Mi última elección

¿Quizás no me desagradas?

—Otro día más.
La voz de Noah fue apenas un susurro cuando abrió los ojos.
La luz de la mañana se colaba entre las cortinas de su pequeño apartamento, dibujando líneas doradas sobre el suelo de madera.
Todo estaba exactamente como lo había dejado la noche anterior.
La silla perfectamente alineada con la mesa.
Los libros apilados en orden.
La taza vacía en el fregadero.
La cama, apenas desordenada.
A Noah le gustaba así.
No porque fuera obsesivo.
Porque el orden calmaba el ruido.
Y dentro de él… siempre había ruido.
Se incorporó lentamente y pasó una mano por su rostro.
Había dormido.
O al menos su cuerpo lo había hecho.
Su mente no estaba tan segura.
Se quedó sentado unos segundos más.
Escuchando.
Silencio.
Ese silencio que durante años había aprendido a llamar hogar.
Luego se levantó.

Su rutina nunca cambiaba.
Ducha rápida.
Ropa sencilla.
Una camisa blanca.
Pantalón oscuro.
Zapatos limpios.
Cabello acomodado.
Mochila revisada dos veces.
Llaves.
Teléfono.
Libros.
Todo en orden.
Siempre.
Porque si algo había aprendido de niño era que cuando el mundo te quita demasiado... empiezas a aferrarte a pequeñas certezas.
Y para Noah, esas pequeñas certezas eran su rutina.

Cuando salió del edificio, el aire de la mañana lo recibió con una brisa suave.
La ciudad ya estaba despierta.
Los puestos de café abrían.
La gente caminaba con prisa.
Autos.
Bicicletas.
Conversaciones.
Ruido.
Noah avanzó entre todo eso con la facilidad de alguien acostumbrado a pasar desapercibido.
No miraba a nadie demasiado tiempo.
No sonreía.
No hablaba.
Simplemente caminaba.
Y observaba.
Siempre observaba.
Una pareja discutiendo en una esquina.
Un hombre leyendo el periódico.
Una niña corriendo detrás de un perro.
Detalles.
Pequeñas escenas de vidas ajenas.
Noah siempre pensaba que era más fácil entender a las personas desde lejos.
Desde cerca… dolían.
La universidad apareció frente a él minutos después.
Imponente.
Elegante.
Demasiado perfecta.
Como si alguien hubiera construido aquel lugar para recordarle al mundo quién tenía dinero y quién no.
Columnas blancas.
Grandes jardines.
Edificios de cristal.
Fuentes.
Esculturas.
Era una universidad de élite.
Los mejores profesores.
Los estudiantes más brillantes.
Y también… los más arrogantes.
Noah nunca había sentido que perteneciera allí.
Sí, sus notas lo habían llevado hasta ese lugar.
Pero no su historia.
No su apellido.
No su vida.
Entró.
Como cada mañana.
Sin mirar a nadie.
Hasta que—
—¡Noah!
Una voz lo hizo detenerse.
Giró apenas.
Daniel venía caminando hacia él con una sonrisa despreocupada.
Cabello claro.
Mochila mal cerrada.
Camisa arrugada.
Como siempre.
—Tu camisa está mal abotonada —dijo Noah.
Daniel bajó la mirada.
—Otra vez.
—Otra vez.
Daniel empezó a arreglarla mientras caminaban.
—Algún día vas a empezar a decir “hola” antes de criticarme.
—No hoy.
Daniel soltó una risa.
—Eso pensé.
Daniel era… extraño.
Había aparecido en su vida dos años atrás.
Simplemente había decidido hablarle.
Y luego no lo había soltado.
Noah nunca entendió por qué.
Pero tampoco lo cuestionó demasiado.
Era el único amigo que tenía.
Y eso ya era raro suficiente.
—¿Biblioteca? —preguntó Daniel.
—¿Cuándo no?
—Tienes razón.
—¿Y tú?
—Clase de economía.
Noah lo miró.
—¿Irás?
Daniel sonrió.
—Probablemente no.
—Era una pregunta retórica.
—Lo sé.
Se separaron en el pasillo.
—Nos vemos luego —dijo Daniel.
Noah asintió y siguió caminando.

La biblioteca.

Para muchos no era más que un lugar silencioso y aburrido, lleno de estanterías interminables y libros que probablemente jamás abrirían. Un espacio anticuado en una época donde todo parecía estar al alcance de un teléfono, donde bastaba con escribir unas cuantas palabras en una pantalla para obtener cualquier respuesta.

Pero para Noah era diferente.

La biblioteca no era solo un edificio.

Era un refugio.

Un pequeño mundo aparte.

Un lugar donde el ruido del exterior parecía desaparecer apenas cruzaba sus puertas. Donde las voces se apagaban hasta convertirse en murmullos lejanos y el tiempo parecía avanzar más despacio.

Allí nadie esperaba nada de él.

Nadie le pedía sonrisas.

Nadie intentaba acercarse demasiado.

Solo existían él... y sus libros.

Y Noah amaba eso.

Amaba el sonido de las páginas al pasar.

El olor del papel envejecido.

La sensación de sostener una historia entre sus manos y saber que, por unas horas, podía dejar de ser él mismo para convertirse en cualquier otra cosa.

Dentro de esas paredes no era el huérfano.

No era el chico raro.

No era el prodigio distante al que todos observaban pero nadie entendía.

Dentro de la biblioteca…

simplemente era Noah.

Y por eso la defendía como si fuera algo suyo.

Porque, de cierta manera, lo era.

Era el único lugar en el mundo que jamás le había pedido que cambiara para poder quedarse.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.