Mi última elección

Hogar

" ' ♥︎──── ⋆⋅☆⋅⋆ ──── ♥︎ "'

El silencio.
Era lo único que existía.
No había viento.
No había voces.
No había luz.
Ni siquiera podía sentir el peso de su propio cuerpo.
Solo oscuridad.
Una oscuridad infinita que parecía tragarse cualquier pensamiento que intentara nacer.
Noah no sabía cuánto tiempo llevaba allí.
Un minuto.
¿Una hora?
¿Un año?
Había perdido la noción del tiempo desde el momento en que aquellos ojos color miel se cerraron frente a él.
"Prométeme... que seguirás viviendo..."
Aquella voz seguía resonando en su cabeza.
Una y otra vez.
Una y otra vez.
Como si el universo se negara a dejarla desaparecer.
Entonces...
Sintió calor.
Un pequeño rayo de luz atravesó la inmensa oscuridad.
Después otro.
Y otro más.
Su respiración comenzó a acelerarse.
Sus dedos temblaron.
Los párpados le pesaban como si llevara siglos sin abrirlos.
Hasta que finalmente...
Los abrió.
Una intensa luz lo obligó a cerrarlos de inmediato.
Un dolor punzante recorrió todo su cuerpo.
Su pecho subía y bajaba con dificultad.
El aire quemaba sus pulmones.
Era como si hubiera olvidado cómo respirar.
Permaneció inmóvil durante varios minutos.
Escuchando.
Un pájaro cantaba a lo lejos.
El viento movía las hojas de algún árbol cercano.
Se oía el sonido de ruedas de madera recorriendo un camino empedrado.
Caballos.
Voces.
Gente.
Era un sonido completamente distinto al de la ciudad donde había vivido con Alex.
Con esfuerzo volvió a abrir los ojos.
Esta vez lentamente.
El techo estaba hecho de madera envejecida.
Las paredes eran de piedra.
Había una pequeña ventana por la que entraban los rayos del sol.
No existían lámparas eléctricas.
No había muebles modernos.
Ni teléfonos.
Ni nada que pudiera reconocer.
Frunció el ceño.
—¿Dónde...?
Su voz era apenas un susurro.
Se incorporó con dificultad.
Todo le dolía.
Bajó la mirada hacia sus manos.
No eran exactamente iguales.
Seguían siendo delgadas.
Pálidas.
Pero parecían un poco mayores.
Su respiración volvió a acelerarse.
Entonces...
Todo regresó.
El automóvil.
El sonido del metal doblándose.
Los cristales rompiéndose.
El olor a gasolina.
Alex cubriéndolo con su propio cuerpo.
La sangre.
Demasiada sangre.
—No...
Sus pupilas temblaron.
—No...
Se llevó ambas manos a la cabeza.
Las lágrimas comenzaron a caer antes de que pudiera detenerlas.
—¡Alex...!
Su grito rompió el silencio de la habitación.
Pero nadie respondió.
Noah cayó de rodillas sobre el viejo suelo de madera.
Su pecho dolía tanto que apenas podía respirar.
Podía recordar absolutamente todo.
El viaje.
Las canciones.
Las risas.
La carta.
El anillo.
Las últimas palabras de Alex.
"Siempre estaremos juntos."
Después...
Los dioses.
Aquellas figuras envueltas en una luz imposible de describir.
La voz que había dictado su condena.
"Podrás volver a encontrarlo..."
"Pero él ya no recordará quién eres."
"Cada vida será un nuevo comienzo para él..."
"Y una nueva despedida para ti."
Noah apretó los puños con fuerza.
Las lágrimas seguían cayendo sin control.
No.
No iba a rendirse.
No importaba cuántas veces tuviera que empezar de nuevo.
No importaba si Alex olvidaba su nombre.
Su sonrisa.
Su voz.
Su primer beso.
Él lo encontraría.
Las veces que fueran necesarias.
Porque el amor que sentía por Alex era más fuerte que cualquier destino.
Se secó las lágrimas con el dorso de la mano.
Respiró profundamente.
Se puso de pie.
Sus piernas temblaban.
Pero consiguió mantenerse firme.
—Voy a encontrarte...
Murmuró mirando la luz que entraba por la ventana.
—Aunque tenga que recorrer este mundo entero...
—Aunque tenga que empezar desde cero...
—Te encontraré otra vez.
Se acercó lentamente a la ventana.
Al abrirla...
El aire fresco golpeó su rostro.
Y entonces lo vio.
No era su ciudad.
Frente a él se extendían calles empedradas por donde transitaban carruajes tirados por caballos.
Las personas vestían ropas elegantes, largas capas, sombreros y vestidos antiguos.
Los comerciantes anunciaban sus productos en voz alta.
Los niños corrían entre los puestos del mercado.
El sonido de una campana resonó a lo lejos.
Noah observó todo con los ojos completamente abiertos.
Era...
Otro mundo.
Uno que jamás había visto.
Y, por primera vez desde que despertó...
Sintió miedo.
Porque comprendió algo.
No solo había perdido a Alex.
También había perdido el único lugar al que alguna vez llamó hogar.

