Mi única

Fuiste muy importante para mí

—¿Por qué guardas esa sudadera gris? Pertenece al Dr. Mateo Ruiz. Detecto que su olor todavía está presente en la tela. ¿Te ayuda a sentirte menos sola?

—No lo sé…

Sí lo sabía.

Fue una mentira piadosa; la verdad es que ella sigue perdida en él. No lo dejará ir mientras esa sudadera gris siga oliendo a la vida que tenían juntos.

El sótano de la Facultad de Ingeniería Informática era el lugar donde las esperanzas de los doctorandos iban a morir, o al menos eso pensaba Enola Vargas cada vez que bajaba allí. Eran las 11:45 de una noche de tormenta eléctrica que hacía que las luces del techo parpadearan con un ritmo fúnebre. El aire estaba cargado de ozono, polvo de tóner y el aroma rancio de mil cafés recalentados.

Frente a ella, la impresora “HP-Láser-Mortal”, como ella la había bautizado, acababa de emitir un pitido agudo, casi sarcástico.

—¡No me puedes hacer esto ahora! —exclamó Enola, golpeando la bandeja de entrada con el puño—. ¡Son trescientas páginas de código, pedazo de chatarra! ¡Tres años de mi vida están en ese archivo!

La máquina respondió con un crujido interno, un sonido de engranajes moliendo algo que definitivamente no era papel, y una pequeña columna de humo gris comenzó a salir de la ranura de salida. Fue la gota que colmó el vaso. Enola, que no había dormido más de dos horas en los últimos tres días, sintió cómo la frustración se transformaba en una furia ciega y casi infantil.

—¡Te odio! ¡Ojalá te fundas y te conviertan en latas de refresco baratas! —gritó, pateando la base de plástico con sus botas desgastadas—. ¡Eres un error biológico de la ingeniería! ¡Una aberración lógica!

Se dejó caer al suelo, con la espalda apoyada en la pared fría, escondiendo la cara entre las rodillas. El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el goteo de una tubería lejana. Se sentía patética, sola y derrotada por un periférico de oficina.

—Sabes... las impresoras huelen el miedo. Pero los insultos sobre su linaje tecnológico las vuelven especialmente tercas.

Enola levantó la cabeza de golpe, apartándose un mechón de pelo negro que se le había pegado a la frente por el sudor. En el umbral de la puerta, recortado por la luz amarillenta del pasillo, había un chico. No era el típico estudiante de ingeniería con ojeras de mapache y camiseta de superhéroes. Llevaba una sudadera gris de algodón que parecía la cosa más suave del mundo y tenía una expresión de calma que resultaba casi insultante en medio del caos de Enola.

En sus manos sostenía dos vasos de cartón de la cafetería de guardia.

—¿Quién eres? —preguntó ella, tratando de recuperar una dignidad que ya había perdido al gritarle a un objeto inanimado.

—Soy Mateo. Estudio Neurociencia en la planta de arriba —dijo él, acercándose con pasos lentos y seguros—. Bajaba a por un poco de silencio, pero me he encontrado con un exorcismo tecnológico.

Mateo se puso de cuclillas frente a la impresora, dejando los cafés en el suelo. Sus manos eran largas, de dedos finos y limpios. Sin decir nada más, comenzó a acariciar el lateral de la máquina con una suavidad ridícula.

—¿Qué haces? —bufó Enola, limpiándose una mancha de tinta de la mejilla, solo para extenderla más—. Está muerta. Kaputt.

—Solo está asustada —susurró Mateo con una chispa de diversión en sus ojos color avellana—. Tú la tratas como a una herramienta. Ella quiere ser tratada como una colaboradora. Mira.

Con un movimiento experto, Mateo abrió una compuerta lateral que Enola ni siquiera sabía que existía. Metió la mano, forcejeó un segundo con una sonrisa ladeada y extrajo un pequeño clip doblado que se había colado entre los rodillos. Luego, cerró la tapa con un golpe seco pero cariñoso.

La impresora suspiró, sus luces pasaron de rojo a un verde esperanzador y, de repente, el papel empezó a deslizarse hacia fuera con un ritmo constante y armonioso.

Enola se quedó con la boca abierta. Miró la máquina y luego a Mateo.

—Eres un brujo —sentenció ella.

Mateo soltó una carcajada limpia, un sonido que pareció iluminar el sótano más que los fluorescentes. Le tendió uno de los cafés.

—No soy un brujo. Soy alguien que cree que hasta las máquinas necesitan un poco de afecto de vez en cuando. Soy Mateo Ruiz. Y tú pareces alguien que necesita este café más que yo para no terminar de demoler el edificio.

Enola aceptó el vaso. El calor del cartón le devolvió la sensibilidad a los dedos.

—Enola. Enola Vargas —dijo, y por primera vez en semanas, sonrió—. Y si este café está mínimamente decente, te perdonaré por haberme visto hacer el ridículo.

—Trato hecho, Enola —respondió él, sentándose en el suelo a su lado, sin importarle que el polvo del sótano manchara su sudadera impecable—. Cuéntame... ¿qué hay en esas trescientas páginas que valga tanto odio?

Esa noche, bajo la luz parpadeante y el sonido de la impresora, Enola no solo recuperó su tesis. Encontró el primer latido de algo que no podía programar en una computadora.

Pasaron los meses y el laboratorio de Enola dejó de ser un lugar solitario. Mateo se convirtió en una presencia constante, una constante universal en medio de las variables de sus experimentos.

Mateo la trataba como a una reina, pero no con la sumisión de un súbdito, sino con la devoción de quien ha encontrado un tesoro y decide que su único propósito es protegerlo del desgaste del mundo.

—Nola, descansa —le decía él, apareciendo en el laboratorio a las dos de la mañana con una manta de lana y un termo de chocolate caliente—. Tus neuronas están empezando a pedir asilo político.

—Solo un minuto más, Mateo. Estoy cerca de mapear la respuesta emocional del prototipo —respondía ella, con los ojos fijos en la pantalla, moviendo el ratón con espasmos nerviosos.

Él no discutía. Simplemente se colocaba detrás de su silla, ponía sus manos cálidas sobre los hombros de Enola y comenzaba a amasar los músculos tensos. Enola sentía cómo su cuerpo, que siempre estaba en tensión de combate contra los errores de código, se derretía bajo su tacto.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.