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(Perspectiva de Alex)
Dicen que hay personas que llegan a tu vida de forma tan inesperada que, incluso después de mucho tiempo, sigues sin entender exactamente en qué momento empezaron a importarte.
Con Noah fue así.
No podría decir que fue amor a primera vista.
Ni siquiera podría decir que me gustó inmediatamente.
No.
Fue algo más extraño.
Más confuso.
Más difícil de explicar.
Porque la primera vez que lo vi… ni siquiera sabía su nombre.
Fue durante la ceremonia de bienvenida del campus.
Uno de esos eventos aburridos donde todos aparentaban interés mientras en realidad pensaban en cualquier otra cosa.
Yo estaba donde siempre estaba.
En el centro.
Rodeado de personas.
Sonrisas.
Palmadas en la espalda.
Felicidades por el último campeonato.
“Alex, eres increíble.”
“Alex, deberías venir a la fiesta.”
“Alex, ¿puedes firmarme esto?”
La misma rutina de siempre.
La misma atención de siempre.
La misma sensación de vacío de siempre.
Y entonces lo vi.
Estaba lejos.
Demasiado lejos para que cualquiera más hubiera reparado en él.
Sentado solo.
Mientras todos hablaban entre ellos, él estaba leyendo.
Leyendo.
En plena ceremonia.
Recuerdo que pensé que era ridículo.
¿Quién hacía eso?
Pero no pude dejar de mirarlo.
No porque fuera especialmente llamativo.
No porque intentara llamar la atención.
Al contrario.
Era como si estuviera haciendo todo lo posible por desaparecer.
Y quizás por eso me llamó la atención.
Porque mientras todos intentaban ser vistos…
él parecía querer volverse invisible.
Pero no fue eso lo que realmente me atrapó.
Fueron sus ojos.
Incluso desde lejos podía verlos.
Había algo en ellos.
Algo que no supe explicar.
Una calma extraña.
No.
Tal vez “calma” no era la palabra correcta.
Era más bien una tristeza tranquila.
Como un lago aparentemente inmóvil que, si lo mirabas con suficiente atención, revelaba una profundidad imposible de medir.
Sus ojos parecían guardar demasiadas historias.
Demasiados secretos.
Demasiado pasado.
Y de pronto…
quise saberlo.
Quise entender por qué alguien tan joven podía mirar de esa manera.
Quise descubrir qué había detrás de esa expresión fría.
Quién era realmente.
Qué escondía.
Esa misma tarde pregunté quién era.
A mis amigos.
A mis compañeros.
A cualquiera que pudiera saber algo.
No podía quitarme su imagen de la cabeza.
Esos ojos.
Esa manera de existir como si el resto del mundo no importara.
Necesitaba saber quién era.
—¿Ese chico? —dijo uno de ellos mientras seguía mirando hacia donde Noah estaba sentado—. Creo que se llama Noah.
Otro soltó una risa burlona.
—Si fuera mujer, ni me costaría acostarme con él. La verdad es lo único bueno que tiene.
Todos rieron.
Una risa vacía.
Estúpida.
De esas que normalmente ignoraba.
—La verdad no entiendo qué te interesa de alguien así —añadió otro—. Mejor habla con más chicas, amigo.
Otro intervino.
—Ese gay no tiene nada de bueno… ni familia tiene.
Silencio.
No sé exactamente qué pasó en ese momento.
Ni siquiera puedo explicarlo ahora.
Solo recuerdo que algo dentro de mí se descontroló.
Un segundo estaba escuchándolos.
Y al siguiente…
mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza.
Porque no.
No podía decir que Noah era mío.
Ni siquiera podía decir que me pertenecía.
Eso sería absurdo.
Solo era una curiosidad.
Quizás una obsesión.
Quizás un enamoramiento unilateral del que todavía ni siquiera quería admitir su existencia.
Pero escuchar cómo lo insultaban…
cómo hablaban de él como si no fuera una persona…
me descontroló.
Me enfureció.
—¿Qué dijiste? —recuerdo haber preguntado.
Mi voz sonó más fría de lo que esperaba.
Uno de ellos rió.
—¿Qué? ¿Ahora lo defiendes?
Y eso fue suficiente.
Lo último que recuerdo con claridad…
es mi puño golpeando su rostro.
Después de eso todo fue confuso.
Gritos.
Personas separándonos.
Alguien sujetándome de los hombros.
Voces diciendo mi nombre.
Y yo…
yo seguía furioso.
Era extraño.
Incluso para mí.
Porque jamás había reaccionado así.
No por alguien más.
No por un desconocido.
Y mucho menos por alguien que ni siquiera sabía que yo existía.
Pero entonces pensé algo que me hizo detenerme.
¿Quién lo defendía, si no lo hacía yo?
Él no parecía el tipo de persona que se defendería.
No porque no pudiera.
Sino porque simplemente…
no le importaría lo suficiente como para gastar energía en eso.
Y esa idea me dolió más de lo que debería.
Todavía recuerdo ese día.
Con demasiada claridad.
No por el golpe.
No por el escándalo.
No por el castigo que vino después.
Lo recuerdo…
porque fue el día en que finalmente obtuve su nombre.
Noah.
El nombre me gustó más de lo que debería.
—¿Noah qué? —pregunté.
—Smith.
Recuerdo haber repetido mentalmente su nombre varias veces.
Noah Smith.
Noah Smith.
Noah Smith.
Como si decirlo pudiera acercarme un poco más a él.
Como si, de alguna forma absurda…
nombrarlo hiciera que ya no se sintiera como un desconocido.
Y fue en ese instante cuando entendí algo.
Esto ya había empezado.
Y yo..
ya estaba demasiado dentro para detenerme.
tan importante.
Pero lo fue.
Después seguí.
Su historial académico.
Perfecto.
Sus horarios.
Sus clases.
Sus rutas dentro del campus.
Sus lugares favoritos.
Qué días iba antes.
Qué días llegaba tarde.
Dónde se sentaba.
Qué comía.
Qué evitaba.
Todo.
Absolutamente todo.
Y mientras más descubría…
más quería saber.
Era como si cada respuesta abriera otras diez preguntas nuevas.
Y eso me estaba volviendo completamente loco.
Fue entonces cuando descubrí su historia.
Huérfano.
Sin familia cercana.
Solo.
Completamente solo.
Recuerdo perfectamente lo que sentí cuando escuché eso.
Una presión rara en el pecho.
Algo parecido a la rabia.
Pero no hacia él.
Nunca hacia él.
Era hacia los demás.
Hacia la forma tan cruelmente casual en que hablaban de eso.
Como si fuera un dato curioso.
Como si su dolor fuera un rumor más del campus.
—Dicen que es raro.
—Dicen que nunca habla.