.

.

.

Noah permaneció inmóvil frente a aquella ventana durante un largo rato.
El ir y venir de las personas continuaba con total normalidad. Los comerciantes abrían sus puestos mientras acomodaban frutas, telas y pequeñas artesanías. Los caballos recorrían las calles de piedra arrastrando carruajes adornados con escudos familiares, y las campanas de una enorme catedral resonaban en la distancia, anunciando el inicio de un nuevo día.
Todo seguía avanzando.
Todo parecía tener un orden.
Y, sin embargo...
Su mundo acababa de derrumbarse.
Apoyó lentamente una mano sobre el marco de madera de la ventana mientras observaba aquella ciudad desconocida. Su respiración seguía siendo inestable. Intentaba convencerse de que aquello era un sueño, una ilusión creada por el dolor, pero el frío que sentía sobre la piel, el aroma del pan recién horneado y el murmullo constante de la gente le demostraban lo contrario.
Aquello era real.
Demasiado real.
Bajó lentamente la mirada hacia su propia ropa.
Ya no llevaba la camisa que había usado durante el viaje con Alex.
Ni el reloj que Daniel le había regalado por su cumpleaños.
Ni el pequeño collar que Alex solía jugar entre sus dedos cada vez que estaban solos.
Ahora vestía una sencilla camisa de lino blanco, un chaleco oscuro ya bastante desgastado, un pantalón de tela gruesa y unas botas viejas que claramente habían recorrido muchos caminos.
Era ropa sencilla.
Ropa de alguien común.
De alguien que apenas sobrevivía.
Noah respiró hondo mientras acariciaba distraídamente la tela de la manga.
—Entonces... ¿esto es de verdad...? —susurró con la voz quebrada.
Nadie respondió.
Solo el viento entrando por la ventana.
Solo el sonido lejano de la ciudad.
Y solo aquel vacío insoportable que seguía creciendo dentro de su pecho.
Sin darse cuenta, volvió a cerrar los ojos.
Las imágenes regresaron una vez más.
Alex riendo mientras conducía.
Las canciones sonando en el automóvil.
Las bromas sobre Pucky, que seguramente estaría desesperando a Daniel al no encontrar a sus dueños.
La carta.
El anillo.
Y aquellas últimas palabras...
"Prométeme que seguirás viviendo, Noah..."
Una lágrima cayó silenciosamente.
Después otra.
Y otra más.
No lloró con desesperación.
No gritó.
Simplemente dejó que las lágrimas descendieran una tras otra mientras una sonrisa triste aparecía en sus labios.
—Mentiroso...
Su voz apenas pudo escucharse.
—Me prometiste que siempre estaríamos juntos...
—¿Cómo se supone que siga viviendo... si tú ya no estás conmigo?
Llevó una mano hasta su pecho.
Aún podía recordar el calor del último abrazo de Alex.
Era tan nítido...
Que por un instante creyó que, si extendía la mano, volvería a encontrarlo allí.
Pero solo había vacío.
Un silencio que dolía más que cualquier herida.
Fue entonces cuando recordó las palabras de los dioses.
"Él también renacerá."
"Pero no conservará ninguno de sus recuerdos."
"Podrás encontrarlo tantas veces como desees..."
"Pero deberás aceptar las consecuencias de tu elección."
Noah abrió lentamente los ojos.
Las consecuencias...
En aquel momento no le habían importado.
Habría aceptado cualquier castigo.
Cualquier condena.
Cualquier sufrimiento.
Todo...
Con tal de volver a verlo una vez más.
Y seguía pensando igual.
Aunque el destino le arrebatara una vida tras otra.
Aunque tuviera que empezar desde cero en cada mundo.
Aunque él fuera el único que recordara.
Lo encontraría.
Siempre.
Porque amar a Alex nunca había sido una decisión racional.
Había sido la única verdad que conocía su corazón.
Respiró profundamente.
Se secó las lágrimas con la manga de la camisa y dio media vuelta.
No podía quedarse encerrado para siempre.
Si realmente estaba en otro mundo...
Debía empezar a comprenderlo.
Y, sobre todo...
Debía encontrar el camino que lo llevaría hasta él.
Con esa única esperanza, Noah salió lentamente de la habitación sin imaginar que, al cruzar aquella puerta, estaba dando el primer paso hacia una condena que se repetiría durante incontables vidas.




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