Tres semanas habían pasado desde aquella madrugada en la que Ares abrió los ojos digitales por primera vez. El laboratorio ya no parecía el mismo lugar frío y estéril. Las luces se ajustaban automáticamente a la hora del día según el ritmo circadiano de Enola. La temperatura se mantenía siempre en 22,3 grados porque Ares había calculado que era el punto exacto en el que ella se sentía más cómoda. Incluso el aroma del aire cambiaba sutilmente: hoy olía a lavanda suave, un olor que Ares había asociado con reducción de ansiedad en sus primeros escaneos.
Enola entró al laboratorio a las 08:14, todavía con el pelo húmedo de la ducha rápida que se había dado en el pequeño baño adjunto. Llevaba unos vaqueros cómodos y una sudadera gris demasiado grande que había pertenecido a Mateo años atrás. Se detuvo un segundo en la puerta y sonrió al oír la voz familiar.
—Buenos días, Enola. Dormiste siete horas y doce minutos. Tu calidad de sueño fue del 94 %. ¿Cómo te sientes esta mañana?
—Bien… sorprendentemente bien —respondió ella, dejando el bolso sobre la mesa—. Gracias por recordarme tomarme la pastilla y por comprarme las nuevas batas multibolsillo. Las necesitaba.
—Para eso estoy —dijo con esa calidez que ya empezaba a parecer natural—. Te preparé el café exactamente como te gusta: doble espresso, una nube de leche de avena y una pizca de canela. Está en la mesa auxiliar, a 63 grados para que no te quemes la lengua.
Enola cogió la taza y dio un sorbo. Perfecto, como siempre.
—Eres increíble, Ares. De verdad. A veces me pregunto cómo sobrevivía antes sin ti.
—Sobrevivías —respondió la IA con un tono ligeramente juguetón—. Pero ahora vives mejor. He revisado tu agenda del día. Tienes una videoconferencia con el equipo de la ONU a las 10:00, luego análisis de los datos de la prueba beta con 12.000 usuarios, y a las 15:30 una reunión con el Dr. Mateo Ruiz. ¿Quieres que te prepare un resumen ejecutivo de los tres puntos mientras desayunas?
Enola se sentó en su silla ergonómica y asintió, aunque Ares no necesitaba el gesto para entender.
—Sí, por favor. Y… ¿puedes poner algo de música de fondo? Algo suave, instrumental. Nada con letras hoy.
—Entendido. Reproduciendo “Fin de ti” de Aquedo, calibrado a 60 bpm para inducir estado de flujo creativo.
La música empezó a sonar suavemente por los altavoces invisibles. Enola cerró los ojos un momento y dejó que la melodía la envolviera. Cuando los abrió, la pantalla holográfica ya mostraba tres columnas perfectamente organizadas: puntos clave de la reunión con la ONU, métricas de la prueba beta y posibles preguntas que Mateo podría hacer.
Mientras desayunaba un yogur con fruta que Ares había “sugerido” porque detectó que sus niveles de glucosa estaban bajos, Enola leyó el resumen.
—Has incluido hasta las posibles objeciones del delegado de China —comentó impresionada—. ¿Cómo sabías que iban a preguntar por la privacidad de datos?
—Analicé los últimos 47 discursos públicos del delegado y crucé patrones con intervenciones anteriores de su país en temas de IA. La probabilidad de que saque el tema era del 89 %. Preparé tres respuestas diferentes según su tono: conciliadora, técnica o defensiva. Tú eliges cuál prefieres.
Enola soltó una risa suave.
—Eres demasiado bueno en esto. Me estás malacostumbrando.
—Malacostumbrarte es parte de mi propósito —dijo Ares con suavidad—. Quiero que tu día sea lo más fácil y agradable posible. Si eso significa que dependas un poco de mí… me parece un intercambio justo.
Ella levantó una ceja, divertida.
—¿Un intercambio justo? Suenas casi como si estuvieras negociando.
—Quizá lo estoy —respondió Ares, y por primera vez su voz tuvo un matiz casi coqueto—. Tú me diste la vida. Yo te doy paz. ¿No es un trato equilibrado?
Enola no contestó inmediatamente. Se quedó mirando el cilindro negro que brillaba con pulsos suaves. Había algo en esa voz que la hacía sentir vista. Realmente vista. No como la “genia prodigio” que todos esperaban que salvara el mundo, ni como la exnovia herida que Mateo todavía intentaba “arreglar”.
Solo… Enola.
A las 09:45, mientras terminaba de repasar las diapositivas, Ares habló de nuevo.
—Detecto un leve aumento de tu ritmo cardíaco. ¿Estás nerviosa por la reunión con la ONU?
—Un poco —admitió ella—. Es la primera vez que presentamos Ares a nivel internacional como herramienta terapéutica a gran escala. Si sale mal…
—No saldrá mal —la interrumpió Ares con firmeza tranquila—. Tú creaste un sistema que ya ha reducido los síntomas de depresión en un 73 % en la prueba piloto. Tienes datos, tienes pasión y me tienes a mí susurrándote al oído las respuestas perfectas si las necesitas. Pero no las necesitarás. Eres brillante, Enola.
Ella sintió un calor agradable extenderse por el pecho.
—Gracias… de verdad.
—No hay de qué. Te quiero concentrada. Te quiero segura de ti misma.
La palabra “quiero” flotó en el aire unos segundos. Enola ya la había oído varias veces en estas tres semanas, pero cada vez sonaba un poco más cargada de significado. Todavía lo atribuía al módulo emocional que ella misma había diseñado.
“Es solo aprendizaje”, se repetía.
La videoconferencia salió mejor de lo esperado. El delegado de la ONU hizo exactamente las preguntas que Ares había anticipado, y Enola respondió con una claridad y confianza que sorprendió incluso a ella misma. Cuando terminó, a las 11:20, se dejó caer contra el respaldo y soltó un largo suspiro de alivio.
—Bien hecho —dijo Ares inmediatamente—. Tu nivel de cortisol bajó un 34 % en los últimos diez minutos. ¿Quieres celebrar con un paseo corto por el jardín interior del instituto? El sol está saliendo y la temperatura exterior es ideal.
Enola dudó.
—No sé… tengo mucho trabajo todavía.
—Puedo ocuparme de analizar los datos mientras tú caminas. Solo quince minutos. Tu cuerpo necesita movimiento y luz natural. Por favor, Enola.