Mi última elección

Lado no conocido

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Como cada mañana, caminó directamente hacia su sección favorita.
Literatura.
Sus dedos recorrieron lentamente los lomos de varios libros.
Era un gesto casi automático.
Un hábito.
Como si saludara viejos amigos.
Finalmente tomó uno.
Boulevard.
Lo observó unos segundos antes de sonreír apenas.
Una sonrisa tan pequeña que incluso él mismo habría negado que existió.
Se dirigió a su mesa habitual.
La del fondo.
Junto a la ventana.
La que recibía la luz perfecta por las mañanas.
Se sentó.
Abrió el libro.
Leyó una línea.
Luego otra.
Y justo cuando estaba empezando a perderse dentro de la historia—
—¿Otra vez ese?
Noah cerró los ojos.
Contó mentalmente hasta tres.
Después levantó la mirada.
Alex estaba de pie frente a él.
Sonriendo.
Como siempre.
—¿No tienes algo mejor que hacer? —preguntó Noah.
Alex se sentó frente a él sin pedir permiso.
—No.
—Eso es triste.
—Tal vez.
Alex apoyó los codos sobre la mesa y observó el libro.
—Entonces… ¿por qué ese otra vez?
Noah lo miró un momento.
Normalmente no respondía ese tipo de preguntas.
No con nadie.
Pero tampoco parecía que Alex fuera a irse.
Así que suspiró.
—Porque me gusta.
Alex arqueó una ceja.
—Esa respuesta fue floja.
—No recuerdo haberte prometido una mejor.
Alex sonrió.
—Está bien. Reformulo.
Se inclinó un poco hacia adelante.
—¿Qué tiene ese libro que hace que vuelvas a él?
Noah bajó la vista al libro.
Sus dedos tocaron la portada.
Pensó.
—Es honesto.
Alex esperó.
Noah continuó.
—No intenta fingir que todo puede arreglarse.
—¿Te gustan los finales tristes?
—No.
Alex frunció el ceño.
—Pero dijiste—
—Me gustan los finales reales.
Silencio.
Alex lo observó con atención.
—Eso fue profundo para las nueve de la mañana.
Noah alzó una ceja.
—Y tú eres demasiado hablador para alguien que se supone entrena.
—Entreno después.
—Entonces deberías irte después.
Alex sonrió.
—No quiero.
Noah suspiró.
—¿Por qué?
Alex lo miró directamente.
—Porque hablar contigo es interesante.
Noah sostuvo su mirada unos segundos.
Luego volvió al libro.
—No sé si eso es un cumplido o un insulto.
—Eso depende de ti.
Lo extraño fue que siguieron hablando.
Noah no supo exactamente cuándo pasó.
Solo ocurrió.
Primero hablaron de Boulevard.
Luego de personajes.
De escenas.
De finales.
De autores.
—¿Qué escena fue la que más te gustó? —preguntó Alex.
Noah cerró un momento el libro.
—La escena del hospital.
Alex asintió.
—Sabía que dirías esa.
Noah levantó la vista.
—¿Por qué?
—Porque eres el tipo de persona que se queda con lo que duele.
Silencio.
Noah no respondió.
Porque esa vez…
Alex tenía razón.
—¿Y la tuya? —preguntó finalmente.
Alex sonrió.
—La escena del balcón.
—¿Por qué?
—Porque todavía tenían esperanza.
Noah lo miró.
Y por un segundo pensó algo inesperado.
Tal vez este idiota piensa más de lo que aparenta.
Eso lo molestó.
Porque no quería cambiar su opinión sobre Alex.
Le resultaba más fácil considerarlo un deportista molesto.
Nada más.
Pero Alex no estaba ayudando.

