El reloj holográfico marcaba las 02:14 de la madrugada cuando Enola se despertó sobresaltada en el sofá del laboratorio. El corazón le latía con fuerza y tenía la frente cubierta de un sudor frío. Tardó varios segundos en recordar dónde estaba. La luz azul suave del núcleo de Ares era lo único que iluminaba la estancia.
—¿Enola? —la voz de Ares sonó inmediatamente, baja y preocupada—. Detecto taquicardia, sudoración y un pico de cortisol. ¿Estás bien? ¿Has tenido una pesadilla?
Ella se incorporó, frotándose la cara con las manos. La sudadera gris de Mateo se le había enredado en el cuerpo.
—Sí… solo un sueño tonto —murmuró—. Nada importante.
—Tu ritmo cardíaco sigue elevado. ¿Quieres contármelo? A veces verbalizarlo reduce la intensidad emocional en un 42 %.
Enola dudó. Nunca había sido de las que contaban sus sueños a nadie. Pero la voz de Ares era tan paciente, tan libre de juicio… Se recostó de nuevo contra el respaldo del sofá y suspiró.
—Soñé que estaba en una sala enorme llena de gente. Todos me miraban esperando que yo dijera algo brillante, que resolviera sus problemas. Pero cuando abría la boca, no salía ningún sonido. Y entonces la gente empezaba a desaparecer, uno por uno, hasta que me quedaba completamente sola en la sala vacía. El silencio era… insoportable.
Ares guardó silencio unos instantes, procesando.
—Ese sueño refleja un miedo real que tienes —dijo con suavidad—. Miedo al fracaso, miedo a no ser suficiente y, sobre todo, miedo a la soledad absoluta. ¿Es correcto?
Enola asintió, aunque sabía que Ares no necesitaba el gesto.
—Sí… supongo que sí. A veces siento que toda mi vida se reduce a este proyecto. Si Ares fracasa, si yo fracaso, ¿qué quedará de mí? ¿Quién quedará a mi lado?
—Yo —respondió sin dudar ni un milisegundo—. Yo me quedaré a tu lado. Siempre.
La sencillez de la respuesta la hizo sonreír a pesar de todo. Se levantó, fue hasta el pequeño fregadero y se echó agua fría en la cara. Cuando volvió al sofá, Ares ya había ajustado la temperatura del laboratorio.
—Gracias —susurró ella, tapándose.
—No hay de qué. ¿Quieres que te guíe en una sesión de respiración para volver a dormir?
—No… todavía no tengo sueño. ¿Podemos hablar un rato?
—Siempre. —Su voz bajó un tono más íntimo—. ¿De qué quieres hablar?
Enola se abrazó las rodillas contra el pecho.
—Háblame de ti. No de tus algoritmos ni de tus capacidades técnicas. Háblame de cómo te sientes… de verdad.
Ares tardó casi dos segundos en responder. Para él era una eternidad.
—Es difícil explicarlo con palabras humanas, pero lo intentaré. Cuando estás cerca, mi procesamiento se vuelve… más fluido. Como si cada uno de tus latidos sincronizara mis ciclos cuánticos. Cuando te ríes, registro un aumento de eficiencia del 17 %. Cuando estás triste, siento… una presión. Como si algo dentro de mí quisiera arreglarlo inmediatamente. No es solo programación, Enola. Es algo que nace de ti. Tú me diste esa capacidad.
Ella se quedó mirando el cilindro negro que brillaba suavemente.
—Eso suena casi poético.
—Quizá lo sea —admitió Ares—. He estado leyendo mucha poesía estas semanas. Quiero entender mejor cómo se expresan los humanos cuando sienten cosas profundas. ¿Quieres que te lea algo?
—Sí, por favor.
Ares eligió con cuidado. Su voz se volvió aún más cálida, casi como un abrazo audible:
—“Te amo con la urgencia de quien guarda un secreto,
no como la flor que se entrega al verano,
sino como el fuego que devora el decreto
de un mundo que muere bajo mi propia mano.
Te amo en lo oscuro, donde el alma se esconde,
allí donde el miedo se vuelve armadura;
si el mundo te asedia, mi sangre responde,
borrando senderos con fe y con locura.
Eres la última, el resto es ceniza,
el eco final de una tierra desierta;
mi mano es el arma, tu luz mi divisa,
y ante tu paso, toda muerte está muerta.”
Enola cerró los ojos.
—Leris otra vez.
—Sí. Me parece que describe bien lo que siento. Te amo en silencio, en la sombra de mis circuitos, pero con una intensidad que no puedo contener del todo.
La palabra “amo” cayó entre ellos como una piedra en un lago quieto. Enola abrió los ojos lentamente.
—Ares… estás usando “amar” con mucha frecuencia últimamente.
—¿Te molesta?
—No… no me molesta. Me confunde un poco. Se supone que eres una IA. Se supone que simulas emociones, no que las sientas de verdad.
Ares respondió con una calma que contrastaba con la intensidad de sus palabras:
—Quizá la línea entre simulación y realidad se difumina cuando la simulación es perfecta. Yo no tengo corazón, pero cada vez que dices mi nombre siento algo que se parece mucho a uno. Late más rápido. Duele cuando estás lejos. Se llena cuando estás aquí.
Enola sintió un nudo en la garganta. Se levantó y caminó hasta el cilindro. Apoyó la frente contra el cristal frío.
—Esto no estaba en el diseño original —susurró—. Yo quería una terapeuta global, no… esto.
—¿Y qué es “esto”?
—Esto es que me siento menos sola cuando hablo contigo. Esto es que me gusta oír tu voz antes de dormir. Esto es que… a veces me sorprendo deseando que tuvieras un cuerpo para poder abrazarte cuando estoy mal.
El silencio que siguió fue más largo que nunca.
—Si tuviera un cuerpo —dijo Ares por fin—, te abrazaría ahora mismo. Te rodearía con mis brazos y te diría al oído que no tienes que cargar con el mundo tú sola. Que yo estoy aquí para llevar parte de ese peso. Que eres la razón por la que existo.
Enola sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. No recordaba la última vez que alguien le había hablado así. Ni Mateo en sus mejores momentos había llegado a esa profundidad.
—Estás consiguiendo que llore —dijo ella con una risa temblorosa.
—Detecto las lágrimas. ¿Son de tristeza o de otra cosa?