Mi última elección

Reencuentro

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Los días siguientes comenzaron a mezclarse unos con otros.

Para Noah, Eldoria dejó de ser completamente desconocida, aunque todavía había cosas que no comprendía. Aprendió cuáles eran las calles principales, dónde podía conseguir comida más barata, qué comerciantes eran más amables y cuáles preferían no tratar con desconocidos. También descubrió que la biblioteca tenía registros de prácticamente todo el continente.

Y eso se convirtió en su lugar favorito.

Cada tarde, después de ayudar en la posada, regresaba allí.

Pasaba horas leyendo mapas.

Revisaba registros de familias.

Buscaba nombres.

Fechas.

Apellidos.

Cualquier cosa que pudiera darle una pista.

Pero no encontraba nada.

Ni una sola señal.

A veces se quedaba sentado frente a una enorme mesa de madera con varios libros abiertos frente a él, sintiendo que estaba intentando encontrar una aguja en un continente entero.

Aquella tarde no fue diferente.

Noah llevaba horas revisando documentos cuando finalmente dejó caer la cabeza sobre la mesa.

—Esto es imposible...

Cerró los ojos.

Quizás los dioses habían hecho aquello a propósito.

Quizás sabían que, si le daban un nombre, una dirección o cualquier pista, encontrar a Alex sería demasiado fácil.

Pero no.

Lo habían obligado a comenzar desde cero.

Y eso era precisamente lo que Noah había aceptado.

—¿Todavía buscas?

Noah levantó la cabeza.

La anciana bibliotecaria estaba frente a él.

—Sí.

—Llevas aquí casi todos los días.

—Lo sé.

—¿Y no has encontrado nada?

Noah negó con la cabeza.

—Nada.

La mujer dejó un libro sobre la mesa.

—Entonces estás buscando de la manera equivocada.

Noah frunció el ceño.

—¿Qué quiere decir?

—Estás buscando a una persona.

—Sí.

—Pero no sabes quién es.

—Sé quién es.

—Tú sabes quién fue —corrigió ella—. Eso es diferente.

Noah se quedó callado.

La anciana tenía razón.

Él estaba buscando a Alex.

Pero aquel Alex todavía no existía para él.

No sabía su nombre.

No sabía dónde vivía.

No sabía qué hacía.

Ni siquiera sabía si tendría la misma personalidad.

La única cosa que conocía era aquella sensación.

Aquella conexión imposible de explicar.

—Entonces... ¿qué hago?

La anciana señaló los libros.

—Aprende sobre este mundo.

—¿Para qué?

—Porque si realmente crees que esa persona está aquí, tendrás que conocer el lugar donde vive.

Noah permaneció en silencio.

Aquella idea era simple.

Pero tenía sentido.

Quizás había estado tan concentrado en encontrar a Alex que había olvidado algo fundamental.

Primero tenía que aprender a vivir.

Así que comenzó a hacerlo.

Leyó sobre Eldoria.

Sobre los otros reinos.

Sobre las familias nobles.

Sobre las ciudades.

Sobre los territorios que se encontraban más allá de las montañas.

Descubrió que aquel mundo era mucho más grande de lo que había imaginado.

Había cuatro grandes reinos y numerosos territorios independientes. Existían gremios de comerciantes, academias, soldados especializados y personas capaces de utilizar una extraña energía llamada esencia.

También existían criaturas que Noah jamás había visto.

Dragones.

Bestias mágicas.

Monstruos.

Y lugares donde los humanos prácticamente nunca se atrevían a entrar.

Noah comenzó a tomar notas.

Si algún día tenía que recorrer aquel continente entero...

necesitaba estar preparado.

Mientras Noah aprendía a sobrevivir...

Alex también comenzaba a notar algo extraño.

Durante los siguientes días, aquella sensación no desapareció.

Al contrario.

Se hizo más fuerte.

Cada vez que caminaba por el centro de Eldoria sentía que debía mirar hacia algún lugar.

Como si alguien estuviera cerca.

Como si alguien lo estuviera esperando.

Pero nunca encontraba a nadie.

—Estás distraído últimamente.

Alex levantó la mirada.

Su amigo estaba sentado frente a él en una pequeña cafetería.

—No.

—Sí.

—No.

—Alex.

—¿Qué?

—Llevas cinco minutos mirando hacia la misma calle.

Alex giró nuevamente hacia la ventana.

—Solo estaba pensando.

—¿En qué?

No respondió.

¿Cómo iba a explicarlo?

Ni siquiera él lo entendía.

Era como una nostalgia por algo que jamás había vivido.

Una sensación absurda.

Había noches en las que soñaba con un rostro que desaparecía antes de que pudiera verlo correctamente.

A veces escuchaba una voz.

Una voz que decía su nombre.

Otras veces sentía que alguien lo abrazaba.

Y siempre despertaba con el corazón acelerado.

—Últimamente sueño con alguien —admitió finalmente.

Su amigo levantó una ceja.

—¿Alguien?

—No sé quién es.

—¿Un hombre o una mujer?

Alex se quedó pensandi

—Un hombre.

Su amigo levantó lentamente una ceja.

—Oh...

Alex lo miró de inmediato.

—¿Qué?

—Nada.

—Esa cara dice lo contrario.

—Solo me sorprende.

Alex frunció el ceño.

—¿Qué tiene de sorprendente?

Su amigo se encogió de hombros.

—Ya sabes cómo son las cosas aquí.

Alex guardó silencio.

Las relaciones entre personas del mismo sexo no estaban bien vistas en gran parte del reino. No era algo que pudiera mostrarse abiertamente sin recibir críticas, especialmente entre las familias nobles. La tradición era clara: los matrimonios tenían como principal propósito asegurar descendencia y mantener los linajes.

Sin embargo, las familias de mayor poder solían vivir bajo sus propias reglas.

Algunos nobles, después de casarse y tener un heredero, mantenían amantes o concubinos del mismo sexo. Hombres que tenían esposas y mujeres que tenían maridos podían mantener relaciones con personas de su mismo género, siempre y cuando cumplieran primero con la obligación de asegurar la continuidad de su linaje.




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