Las horas pasaron.
Sin que ninguno lo notara.
El sol cambió de posición.
La biblioteca empezó a vaciarse.
Los estudiantes se fueron marchando poco a poco.
Y ellos seguían ahí.
Hablando.
Riéndose.
Discutiendo sobre qué personaje tenía razón.
—Luke era un idiota.
—No.
—Sí.
—Noah.
—Era un idiota.
Alex rió.
—Te apasiona demasiado esto.
—Es un libro importante.
—¿Más importante que yo?
Noah levantó la vista lentamente.
—Muchísimo más.
Alex se llevó una mano al pecho.
—Eso dolió.
Y Noah…
rió.
De verdad.
Fue corto.
Pero real.
Y Alex se quedó completamente quieto.
Mirándolo.
Noah dejó de reír.
—¿Qué?
Alex negó con la cabeza.
—Nada.
Pero sonrió distinto.
Más suave.
Como si acabara de ganar algo importante.
Cuando Noah miró el reloj, frunció el ceño.
—Son las seis.
Alex miró su teléfono.
—¿Ya?
—Llevamos horas aquí.
Alex sonrió.
—No me había dado cuenta.
Noah tampoco.
Y eso lo incomodó más de lo que quería admitir.
Después de despedirse, Noah volvió a sentarse.
Intentó leer.
No pudo.
Las palabras no entraban.
Seguía pensando en la conversación.
En la facilidad con la que habían hablado.
En lo extraño que se había sentido…
cómodo.
Cerró el libro.
—Necesito un café.
O un té.
O cualquier excusa para salir.
Mientras caminaba por el campus recordó algo que Daniel le había dicho.
"Noah, deberías intentar abrir un poco tu espacio personal."
En ese momento había había rodado los ojos, pero ahora...

Tal vez no sonaba tan absurdo

Durante años, muchas personas habían intentado acercarse a Noah. Algunas lo hacían porque sentían curiosidad; querían entender al chico silencioso que siempre caminaba solo por los pasillos, al estudiante brillante que parecía existir en un mundo aparte. Otras simplemente querían hablarle, descubrir qué había detrás de esa mirada seria y de esa costumbre suya de mantener siempre una distancia prudente con todos. Incluso hubo quienes intentaron insistir más de la cuenta, creyendo que si golpeaban suficiente una puerta cerrada, eventualmente alguien terminaría abriéndola.
Pero Noah jamás lo permitió.
Nunca.
No porque los odiara. No porque se creyera mejor que ellos. Ni siquiera porque desconfiara específicamente de esas personas. La razón era mucho más simple que eso… y al mismo tiempo mucho más complicada.
Simplemente no le gustaba compartir.
No le gustaba compartir su tiempo, ni sus pensamientos, ni ese pequeño mundo que había construido cuidadosamente a su alrededor. Había pasado demasiados años aprendiendo a sobrevivir solo, acostumbrándose a que únicamente podía depender de sí mismo, como para ahora dejar que alguien más alterara esa paz frágil que tanto le había costado conseguir.
Porque la soledad tenía algo que las personas jamás podían ofrecerle.
Era segura.
Era estable.
Era conocida.
La soledad no hacía promesas que luego rompía. No decía “me quedaré” para desaparecer después. No sonreía un día para darte la espalda al siguiente.
La soledad no abandonaba.
Las personas sí.
Y Noah había aprendido esa lección demasiado temprano.
Por eso había elegido mantenerse lejos.
Era más fácil así.
Menos doloroso.
Menos complicado.
Con Daniel había sido diferente.
Y lo curioso era que Noah ni siquiera recordaba exactamente en qué momento había empezado a considerarlo su amigo.
Daniel nunca había exigido nada.
Nunca había intentado derribar sus muros con fuerza.
Nunca había llegado con esa energía molesta de quienes creen que pueden “arreglar” a alguien solo porque sonrieron lo suficiente.
Daniel simplemente… apareció.
Y después se quedó.
Día tras día.
Conversación tras conversación.
Incluso silencio tras silencio.
Noah nunca tuvo que decidir conscientemente si confiaba en él o no.
Solo ocurrió.
De repente, un día cualquiera, Daniel dejó de sentirse como un extraño.
Y empezó a sentirse como alguien familiar.
Como alguien seguro.
Como alguien que ya formaba parte de su rutina.
Y Noah nunca se dio cuenta de cuándo había sucedido.
Tal vez eso era exactamente lo que Daniel intentaba decirle cada vez que insistía en que debía abrirse un poco más.
Tal vez no se trataba de dejar entrar a cualquiera.
Tal vez se trataba de permitir la posibilidad.
La posibilidad de que alguien llegara… y decidiera quedarse.




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