Mi última elección

Eldoria

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La biblioteca de Eldoria era mucho más grande de lo que Noah había imaginado.

Apenas cruzó sus puertas, el ruido de la ciudad desapareció casi por completo. El lugar estaba sumido en un silencio extraño, interrumpido únicamente por el sonido de las páginas al pasar y el ocasional crujido de las enormes estanterías de madera.

Noah levantó la mirada.

Había libros por todas partes.

Estanterías que parecían llegar hasta el techo, escaleras móviles, mesas ocupadas por estudiantes y estudiosos, mapas antiguos colgados en las paredes y enormes registros encuadernados en cuero.

Por un momento, Noah se sintió extrañamente tranquilo.

Los libros siempre habían sido un refugio para él.

Incluso antes de conocer a Alex.

Caminó lentamente entre las estanterías, pasando los dedos por los lomos de algunos ejemplares mientras buscaba algo que pudiera ayudarlo.

No sabía exactamente qué necesitaba.

Quizás información sobre los reinos.

Quizás registros de nacimiento.

Quizás historias de familias.

Cualquier cosa.

Pero entonces recordó algo.

Los dioses habían dicho que Alex también había reencarnado.

Eso significaba que había nacido en algún lugar de ese mundo.

Y si había nacido allí...

Debía existir un registro.

Noah se acercó al escritorio principal.

Una anciana levantó la mirada desde el enorme libro que estaba leyendo.

—¿Puedo ayudarte?

—Necesito consultar algunos registros.

—¿De qué tipo?

Noah dudó.

—Registros de nacimiento.

La mujer arqueó una ceja.

—¿Buscas a alguien?

—Sí.

—¿Nombre?

Noah abrió la boca.

Y se quedó en silencio.

No sabía su nombre.

Al menos no el de esta vida.

Sintió que la esperanza que había tenido hacía apenas unos minutos comenzaba a desmoronarse.

—No lo sé.

La anciana lo observó confundida.

—¿Cómo que no lo sabes?

—Solo sé quién era en mi vida anterior.

La mujer frunció el ceño.

Noah se dio cuenta inmediatamente de lo que acababa de decir.

—Quise decir... sé quién era antes de perder el contacto con él.

La anciana pareció aceptar la explicación.

—Entonces necesitarás algo más que un nombre.

Noah bajó la mirada.

—Lo sé.

—¿Qué sabes de él?

Noah cerró los ojos.

Y por primera vez desde que había llegado a aquel mundo...

se permitió recordar.

—Era alto.

Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.

—Tenía los ojos color miel.

La sonrisa desapareció poco a poco.

—Era muy amable conmigo.

Su voz comenzó a quebrarse.

—Le gustaba molestarme.

La anciana permaneció en silencio.

Noah tragó saliva.

—Y... siempre decía que estaríamos juntos.

La mujer lo observó durante unos segundos antes de levantarse.

—Ven conmigo.

Noah abrió los ojos.

—¿Encontró algo?

—No.

—Entonces...

—Pero quizá pueda enseñarte algo que te ayude.

La anciana caminó hacia una sección mucho más antigua de la biblioteca.

Noah la siguió.

Después de varios minutos llegaron a una sala pequeña.

En las paredes había mapas.

Muchos mapas.

Algunos mostraban reinos actuales.

Otros parecían pertenecer a épocas completamente diferentes.

—Los registros de nacimiento están organizados por regiones —explicó la mujer—. Si no sabes su nombre, será casi imposible encontrarlo.

Noah bajó la cabeza.

—Entonces tendré que buscar de otra manera.

La anciana lo miró.

—¿De verdad estás dispuesto a recorrer todo el continente por alguien que quizá ni siquiera te recuerde?

Noah levantó lentamente los ojos.

No hubo duda en su respuesta.

—Sí.

La mujer guardó silencio.

Noah apretó los puños.

—Aunque me odie.

—Aunque no sepa quién eres.

—Aunque nunca vuelva a quererme.

Su voz se quebró ligeramente.

—Lo encontraré.

La anciana lo observó durante un largo momento.

Finalmente, suspiró.

—Entonces espero que tengas una vida muy larga.

Noah sonrió con tristeza.

—Ya no estoy seguro de tenerla.

La mujer no entendió aquellas palabras.

Pero Noah sí.

Porque esa había sido la promesa de los dioses.

Una vida.

Después otra.

Y otra.

Hasta encontrarlo.

Mientras tanto, en otra parte de la ciudad...

Alex regresaba a casa.

La noche había comenzado a caer sobre Eldoria.

Las calles estaban iluminadas por lámparas de aceite y los comerciantes comenzaban a cerrar sus puestos.

Alex caminaba tranquilamente, pero aquella extraña sensación de la tarde seguía persiguiéndolo.

No sabía por qué.

Era como si hubiera olvidado algo.

Algo importante.

Algo que no podía recordar.

Al llegar frente a su casa, se detuvo.

Miró hacia el cielo.

Las estrellas brillaban con intensidad.

Y, sin saber por qué...

una frase apareció en su mente.

"Siempre estaremos juntos."

Alex frunció el ceño.

—¿Qué demonios...?

Se llevó una mano a la cabeza.

No entendía de dónde había salido aquella frase.

No tenía sentido.

No recordaba haberla escuchado antes.

Y, sin embargo...

le dolía.

Como si alguien hubiera pronunciado esas palabras directamente dentro de su corazón.

Alex cerró los ojos.

Por un instante vio algo.

Un automóvil.

Una carretera.

Unos ojos llorosos.

Un muchacho.

Y una mano extendiéndose hacia él.

Abrió los ojos de golpe.

La visión desapareció.

Su respiración estaba acelerada.

—¿Quién eres...?

No sabía a quién le estaba hablando.

Pero en algún lugar de su corazón...

algo acababa de despertar.

Y mientras Alex intentaba comprender aquella extraña sensación, Noah seguía sentado en una biblioteca desconocida, buscando desesperadamente cualquier pista que pudiera llevarlo hasta él.




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