¡Sorry! ¡Disculpen la demora del capítulo! (〒︿〒) Les prometo que les voy a traer más contenido ✨(✿◠‿◠)
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Habían pasado meses.
Meses desde aquella primera taza de café.
Meses desde aquella tarde bajo la lluvia.
Meses desde que Alex había entrado en la vida de Noah sin pedir permiso y, de alguna manera, había terminado convirtiéndose en una parte tan importante de ella que Noah ya no sabía imaginar sus días sin él.
La vida se había vuelto repetitiva.
Y, por primera vez, Noah amaba la rutina.
Despertar.
Escuchar a Alex quejarse porque tenía sueño.
Discutir sobre quién debía levantarse primero.
Ir a clases.
Encontrarse durante los descansos.
Comer juntos.
Estudiar.
Esperar a que Alex terminara sus entrenamientos.
Volver al dormitorio.
Hablar.
Dormir.
Y comenzar otra vez.
Lo mismo.
Una y otra vez.
Pero ninguno se cansaba.
Porque cuando amas a alguien, incluso la rutina puede convertirse en un lugar al que deseas regresar.
Aquella mañana, Noah despertó antes que Alex.
Eso no era extraño.
Alex podía dormir durante horas si nadie lo molestaba.
Noah abrió lentamente los ojos y permaneció unos segundos mirando el techo.
Después giró la cabeza.
Alex dormía a su lado.
Su cabello estaba completamente desordenado y una parte de la sábana había terminado en el suelo.
Noah lo observó en silencio.
Todavía le parecía extraño.
Meses atrás había estado convencido de que viviría completamente solo.
Y ahora…
había alguien junto a él.
Alguien que había elegido quedarse.
Noah extendió una mano y apartó con cuidado un mechón del rostro de Alex.
—¿Cuánto tiempo vas a seguir mirándome?
Noah retiró inmediatamente la mano.
—Estabas despierto.
Alex abrió un ojo.
—Desde que comenzaste a tocarme el cabello.
—Entonces podrías haber dicho algo.
—¿Y perderme esto?
—¿Qué cosa?
Alex sonrió.
—A Noah Smith siendo cariñoso voluntariamente.
Noah rodó los ojos.
—Vuelve a dormir.
—Buenos días para ti también, amor de mi vida.
—Son las seis de la mañana.
—Y ya estás de mal humor.
—No estoy de mal humor.
—Claro.
Alex se acercó un poco más.
Noah intentó apartarlo.
—Alex.
—Cinco minutos.
—Tenemos clases.
—Cuatro.
—No.
—Tres.
—Alex.
—Dos.
Noah suspiró.
—Cinco minutos.
Alex sonrió victorioso.
—Sabía que me amabas.
—Estoy comenzando a arrepentirme.
—Demasiado tarde.
Y Noah...
sonrió.
Porque esa era su vida ahora.
Pequeñas discusiones.
Pequeñas sonrisas.
Pequeños momentos que parecían insignificantes.
Ninguno de los dos sabía todavía cuánto darían algún día por recuperar una sola de aquellas mañanas.
El cumpleaños de Alex se acercaba.
Y Noah llevaba semanas preparando algo.
Daniel había descubierto sus planes casi inmediatamente.
No porque Noah se lo hubiera contado.
Simplemente porque Daniel tenía una habilidad sobrenatural para meterse donde nadie lo llamaba.
—Entonces…
Noah siguió escribiendo.
—No.
—Ni siquiera he preguntado nada.
—Pero vas a hacerlo.
Daniel se sentó frente a él.
—¿Qué le vas a regalar?
—No te importa.
—Soy tu mejor amigo.
—Eso no te da derecho a saber todo.
—Sí me da.
—No.
—Sí.
Noah levantó la mirada.
Daniel sonrió.
—Vamos, amigo. Es su cumpleaños.
Noah cerró lentamente el libro.
—Preparé un viaje.
Daniel permaneció en silencio.
—¿Un qué?
—Un viaje.
—¿Tú?
—Sí.
—¿Voluntariamente?
Noah frunció el ceño.
—Olvídalo.
—¡No, no, no! Continúa.
Daniel se acercó inmediatamente.
—¿A dónde?
—A un resort.
—¿En la playa?
—Sí.
Daniel abrió la boca.
—Noah Smith.
—¿Qué?
—Estás enamoradísimo.
—Eso ya lo sabes.
Daniel se quedó inmóvil.
Noah también.
Durante un segundo ninguno habló.
Entonces Daniel se llevó una mano al pecho.
—¿Acabas de admitirlo sin discutir conmigo?
Noah volvió a abrir el libro.
—Vete.
—¡Mi pequeño está creciendo!
—Daniel.
—Estoy orgulloso.
—Daniel.
—Alex domesticó a la bestia.
Noah tomó el primer objeto que encontró.
Daniel salió corriendo antes de que pudiera lanzárselo.
—¡TE QUIERO, AMIGO!
—¡FUERA!
Desde el pasillo se escuchó su risa.
Noah negó con la cabeza.
Pero estaba sonriendo.
El viaje comenzó tranquilo.
El cielo estaba despejado y la carretera se extendía frente a ellos mientras la ciudad desaparecía lentamente a sus espaldas.
Durante los primeros minutos, Noah creyó que tendría un viaje relativamente pacífico.
Se equivocó.
Terriblemente.
Alex tenía el control de la música.
Y Noah no tardó demasiado en comprender que aquello había sido un grave error.
Los primeros acordes de Take on Me comenzaron a sonar dentro del automóvil.
Noah levantó lentamente la mirada de su teléfono.
Alex ya estaba sonriendo.
Una sonrisa demasiado sospechosa.
—No.
—¿Qué?
—Ni siquiera has empezado y ya sé que vas a hacer algo estúpido.
Alex fingió estar profundamente ofendido.
—No sé de qué estás hablando.
—Te conozco.
—Entonces deberías saber que tengo un talento musical extraordinario.
—Precisamente por eso estoy preocupado.
Alex ignoró completamente el comentario.
Subió el volumen.
Y comenzó a cantar.
Mal.
Muy mal.
Noah permaneció en silencio durante unos segundos, observándolo como si estuviera reconsiderando todas las decisiones que lo habían llevado hasta ese momento de su vida.