —dije.
Valentina frunció el ceño.
—¿Pero para qué?
La miré.
—Vamos a hacer que revisen y separen correctamente el circuito del enchufe.
Alejandro abrió la boca.
—¿Y eso se puede hacer?
—Si la instalación lo permite, sí. Y el electricista podrá decirnos exactamente qué está conectado a qué. No vamos a tocar nada nosotros.
—Yo había pensado simplemente bajar el switch —dijo Alejandro—, pero no puedo hacerlo porque es el mismo que activa la alarma de mi casa.
Valentina apoyó una mano sobre la mesa.
—Eso complica las cosas.
—No tanto —intervino Mateo—. Si el electricista encuentra que están compartiendo circuito, puede dejar la alarma en uno independiente y aislar el enchufe. Así Alejandro puede seguir usando su alarma sin tener que alimentar el carro de otra persona.
Alejandro asintió lentamente.
—Eso ya me gusta más.
—Pero eso, ¿qué ganaría exactamente? —preguntó después—. Porque entiendo que voy a dejar de pagarle la luz a la señora, pero ¿cómo demostramos que ella realmente está usando mi conexión?
Doña Carmen, que estaba sentada en la mesa de enfrente y llevaba varios minutos escuchando la conversación mientras fingía leer el periódico, levantó la cabeza.
—Lo de guapo lo tienes de bruto.
Todos giramos hacia ella.
Doña Carmen abrió los ojos.
—Lo siento, lo siento. Se me salió.
Don Rodrigo bajó lentamente el periódico.
—Pero es bastante obvio —dijo con absoluta tranquilidad—. Necesitas demostrar que ella conecta el carro y cuándo lo hace. Después haces la separación del circuito y queda constancia de cómo estaba instalada la conexión.
Alejandro lo miró.
—Ah.
—Además —continuó don Rodrigo—, si el electricista encuentra que el consumo de ese enchufe estaba conectado a tu contador, tendrá algo más que una conversación de vecinos para discutir.
Alejandro abrió los ojos.
—¿Entonces sí podemos demostrarlo?
—Podemos documentarlo —aclaró Mateo—. Que es distinto.
—Bueno, al parecer este es un plan a toda voz.
—¿Qué esperabas? —dijo Carmen, tomando su café—. Primero, ustedes hablan muy duro. Segundo, estamos prácticamente solos a esta hora de la mañana. Y tercero, ya somos parte del inventario.
Levantó el último pedazo de croissant que quedaba en su plato.
—No pueden ocultarnos nada.
Se lo llevó a la boca con toda tranquilidad.
Alejandro miró alrededor de la mesa y negó con la cabeza.
—Esto parece una organización criminal.
—No exageres —dijo Valentina.
—Acaban de montar una operación para vigilar a mi vecina.
—Una operación legal —aclaró Mateo.
—Con Carmen y Rodrigo de informantes.
Don Rodrigo volvió a bajar el periódico.
—Yo no soy informante. Soy cliente.
—Cliente que escucha conversaciones ajenas —dijo Carmen.
—Porque ustedes las tienen en volumen de radio.
Me reí otra vez.
—Necesitamos pruebas de lo que ella hace —dijo Valentina, volviendo al asunto—. Puedes poner una cámara apuntando hacia tu puerta y hacia el enchufe.
Alejandro asintió.
—Eso sí puedo hacerlo.
—Una cámara oculta, pero con buena resolución y audio —añadí—. Que quede registrado qué hace, a qué hora lo hace y, sobre todo, que se vea claramente cuando conecta el cable.
—Sí. Eso tiene sentido.
Doña Carmen volvió a intervenir.
—¿Y ella trabaja?
Alejandro negó con la cabeza.
—No. Según sé, y según todo el mundo en el barrio, no trabaja. El exesposo es médico. Ella se ocupa de los niños, va a un club y poco más.
Carmen hizo una mueca.
—Entonces definitivamente puede lavar la ropa a las dos de la tarde.
—Eso mismo pensé yo —respondió Alejandro—. No entiendo por qué tiene que hacerlo a medianoche.
—Porque a las doce de la noche probablemente no haya nadie que le diga que está haciendo ruido —dijo Mateo.
—Excepto yo, porque vivo debajo de ella.
—Y ya sabemos cómo terminó eso.
Alejandro suspiró.
—Me dijo tacaño.
—Técnicamente sí estás peleando por dinero —dijo Valentina.
—¡Porque es mi dinero!
—Ya, ya.
Levanté la mano para cortar la discusión.
—Primero conseguimos las pruebas. Después hacemos la separación eléctrica. Y después vemos qué hacemos con ella.
Alejandro se dejó caer contra el respaldo de la silla.
—Me parece perfecto.
—Yo conozco un electricista —dijo don Rodrigo.
Lo miré.
—Ese es mi staff.
Don Rodrigo sonrió.
—Entonces tendrás que pagarnos.
Doña Carmen levantó su taza de café.
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Editado: 25.08.2026