Mi Socio Es Un Fraude

Capítulo 48

La mesa quedó en silencio.

Lucía miró a Alejandro. Después a Valentina. Luego otra vez a Alejandro.

—¿Tú estabas con mi hermana?

—Sí —respondió Alejandro con toda tranquilidad.

Valentina levantó las manos antes de que su hermana pudiera sacar conclusiones.

—¡Pero no como estás pensando! Yo estaba ahí para ser testigo.

—¿Testigo de qué? —preguntó Carmen, que ya había dejado el croissant sobre el plato.

Valentina suspiró.

—De lo que habíamos planeado todos días atrás. Si algo salía mal o ocurría algo que no estuviera dentro de lo que habíamos previsto, yo tenía que estar presente para poder testificar después. Eso era todo.

Lucía entrecerró los ojos.

—¿Y por qué la vecina te vio salir casi dormida cuando llegaron los bomberos?

Valentina abrió la boca, pero no respondió inmediatamente.

Alejandro sonrió.

—Porque se quedó dormida.

Valentina lo fulminó con la mirada.

—No tenía pensado dormirme.

—Lo sé.

—Estuvimos esperando muchísimo tiempo. Y yo estaba cansada.

Lucía cruzó los brazos.

—¿Se quedó dormida?

Alejandro asintió.

—Se quedó dormida sobre mí, perdón en mis piernas, perdón conmigo, es decir en mi casa, en fin, ustedes entienden.

Valentina giró la cabeza de golpe.

—¡No ayudes tanto!

Alejandro soltó una carcajada.

—Solo estoy confirmando lo que dices.

—No tienes que confirmar cada detalle.

—Dijiste que te quedaste dormida.

—Sí.

—Y te quedaste dormida sobre mí.

Valentina cerró los ojos.

—No lo digas así.

Alejandro levantó las manos, divertido.

—Perdón.

—¡Alejandro!

Carmen se llevó una mano a la boca para esconder la sonrisa. Rodrigo, en cambio, se acomodó los lentes y dobló nuevamente el periódico con una tranquilidad sospechosa.

Mateo soltó una carcajada.

—Sí. Ya tenemos suficiente información.

Valentina estaba completamente roja.

—No pasó absolutamente nada.

—Nadie ha dicho que haya pasado algo —respondió Lucía, con una sonrisa que decía exactamente lo contrario.

—Pero lo estás pensando.

—Estoy pensando muchas cosas.

Alejandro se recostó en la silla, disfrutando demasiado de la situación.

—Para ser justos, sí se quedó dormida en mis piernas.

Valentina lo miró con una mezcla de indignación y vergüenza.

—Te voy a matar.

—Después de que termine mi desayuno, por favor.

Carmen ya no pudo contener la risa.

—Esta historia se está poniendo mejor que la del Tesla.

Lucía negó con la cabeza y señaló a su hermana.

—Bueno. Está bien. Ya entendí. Estabas con Alejandro para ser testigo, te quedaste dormida esperando y por eso la vecina te vio salir cuando llegaron los bomberos.

—Exactamente.

Lucía asintió lentamente.

—Perfecto.

Hizo una pausa.

—Y luego te fuiste a su casa.

Valentina se quedó inmóvil.

El color volvió a subirle por el cuello hasta las mejillas.

—Yo...

No terminó la frase.

Se levantó de la silla demasiado rápido.

—Voy por agua.

Y antes de que alguien pudiera responder, desapareció por la puerta de la cocina.

Alejandro se quedó mirándola unos segundos y después empezó a reírse.

Mateo lo observó.

—Ahí pasó más de lo que están contando.

Alejandro negó con la cabeza, todavía sonriendo.

—No pasó nada.

—Claro —dijo Mateo.

Rodrigo levantó una ceja por encima del periódico.

—Esa es exactamente la frase que dice la gente cuando sí pasó algo.

—No pasó nada —repitió Alejandro.

Carmen tomó nuevamente su croissant.

—Entonces explique por qué la muchacha salió corriendo por agua como si hubiera fuego.

Alejandro se encogió de hombros.

—Porque tiene sed.

Mateo soltó una carcajada.

—Sí. Y yo soy campeón olímpico de ballet.

Lucía los miró a todos y finalmente negó con la cabeza.

—Déjenla tranquila.

—Yo no estoy diciendo nada —respondió Alejandro.

—Precisamente ese es el problema —contestó Lucía—. Te estás riendo demasiado.

Alejandro volvió a mirar hacia la cocina.

—Es que se pone roja muy fácil.

Mateo lo señaló.

—Eso tampoco ayuda.

Alejandro sonrió.

—Ya entendí.

En ese momento Valentina regresó con un vaso de agua en la mano, intentando recuperar una dignidad que claramente había dejado en algún lugar de la cocina.

Lucía la miró.

Valentina evitó su mirada.

Carmen sonrió.

Rodrigo levantó apenas las cejas.

Y Mateo, que llevaba varios segundos observando a Alejandro, entendió perfectamente que allí había algo que ninguno de los dos estaba dispuesto a admitir todavía.

Alejandro tomó un sorbo de café y decidió no decir nada.

Por una vez, era mejor dejar que Valentina creyera que había conseguido escapar.




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