Mi última elección

Dónde todo inicio

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Noah siempre creyó que estaba destinado a estar solo.
No era algo que hubiera decidido de un día para otro. No era una frase dramática que se repetía para sentirse especial ni una excusa para justificar su forma de ser. Era una verdad que la vida le había enseñado desde demasiado pequeño.
A los seis años perdió a sus padres.
No recordaba exactamente qué había pasado aquella noche. Con el tiempo, su mente había transformado ese recuerdo en pequeños fragmentos incompletos: luces brillantes atravesando la oscuridad, un ruido ensordecedor, el olor a humo y una sensación de frío que parecía haberse quedado para siempre dentro de su pecho.
Después de eso, todo cambió.
Fue pasando de casa en casa, como si se tratara de un objeto que nadie quería conservar demasiado tiempo.
Un tío. Una tía. Un abuelo. Una prima lejana.
Todos lo recibían con sonrisas que nunca llegaban a sus ojos.
Todos repetían la misma mentira:
"Aquí estarás bien."
Pero Noah aprendió muy pronto que “estar bien” significaba otra cosa.
Significaba comer después que los demás. Dormir en habitaciones prestadas. Escuchar conversaciones a media noche sobre lo difícil que era “cargar con él”.
Nunca se lo decían directamente.
No hacía falta.
Los silencios también podían doler.
Por eso, cuando cumplió quince años, decidió marcharse.
No hubo despedidas.
No dejó cartas.
No miró atrás.
Tomó una mochila vieja, guardó lo poco que tenía y salió de aquella casa antes del amanecer.
No sabía exactamente a dónde iba.
Solo sabía que cualquier lugar sería mejor que sentirse no deseado.
Los años que siguieron no fueron fáciles.
Aprendió a sobrevivir antes de aprender a vivir.
Trabajó donde pudo.
Dormía poco.
Comía menos.
A veces pensaba que su cuerpo seguía funcionando únicamente por costumbre.
Pero Noah era inteligente.
Extraordinariamente inteligente.
Y gracias a eso, logró entrar a la universidad que tanto había soñado.
Con apenas dieciséis años, se convirtió en uno de los estudiantes más jóvenes del campus.
Muchos lo admiraban.
Otros lo envidiaban.
Pero nadie lo conocía realmente.
Porque Noah no permitía que nadie se acercara.
Había construido muros demasiado altos alrededor de su corazón.
Muros hechos de miedo.
De decepción.
De abandono.
Y pensaba que permanecerían allí para siempre.
Hasta que apareció Alex.

Fue un lunes cualquiera.
Una de esas mañanas grises que parecen idénticas a todas las demás.
Noah estaba sentado en la biblioteca, como siempre.
Era su lugar favorito del campus.
Allí nadie hablaba demasiado. Nadie lo molestaba. Nadie esperaba nada de él.
Solo existían él, sus libros y el silencio.
O eso creía.
Una taza de café apareció de pronto frente a él.
Noah frunció el ceño.
Lentamente levantó la mirada.
Frente a él había un desconocido.
Era alto.
Tenía el cabello oscuro, ligeramente desordenado, como si no le importara demasiado cómo lucía. Pero lo más llamativo era su sonrisa.
Una sonrisa abierta.
Segura.
Cálida.
Tan extrañamente cálida que Noah sintió una molestia inmediata.
—Yo no pedí esto —dijo, mirando la taza.
El desconocido tomó asiento frente a él con una naturalidad irritante.
—Lo sé.
Noah levantó una ceja.
—Entonces, ¿por qué lo trajiste?
El muchacho sonrió aún más.
—Porque parecías necesitarlo.
Noah lo observó durante unos segundos.
No entendía cómo alguien podía hablar con tanta confianza a una persona que ni siquiera conocía.
—¿Siempre interrumpes a desconocidos?
El chico inclinó la cabeza, divertido.
—Solo a los que me parecen interesantes.
Noah lo miró.
Y por un momento no supo qué responder.
Aquello era absurdo.
Molesto.
Y extrañamente intrigante.
—Soy Alex —dijo, extendiendo la mano.
Noah no la tomó.
—Noah.
Alex retiró la mano sin parecer ofendido.
Al contrario.
Parecía satisfecho.
Como si haber conseguido su nombre fuera una pequeña victoria.
Eso irritó a Noah.
Pero no tanto como el hecho de que, unos segundos después, terminara tomando el café.
Lo llevó a sus labios.
Probó un pequeño sorbo.
Y su expresión cambió.
Era dulce.
Exactamente como le gustaba.
Noah frunció más el ceño.
¿Cómo demonios había acertado?
Levantó la vista dispuesto a preguntar…
pero Alex ya se había ido.
Y eso lo molestó todavía más.
Los días siguientes fueron extraños.
Alex comenzó a aparecer en todas partes.
Primero fue en la cafetería.
Luego en un pasillo.
Después frente a su salón.
Y nuevamente en la biblioteca.
Noah empezó a sospechar que aquello no era casualidad.
—¿Me estás siguiendo? —preguntó finalmente una tarde.
Alex sonrió.
—¿Te molesta?
—Sí.
—Entonces supongo que seguiré haciéndolo.
Noah rodó los ojos.
Era insoportable.
Pero, por alguna razón, no lo alejaba.
Quizás porque Alex no parecía tener miedo de él.
No parecía intimidado por su frialdad.
Ni incómodo ante sus silencios.
Simplemente…
se quedaba.
Y Noah no estaba acostumbrado a eso.
Una tarde comenzó a llover.
La tormenta cayó de repente, golpeando con fuerza los ventanales del edificio.
Noah observó el cielo oscuro desde la entrada de la universidad.
Había olvidado su paraguas.
Suspiró.
Estaba calculando cuánto tardaría en llegar empapado a casa cuando una sombra apareció a su lado.
Un paraguas negro se abrió sobre su cabeza.
Era Alex.
—Vamos —dijo simplemente.
Noah lo miró.
—No hace falta.
—Lo sé.
—Entonces ¿por qué estás aquí?
Alex tardó unos segundos en responder.
Lo observó con una expresión extrañamente seria.
—Porque quería estarlo.
Aquellas palabras hicieron algo extraño dentro de Noah.
Algo pequeño.
Pero real.
Durante años, nadie había elegido quedarse a su lado.
Nadie.
Y ahora ese extraño insistente lo hacía parecer tan sencillo.
Caminaron juntos.
En silencio.
Bajo el mismo paraguas.
Sus hombros se rozaban de vez en cuando.
Y Noah odiaba admitir cuánto le gustaba esa sensación.
Por primera vez en mucho tiempo…
no se sintió solo.
Esa noche, al llegar a casa, Noah dejó su mochila en una silla y se dejó caer sobre la cama.
Todo estaba tan silencioso como siempre.
Pero algo era diferente.
Tomó su teléfono.
Había un mensaje nuevo.
"Buenas noches, Noah."
Se quedó mirando la pantalla durante largos segundos.
Era una tontería.
Un mensaje simple.
Insignificante.
Y aun así…
sonrió.
Una sonrisa pequeña.
Casi torpe.
Una sonrisa que no recordaba haber tenido en mucho tiempo.
Respondió con un simple:
"Buenas noches."
Y mientras cerraba los ojos, Noah no supo que aquel pequeño gesto marcaría el inicio de todo.
No sabía que estaba empezando a enamorarse.
No sabía que Alex se convertiría en la persona más importante de su vida.
Y mucho menos sabía…
que algún día, ese mismo amor sería el comienzo de su peor tragedia.
Porque algunas historias de amor…
no merecen un final feliz




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