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Noah bajó lentamente las escaleras.
Cada escalón produjo un pequeño crujido bajo sus pies. A medida que descendía, las voces que había escuchado desde la habitación se hicieron más claras. Había conversaciones por todas partes, el sonido de platos chocando entre sí y el aroma de comida recién preparada.
Al llegar al último escalón, se detuvo.
Frente a él había una pequeña posada.
Las paredes eran de piedra, decoradas con algunas pinturas antiguas y escudos que no reconocía. Varias mesas de madera estaban ocupadas por viajeros que desayunaban mientras conversaban entre ellos. Algunos llevaban espadas al cinturón; otros vestían capas largas y botas cubiertas de barro, como si hubieran recorrido enormes distancias.
Noah los observó en silencio.
Aquello definitivamente no era su mundo.
—Oh.
Una voz femenina llamó su atención.
Detrás del mostrador había una mujer de aproximadamente cincuenta años. Tenía el cabello recogido y llevaba un delantal cubierto de harina.
La mujer lo miró durante unos segundos antes de sonreír.
—Finalmente despertaste.
Noah parpadeó.
—¿Me... conoce?
—No exactamente.
La mujer dejó lo que estaba haciendo y se acercó.
—Pero sé quién eres.
Noah sintió cierta tensión en el cuerpo.
—¿Quién soy?
Ella soltó una pequeña risa.
—Eso deberías saberlo tú.
—No recuerdo...
La mujer dejó de sonreír.
Por la expresión de Noah, comprendió que no estaba bromeando.
—Te encontraron hace dos días cerca del bosque.
Noah se quedó inmóvil.
—¿Dos días?
—Sí. Unos comerciantes iban de camino a la ciudad cuando te encontraron tirado cerca del camino. No tenías documentos, equipaje ni dinero.
La mujer señaló una de las mesas.
—Te trajeron aquí porque necesitabas un lugar donde recuperarte.
Noah bajó la mirada hacia sus manos.
Dos días...
Había estado inconsciente durante dos días.
Eso significaba que los dioses realmente lo habían enviado allí.
No había sido un sueño.
No había sido una ilusión.
Había renacido.
—¿Cómo se llama este lugar?
La mujer lo miró con cierta confusión.
—¿La ciudad?
Noah asintió.
—Sí.
—Eldoria.
El nombre quedó flotando en su mente.
Eldoria.
No lo conocía.
No aparecía en ningún recuerdo.
No pertenecía a ningún país que hubiera estudiado.
Era realmente otro mundo.
—¿Y en qué año estamos?
La mujer frunció el ceño.
—¿Qué clase de pregunta es esa?
Noah se quedó callado.
Había cometido un error.
—Solo... quería asegurarme de algo.
La mujer lo observó unos segundos antes de responder.
—Estamos en el año 847 de la Era de los Reinos.
Noah sintió que el estómago se le hundía.
No tenía ninguna referencia.
No sabía cuándo había comenzado aquella era.
Ni cuánto tiempo había pasado desde su propia vida.
Podrían haber sido décadas.
Siglos.
Quizás aquel mundo ni siquiera existía cuando él había vivido con Alex.
Una sensación de vértigo lo obligó a sentarse.
—¿Estás bien?
—Sí...
Mentira.
No estaba bien.
Nada estaba bien.
Pero no podía quedarse sentado lamentándose.
Alex estaba en algún lugar.
Eso era lo único que importaba.
—¿Hay... algún lugar donde pueda conseguir información?
La mujer levantó una ceja.
—¿Información sobre qué?
Noah dudó.
No podía preguntarle directamente por Alex.
No sabía qué nombre tendría.
No sabía qué aspecto tendría.
No sabía siquiera si había nacido todavía.
—Sobre personas.
La mujer soltó una pequeña carcajada.
—Eso reduce muchísimo la búsqueda.
Noah casi sonrió.
Casi.
—Necesito encontrar a alguien.
—¿Un familiar?
Noah bajó la mirada.
—Algo así.
No quería explicar que buscaba al amor de su vida.
Mucho menos contar que llevaba consigo los recuerdos de una vida anterior.
Probablemente pensarían que estaba loco.
La mujer suspiró.
—Si buscas a alguien, el mejor lugar es el centro de la ciudad. Hay un registro de familias, comerciantes y habitantes. También puedes preguntar en la plaza.
Noah asintió.
—Gracias.
—Espera.
La mujer tomó un pequeño paquete de tela que estaba detrás del mostrador y se lo entregó.
—Esto estaba contigo cuando te encontraron.
Noah lo tomó.
Era una pequeña bolsa.
La abrió lentamente.
Dentro había unas pocas monedas.
Nada más.
Ni fotografías.
Ni teléfono.
Ni objetos de su antigua vida.
Nada que pudiera conectarlo con Alex.
Solo unas monedas de aquel mundo.
Noah cerró la bolsa.
—Gracias.
—Puedes quedarte aquí unos días.
Noah levantó la mirada.
—No puedo pagarle.
—Ya lo sé.
—Entonces...
—Puedes ayudarme.
Noah guardó silencio.
La mujer señaló varias mesas.
—Limpias, ayudas con la cocina y haces algunos recados. A cambio tendrás comida y una habitación.
Noah asintió.
—Lo haré.
Por primera vez desde que despertó, tenía algo parecido a un plan.
No era mucho.
Pero era suficiente.
Necesitaba dinero.
Necesitaba información.
Y necesitaba aprender cómo funcionaba aquel mundo.
Porque no iba a encontrar a Alex quedándose encerrado en una habitación.
.
.
.
Durante los siguientes días, Noah comenzó a adaptarse.
No fue fácil.
Al principio cometía errores constantemente.
No entendía algunas palabras que utilizaban los habitantes de Eldoria. No sabía cómo funcionaban las monedas, desconocía las costumbres del lugar y más de una vez estuvo a punto de perderse entre las calles.
Pero aprendía rápido.
Siempre había sido así.