Mi última elección

Vida

'' ' ♥︎──── ⋆⋅☆⋅⋆ ──── ♥︎ "'

La canción terminó.

Durante unos segundos, lo único que quedó dentro del automóvil fueron sus risas.

Noah todavía tenía una sonrisa en los labios cuando negó con la cabeza y bajó un poco el volumen de la música.

—No puedo creer que haya cantado contigo.

—¿Qué tiene de malo cantar conmigo?

—Todo.

—Hace unos minutos parecías estar disfrutándolo bastante.

—Fue un momento de debilidad.

—Claro. Un momento de debilidad que duró una canción completa.

Noah volvió a reír.

Alex lo miró de reojo y sonrió.

Le gustaba verlo así.

Noah no sonreía con todo el mundo. Tampoco se reía de aquella manera con cualquiera. Alex lo sabía, y quizá por eso cada una de aquellas pequeñas cosas seguía sintiéndose como un privilegio.

—¿Crees que Pucky nos extrañe? —preguntó Noah de repente.

Alex soltó una carcajada.

—¿A nosotros? A ti, quizá.

—También te quiere.

—Noah, esa perra intentó morderme la primera vez que entré en tu habitación.

—Porque no confiaba en ti.

—La segunda vez se comió los cordones de mis zapatos.

—Fue un accidente.

—Me miró directamente a los ojos mientras lo hacía.

Noah intentó contener la risa.

—Estás exagerando.

—¡No estoy exagerando! Tu perra me odiaba. Estoy seguro de que durante las primeras semanas planeaba mi asesinato.

—Pucky es una perrita muy tranquila.

Alex giró brevemente la cabeza para mirarlo con una expresión de absoluta incredulidad.

—¿Tranquila?

—Sí.

—Noah, una vez me desperté y estaba sentada al lado de la cama mirándome fijamente.

—Quería asegurarse de que estuvieras bien.

—Estaba esperando a que bajara la guardia.

Noah soltó otra carcajada.

—Ahora te quiere.

—Porque la compré.

—¡Alex!

—¿Qué? Es la verdad. Comida, premios, juguetes, paseos… Me costó dinero conseguir su respeto.

—Eso se llama soborno.

—Yo prefiero llamarlo estrategia.

Noah negó con la cabeza.

Era cierto que Pucky no había aceptado a Alex inmediatamente.

Durante los primeros días, lo observaba desde lejos. Si Alex se acercaba demasiado a Noah, aparecía entre ambos. Si intentaba acariciarla, Pucky simplemente se marchaba como si él no mereciera siquiera su atención.

Pero Alex había sido paciente.

Demasiado paciente.

Comenzó comprándole sus premios favoritos.

Después empezó a acompañar a Noah durante los paseos.

Luego fue él quien comenzó a sacarla algunas mañanas cuando Noah estaba demasiado cansado.

Y, poco a poco, Pucky dejó de observarlo como si fuera un invasor.

Hasta que una noche terminó durmiendo a sus pies.

Alex había hablado de aquello durante una semana entera como si hubiera ganado el premio más importante de su vida.

—Espero que Daniel no le esté dando demasiados premios —murmuró Noah.

—Se los está dando.

—Le dije que no lo hiciera.

—Es Daniel.

Noah suspiró.

—Precisamente por eso estoy preocupado.

Alex rio.

—Pucky estará bien.

—Daniel dijo que podía cuidarla.

—Y puede.

—También dijo que una vez podía cocinar y casi incendia la cocina de la residencia.

—Eso fue diferente.

—¿Cómo?

—Esta vez solo tiene que mantener con vida a un perro.

Noah lo miró.

—No vuelvas a decir eso.

Alex tardó un segundo en comprender.

—Cierto. Perdón. A una distinguida señorita alemana.

—Mejor.

—Aunque sigo pensando que me quiere menos que a ti.

—Porque es mi perrita.

—Yo también soy parte de la familia.

Noah se quedó en silencio.

Alex continuó mirando la carretera, sin darse cuenta de que aquellas palabras habían provocado algo extraño en él.

Familia.

Durante gran parte de su vida, aquella palabra había significado ausencia.

Algo que los demás tenían.

Algo que él había perdido demasiado pronto.

Pero ahora…

Pucky.

Daniel.

Alex.

Quizá su familia no se parecía a la de los demás.

Quizá era pequeña, extraña y había aparecido de la manera menos esperada.

Pero era suya.

—Sí —murmuró Noah.

—¿Sí qué?

Noah miró por la ventana para ocultar la pequeña sonrisa que comenzaba a formarse en sus labios.

—Eres parte de la familia.

Alex dejó de sonreír durante un segundo.

No porque aquellas palabras lo hicieran infeliz.

Todo lo contrario.

—¿Puedes repetirlo?

—No.

—Noah.

—Lo escuchaste.

—Quiero volver a escucharlo.

—Pues debiste prestar más atención.

—¡Noah!

Las risas volvieron a llenar el automóvil.

Y así continuaron.

Hablando.

De Pucky.

De Daniel y de las innumerables tonterías que probablemente estaría haciendo mientras ellos estaban lejos.

De los amigos de Alex.

De la universidad.

De los libros que Noah quería comprar.

De lugares que algún día querían visitar.

De cosas importantes.

Y de cosas completamente insignificantes.

Hablaron del futuro con la facilidad de quienes creen tener todo el tiempo del mundo.

—Algún día quiero viajar contigo —dijo Alex.

—Estamos viajando.

—Esto no cuenta.

—¿Por qué?

—Porque quiero ir más lejos.

—¿A dónde?

—No sé. A cualquier parte.

—Gran planificación.

—Lo importante es que estés tú.

Noah rodó los ojos.

—Qué cursi.

—Te encanta.

—No.

—Mentiroso.

—Concéntrate en conducir.

Alex rio.

La carretera se extendía frente a ellos, rodeada por un paisaje que parecía sacado de una pintura.

El cielo era inmenso.

La luz del sol caía sobre los árboles.

A lo lejos podían verse las montañas, difuminadas por una ligera neblina.

Noah apoyó la cabeza contra la ventana.

—Es hermoso.

Alex miró el paisaje.

Después lo miró a él.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.