Después de dar una clase de Zumba bastante fuerte, Alejandro terminó sentado en el piso del gimnasio, completamente exhausto, con la espalda apoyada contra una de las columnas y la botella de agua en la mano. Tenía el cabello empapado, la camiseta pegada al cuerpo y respiraba como si acabara de correr una maratón en lugar de hacer bailar a veinte personas durante una hora.
Le dio otro trago al agua y levantó la mirada hacia la pastelería.
A través del vidrio podía ver a Valentina atendiendo a los clientes.
Se quedó observándola unos segundos, sin ninguna intención particular, o eso quiso pensar.
Valentina estaba hablando con un hombre que acababa de pagar. Le entregó el recibo y él le sonrió. Ella le devolvió la sonrisa y, mientras acomodaba unos papeles sobre el mostrador, se pasó un mechón de cabello detrás de la oreja.
Alejandro dejó de beber. Bajó lentamente la botella.
Miró al hombre. Luego a Valentina.
Después otra vez al hombre.
—¿Y este por qué le sonríe tanto? —murmuró.
El cliente seguía hablando con ella.
Valentina volvió a sonreír.
Alejandro apretó la botella.
—No. No, no, no.
Se incorporó un poco, dispuesto a levantarse e ir hasta la pastelería.
No tenía idea de qué iba a decirle al hombre, y mucho menos qué explicación iba a darle a Valentina sobre su repentina aparición, pero estaba a punto de cruzar la puerta del gimnasio cuando una señora embarazada entró a la pastelería.
La mujer saludó a Valentina con toda confianza.
—¡Vale!
Valentina sonrió inmediatamente.
—¡Hola! ¿Cómo estás?
La embarazada se acercó y le dio un abrazo.
Después se volvió hacia el hombre que todavía estaba frente al mostrador y le dio un beso a su esposo.
Alejandro se quedó quieto.
Parpadeó.
Miró al hombre. Miró a la mujer embarazada. Miró a Valentina.
Los tres se conocían.
El hombre no estaba coqueteando con Valentina. Era el esposo de la mujer embarazada.
Alejandro bajó lentamente la botella.
—Ah...
Se volvió a sentar.
—Bueno.
Bebió otro trago.
—Perfecto.
Se quedó unos segundos mirando hacia la pastelería.
—Estoy celoso de un hombre casado.
Negó con la cabeza.
—Esto ya se está poniendo grave. La idea era cuidarla, solo cuidarla
Y lo peor era que nadie le había pedido explicaciones. Nadie había hecho absolutamente nada. Valentina simplemente había sonreído a un cliente.
Alejandro acababa de descubrir que podía ponerse celoso hasta de un hombre que había llegado acompañado de su esposa embarazada.
—Qué vergüenza —murmuró.
Horas más tarde, Alejandro estaba almorzando sentado en una de las mesas del gimnasio.
Tenía el tenedor en la mano, pero hacía rato que había dejado de prestar atención a la comida.
Sonreía. No podía evitarlo. Había vuelto a recordar la noche anterior.
La noche en la que Valentina se había quedado en su casa para ser testigo por si algo salía mal con el carro de la vecina y todo lo que habían planeado días atrás.
Valentina se había quedado dormida de tanto esperar. Habían decidido que se quedara, ya que era muy tarde, pero al otro dia había ocurrido el pequeño accidente.
Alejandro recordó el momento en que ella salió del baño después de ducharse.
El baño quedaba justo entre la sala y la habitación, y él iba pasando de la cocina hacia el cuarto cuando la vio salir con el cabello mojado y una toalla alrededor del cuerpo.
Valentina dio un paso.
Luego otro.
Y en el siguiente su pie resbaló sobre el agua que había dejado su cabello en el piso.
—¡Cuidado!
Alejandro se lanzó inmediatamente para sostenerla.
Solo que tuvo una pequeña dificultad.
Él también pisó el agua.
Y terminó resbalándose.
Los dos cayeron.
Alejandro alcanzó a sujetarla para evitar que se golpeara, pero en el movimiento su mano se enganchó accidentalmente con la toalla.
La toalla salió volando.
Valentina quedó en ropa interior.
Los dos se quedaron completamente inmóviles.
Alejandro abrió los ojos.
Valentina también.
—No mires.
Alejandro giró la cabeza inmediatamente.
—No estoy mirando.
—¡Estabas mirando!
—¡Porque acabamos de caernos!
—¡Pues deja de mirar!
—¡Ya no estoy mirando!
Valentina agarró la toalla del piso y volvió a cubrirse mientras Alejandro permanecía sentado en el suelo, tratando de encontrar una explicación digna para lo que acababa de suceder.
No encontró ninguna.
Valentina lo miró.
Después miró el charco.
Y terminó soltando una carcajada.
Alejandro también empezó a reírse.
Aquello había sido tan absurdo que no podían hacer otra cosa.
Alejandro volvió al presente con una sonrisa.
Seguía sosteniendo el tenedor en el aire.
—Definitivamente estoy en problemas —murmuró.
—¿Qué problemas? —preguntó Mateo desde otra mesa.
Alejandro bajó el tenedor.
—Ninguno.
Mateo lo observó durante unos segundos.
—Estabas sonriendo solo.
—Recordé algo gracioso.
Mateo sonrió.
—tienes la misma cara de idiota que tenías esta mañana cuando Valentina salió de la cocina.
Mateo negó con la cabeza. Ya lo había entendido.
Alejandro todavía no quería admitirlo, pero aquello ya no era simple curiosidad.
Le gustaba Valentina.
Y aparentemente también le gustaba sufrir gratis.
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Editado: 05.09.2026