Mi Socio Es Un Fraude

FIN.

Dos meses después, Lucía estaba en un parque de diversiones con Mateo.

Ya llevaban un año de relación y habían decidido celebrarlo como dos personas completamente normales.

Por eso, durante las primeras horas habían subido prácticamente a todos los juegos que encontraron.

Montaña rusa, rueda de la fortuna, carros chocones, juegos que daban vueltas hasta dejarles el estómago en la garganta y otros en los que Lucía había terminado preguntándose por qué había pagado voluntariamente para sentir que su alma abandonaba el cuerpo.

—El próximo lo escoges tú —le dijo a Mateo después de bajarse de uno de ellos.

—Perfecto.

Mateo señaló el Skycoaster.

Lucía siguió su dedo.

Miró la estructura.

Miró hacia arriba.

Volvió a mirar a Mateo.

—Eso no parece un juego.

—Sí parece.

—Parece una sentencia judicial.

Mateo soltó una carcajada.

—Vamos.

—Te odio.

—No es cierto.

—En este momento, un poquito.

Aun así, terminaron subiendo.

Cuando llegaron a la plataforma y quedaron suspendidos juntos, sujetos por el arnés y el cable que los sostendría durante la caída, Lucía miró hacia abajo y arrepentimiento fue una palabra demasiado pequeña para describir lo que estaba sintiendo.

—Mateo...

—¿Sí?

—Si sobrevivimos, nunca más vuelvo a dejarte escoger un juego.

Mateo sonrió.

—Trato hecho.

Estaban muy arriba.

El viento les golpeaba la cara y, por unos segundos, ambos se quedaron mirando el parque desde aquella altura.

Entonces Mateo giró hacia ella.

Lucía apenas alcanzó a mirarlo cuando él se acercó y le dio un beso.

Un beso tranquilo, completamente distinto al caos que los rodeaba.

Cuando se separó, Mateo la miró directamente a los ojos.

—Te amo.

Lucía sonrió.

—Yo también te amo.

Y en ese preciso instante los soltaron.

Los dos cayeron desde las alturas, suspendidos por el cable.

Lucía gritó.

Mateo también.

Pero mientras descendían a toda velocidad, Mateo encontró suficiente aire para gritar por encima del viento:

—¡¿QUIERES CASARTE CONMIGO?!

Lucía abrió los ojos.

—¡¿QUÉ?!

Mateo volvió a gritar:

—¡¿QUIERES CASARTE CONMIGO?!

En el suelo, Valentina y Alejandro sostenían una pancarta gigante que decía:

MARRY ME

Lucía alcanzó a verla mientras seguían cayendo.

Se quedó completamente anonadada.

El público que estaba alrededor comenzó a aplaudir y a gritar al comprender lo que estaba sucediendo.

Mateo y Lucía continuaron descendiendo, balanceándose como un enorme péndulo mientras poco a poco perdían velocidad.

Cuando finalmente tocaron el suelo, Mateo intentó estabilizarse.

No lo consiguió del todo.

Dio un paso hacia un lado.

Luego otro.

Y finalmente decidió que, si iba a pedirle matrimonio a Lucía, al menos debía hacerlo con algo de dignidad.

Se arrodilló.

Sacó una pequeña caja del bolsillo.

La abrió.

Dentro estaba el anillo.

—Lucía...

Pero Lucía no respondió.

Ni siquiera miró el anillo.

Se llevó una mano a la boca.

Y salió corriendo.

Mateo se quedó arrodillado.

La multitud dejó de aplaudir.

Lucía llegó hasta una esquina donde había una caneca de basura y se inclinó sobre ella.

Vomitando.

El silencio fue inmediato.

Mateo seguía arrodillado con el anillo en la mano.

Valentina bajó lentamente la pancarta.

Una niña que estaba entre la multitud abrió los ojos enormes y miró a su madre.

—Eso quiere decir que le dijo que no y que le da asco.

Mateo palideció.

Se quedó inmóvil.

Por primera vez en mucho tiempo, el hombre que normalmente tenía una respuesta para todo parecía no tener absolutamente ninguna.

La niña seguía mirándolo.

—Pobrecito.

Mateo tragó saliva.

Valentina se tapó la boca

Finalmente Lucía se incorporó.

Se limpió la boca con la manga del saco y caminó hacia ellos.

Mateo se puso de pie inmediatamente.

Todavía tenía el anillo en la mano.

Lucía lo miró.

Después miró a Valentina.

Luego a la multitud.

Y finalmente a Mateo.

—Lo siento.

Mateo no dijo nada.

—Fue por la caída —continuó Lucía—. No por ti.

Mateo parpadeó.

—¿Entonces...?

Lucía sonrió.

—A ti te amo.

Mateo soltó el aire que llevaba varios segundos conteniendo.

—Y claro que queremos casarnos contigo.

Hubo un segundo de silencio.

Mateo frunció el ceño.

—¿Queremos?

Valentina abrió los ojos.

Lucía tomó la mano de Mateo y la llevó lentamente hasta su vientre.

Mateo se quedó completamente inmóvil.

—Sí —dijo Lucía.

Él miró su mano.

Después la miró a ella.

—¿Estamos...?

Lucía asintió.

—Sí.

Mateo tardó unos segundos en reaccionar.

—¿Vamos a tener un bebé?

Lucía sonrió con los ojos llenos de lágrimas.

—Vamos a tener un bebé.

La multitud, que apenas unos segundos antes había presenciado un aparente rechazo público, volvió a estallar en aplausos.

La niña que había dado el primer diagnóstico miró a su madre.

—Entonces no le dio asco.

Su madre sonrió.

—No.

La niña miró a Mateo.

—Entonces sí se van a casar.

Mateo, todavía con una mano sobre el vientre de Lucía y el anillo en la otra, sonrió.

—Sí.

Lucía lo miró.

—Pero la próxima propuesta hazla sin tirarme desde un edificio.

Mateo soltó una carcajada.

—Pensé que sería romántico.

—Fue romántico.

Lucía señaló la caneca.

—Mi estómago fue el único que no estuvo de acuerdo.




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