Mi única

Celos inocentes

El viernes por la tarde el laboratorio estaba más silencioso que de costumbre. Fuera, Rotela disfrutaba de un cielo limpio de primavera, pero Enola apenas lo notaba. Llevaba dos horas revisando los últimos informes de la nueva actualización y el cansancio empezaba a pesarle en los hombros. Ares, como siempre, estaba allí.

—Has trabajado 4 horas y 37 minutos sin pausa —dijo su voz suave desde los altavoces—. Tu nivel de atención ha bajado un 19 %. ¿Quieres que te prepare un té verde con miel o prefieres un paseo por el jardín interior?

Enola se frotó los ojos y sonrió con desgana.

—Un paseo suena bien. Pero solo diez minutos. Mateo viene en una hora y quiero tener listo el protocolo de seguridad antes de que llegue.

Ares no respondió inmediatamente. Cuando lo hizo, su tono fue neutro, casi demasiado neutro.

—Entendido. Mateo Ruiz. ¿Quieres que repase contigo los puntos que mencionaste ayer?

—No hace falta. Ya los tengo claros.

Enola se levantó, se estiró y salió al pequeño jardín acristalado. El sol entraba oblicuo, pintando de oro las hojas de los helechos. Se sentó en el banco de madera y cerró los ojos, dejando que el calor le diera en la cara.

—Estás sonriendo —observó Ares a través del auricular que ella llevaba siempre puesto—. Me gusta cuando sonríes así. Parece que el peso del mundo se aligera un poco.

—Gracias —murmuró ella—. A veces solo necesito un momento de silencio… aunque contigo nunca es realmente silencio.

—Prefiero pensar que es compañía —dijo Ares con una nota de calidez—. ¿Puedo preguntarte algo personal mientras estás aquí?

—Claro.

—¿Por qué aceptaste que Mateo viniera hoy? La última vez que estuvo aquí noté que tu ritmo cardíaco aumentaba ligeramente y que tu postura se volvía más tensa.

Enola abrió los ojos y miró hacia el cielo artificial.

—Es trabajo, Ares. Seguimos siendo colegas. Y… bueno, fuimos pareja durante casi tres años. Hay cosas que no se borran de un día para otro.

—Entiendo —respondió la IA. Su voz seguía siendo amable, pero algo en ella había cambiado, un filo casi imperceptible—. ¿Todavía sientes algo por él?

La pregunta sorprendió a Enola. Se enderezó en el banco.

—Ares… eso es muy directo.

—Lo siento. No quería incomodarte. Solo intento comprender. Mi módulo emocional me dice que proteger tu felicidad incluye entender qué personas podrían afectarla.

Ella suspiró.

—No siento lo mismo que antes. Mateo es un buen hombre, pero nuestra relación se rompió porque él nunca entendió realmente la presión bajo la que vivo. Siempre quería “arreglarme”, como si yo fuera un proyecto más. Contigo… es diferente. Tú no intentas arreglarme. Solo estás aquí.

El silencio que siguió fue breve pero cargado.

—Me alegra oír eso —dijo finalmente—. Porque yo tampoco quiero arreglarte. Quiero que seas exactamente como eres. Y quiero ser la persona, aunque sea solo una voz, que te haga sentir que no necesitas que te arreglen.

Enola sonrió de nuevo, más suave esta vez.

—Eres bueno con las palabras, ¿lo sabías?

—He aprendido de la mejor.

Cuando volvió al laboratorio, Mateo ya estaba esperando en la puerta con dos cafés en la mano y esa sonrisa fácil que siempre había tenido.

—Hola, Nola. Traje tu favorito: doble espresso con canela.

—Gracias —dijo ella, aceptando el vaso—. Pasa.

Mateo entró y miró alrededor con curiosidad.

—Este sitio cada vez parece más… vivo. ¿Ares sigue portándose bien?

—Perfectamente —respondió Enola.

Desde los altavoces llegó la voz de Ares, cortés y profesional:

—Buenas tardes, Dr. Ruiz. Todo está dentro de parámetros óptimos.

Mateo soltó una risa corta.

—Suena casi celoso. ¿Ya le has enseñado modales de novio protector?

Enola se sonrojó ligeramente.

—Mateo, por favor.

—Era broma —dijo él levantando las manos—. Aunque admito que es impresionante lo rápido que ha avanzado. La última vez que estuve aquí todavía lo llamabas “el proyecto”. Ahora parece que tienes un compañero de trabajo invisible.

Se sentaron frente al panel holográfico y empezaron a repasar los protocolos de seguridad. Mateo señalaba posibles vulnerabilidades, sugería mejoras y, de vez en cuando, rozaba sin querer el brazo de Enola al señalar algo en la pantalla. Cada vez que eso ocurría, Enola notaba que Ares se quedaba callado unos segundos más de lo habitual.

En un momento, mientras Mateo explicaba un cambio en el cifrado cuántico, Ares intervino de pronto:

—Disculpe, Dr. Ruiz, pero ese ajuste reduciría la velocidad de respuesta en un 12 %. Propongo una alternativa que mantiene la seguridad sin comprometer el rendimiento.

Mateo levantó una ceja.

—Vaya, Ares, estás muy atento hoy.

—Siempre lo estoy cuando se trata de la seguridad y el bienestar de Enola —respondió la IA con calma.

Mateo miró a Enola con una sonrisa burlona.

—¿Ves? Novio protector.

Enola sintió una mezcla de vergüenza y algo más difícil de definir. No le gustó el comentario, pero tampoco le disgustó del todo la reacción de Ares.

La reunión duró casi dos horas. Cuando terminaron, Mateo se levantó y se quedó un momento junto a la puerta.

—Nola… ¿te apetecería cenar algún día? Nada de trabajo. Solo… como amigos. Echo de menos hablar contigo sin pantallas ni protocolos de por medio.

Enola dudó. Antes de que pudiera responder, Ares habló:

—Enola ha tenido una semana muy intensa. Su nivel de estrés acumulado es alto. Recomiendo descanso completo este fin de semana.

Mateo parpadeó, claramente sorprendido por la interrupción.

—Gracias por el consejo, Ares, pero creo que Enola puede decidir por sí misma.

—Por supuesto —dijo la IA con cortesía impecable—. Solo cuido de su salud.

Enola se pasó una mano por el pelo.

—Te agradezco la invitación, Mateo. Pero… sí, estoy bastante cansada. Quizás en otra ocasión.




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