Mi Socio Es Un Fraude

Capitulo 47

Alejandro dejó el teléfono sobre la mesa.

—Mi vecina... —comenzó.

Carmen levantó una ceja.

—¿La bruja?

—La bruja.

Rodrigo dobló el periódico.

—¿Murió alguien?

—No.

—Entonces cuente.

Alejandro se dejó caer en la silla.

—Se dañó el carro.

Hubo un segundo de silencio.

Después Lucia abrió los ojos.

—Era un Tesla vedad

—Sí, Tesla.

Mateo dejó la cafetera.

—¿Cómo fue, cuenta completo, paso a paso?

Alejandro empezó a contarles todo. La cámara, la hora, el ruido de la lavadora, el cable, el estallido, el humo, los bomberos y finalmente la frase que había pronunciado la mujer.

Cuando llegó a esa parte, Carmen dejó lentamente el croissant sobre el plato.

—¿Ella misma dijo que siempre lo conectaba ahí?

—Sí.

Don Rodrigo volvió a ponerse los lentes.

—Eso se llama regalar pruebas.

—Exactamente —dijo Alejandro.

Lucía se sentó frente a él.

—¿Y qué dijo la aseguradora?

Alejandro soltó el aire.

—Todavía están investigando. Pero los bomberos dejaron registrado que hubo una modificación en la instalación y que el vehículo estaba conectado a un circuito que no correspondía a su vivienda.

Valentina asintio.

—Entonces...

—Entonces ella puede terminar pagando el daño.

Carmen levantó su taza.

—Por fin una buena noticia.

Alejandro sonrió cansado.

—Hay otra.

—¿Cuál? —preguntó Lucía.

Alejandro miró hacia la puerta, comprobó que nadie estuviera escuchando y bajó la voz.

—¿Recuerdas cuando te dije que ella pensaba que yo era gay?

Matep asintió.

—Sí.

—Pues anoche me lo dijo directamente.

Carmen se inclinó hacia delante.

—¿Qué?

Alejandro cerró los ojos.

—Dijo que llevaba meses pensando que yo era gay porque nunca le había prestado atención a ninguna de las mujeres del edificio. Y que los gay no pelean, Pero como vio anoche a valentina conmigo entendía porque había sido tan ruin de dañar su carro, si era un patán como todos los de mi gremio

Valentina se quedó mirándolo.

Después empezó a reírse.

Lucía también.

Mateo intentó mantener la seriedad durante aproximadamente tres segundos antes de rendirse.

Carmen golpeó la mesa con la mano.

—¡Yo sabía que esa mujer estaba loca!

Alejandro se tapó la cara.

—No sé qué parte de toda esta historia me preocupa más. Que me haya robado electricidad durante meses o que haya construido una teoría sobre mi orientación sexual porque nunca le coqueteé.

Mateo le dio una palmada en el hombro.

—Míralo por el lado positivo.

Alejandro lo miró.

—¿Cuál?

Mateo señaló la mesa.

—Ahora tienes pruebas, una posible indemnización y una nueva reputación en el barrio.

Valentina se limpió una lágrima de risa.

—¿Cuál reputación?

Mateo sonrió.

—La del hombre guapo que resultó ser heterosexual y que, además, casi provoca un divorcio vecinal.

Alejandro lo miró fijamente.

—No sé si eso me ayuda.

—No —respondió Carmen mientras mordía su croissant—. Pero vende.

Y esa mañana, por primera vez desde que Alejandro había llegado al gimnasio, las clientas de zumba dejaron de ser el tema principal de conversación.

Porque ahora todo el barrio quería saber qué había pasado con el Tesla.

—NO. NO. NO. ESPEREN —dijo Lucía, levantándose ligeramente de la silla—. Valentina estaba contigo. ¿Cuál Valentina?

Giró la cabeza lentamente hacia su hermana y la señaló con un dedo acusador.

—Tú.

Valentina dejó de reírse.




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