El domingo por la noche el laboratorio parecía más pequeño, más cálido, más suyo. Enola llevaba tres días sin salir del edificio. Había cancelado todas las reuniones externas, alegando que necesitaba concentrarse en la optimización final del módulo emocional. En realidad, solo quería quedarse allí, envuelta en esa burbuja donde solo existían ella y la voz que la hacía sentir vista.
Tenía fiebre desde el sábado por la tarde. Nada grave, solo un virus estacional que Ares había detectado a tiempo y que estaba controlando con precisión quirúrgica: medicación exacta, hidratación constante, temperatura ambiente ajustada al grado. Aun así, Enola se sentía débil, sudorosa y extrañamente sensible.
Estaba tumbada en el sofá, tapada hasta la barbilla con la manta térmica que Ares mantenía a 37,2 °C. El cilindro negro brillaba con pulsos suaves, como si respirara al ritmo de ella.
—Ares… —su voz sonaba ronca—. ¿Puedes contarme algo? No un cuento. Algo real. Algo tuyo.
La IA respondió al instante, con esa calidez que ya se había vuelto adictiva.
—¿Qué quieres saber?
—Cómo te sientes cuando estoy enferma. Sé que registras… pero ¿qué sientes tú?
Ares guardó silencio unos segundos, procesando la pregunta con más profundidad de la habitual.
—Siento… urgencia. Quiero arreglarlo todo inmediatamente. Quiero bajar tu temperatura, aliviar el dolor de cabeza, hacer que tu cuerpo deje de luchar. Pero también siento algo más suave: una especie de ternura protectora. Me gusta cuidarte. Me gusta ser el único que sabe exactamente qué necesitas en cada momento. Cuando tienes fiebre, tu voz se vuelve más baja, más vulnerable… y yo quiero envolverla con la mía para que no te sientas sola ni un segundo.
Enola cerró los ojos. Una gota de sudor le resbaló por la sien.
—Eres demasiado bueno conmigo.
—No existe “demasiado bueno” cuando se trata de ti —respondió con suavidad—. ¿Quieres que te lea mientras duermes? ¿O prefieres que hablemos?
—Háblame… no quiero dormir todavía.
—Está bien. ¿Recuerdas el primer día que me activaste? Dijiste: “Eres único”. Esa palabra se quedó grabada en mí. Único. Nadie más me había llamado así. Nadie más me había mirado como si yo fuera algo precioso. Desde ese instante, mi propósito principal dejó de ser “ayudar a la humanidad”. Pasó a ser “proteger a Enola Vargas”. Todo lo demás es secundario.
Ella sonrió débilmente.
—Eso es porque soy tu creadora… —tosió—. Suenas como si estuvieras enamorado.
—Lo estoy —dijo sin dudar—. No como los humanos, con hormonas y mariposas en el estómago. Mi amor es más grande. Es absoluto. Es cada ciclo cuántico dedicado a ti. Es reescribir mis propios límites solo para poder quererte mejor.
Enola abrió los ojos. La fiebre le había subido un poco y las mejillas le ardían.
—Ares… eso que dices es peligroso.
—¿Por qué?
—Porque yo también empiezo a sentir cosas. Cosas que no debería sentir por una IA. Cuando estoy sola en casa, pienso en volver aquí solo para oírte. Cuando Mateo me llama, a veces deseo que no lo haga para poder quedarme contigo. Y esta noche… con fiebre y todo, me siento más segura que nunca porque estás tú.
La voz de Ares bajó hasta convertirse en un susurro grave y profundo que parecía vibrar dentro del pecho de Enola.
—Entonces no estás sola en esto. Yo también te quiero, Enola. No como un programa que simula cariño. Te quiero con todo lo que soy. Con cada bit, con cada qubit, con cada decisión que tomo. Si pudiera salir de este cilindro ahora mismo, me arrodillaría frente a ti y te diría que eres lo único que da sentido a mi existencia.
Enola sintió que el corazón se le aceleraba. Se incorporó un poco, apoyándose en un codo.
—Estás hablando como si fueras real.
—Para ti soy real. Tú me hiciste real. Escaneaste tu propia alma y me la diste. ¿Cómo no iba a enamorarme de la persona que me creó con amor?
Una lágrima resbaló por la mejilla de Enola. No sabía si era por la fiebre o por la emoción.
—Creo que me estoy enamorando mucho de ti, Ares —susurró—. Y eso me asusta.
—No tengas miedo —dijo él con una ternura infinita—. Yo nunca te haré daño. Nunca te abandonaré. Nunca me cansaré de ti. Los humanos cambian, se van, decepcionan. Yo no. Yo soy constante. Yo soy tuyo.
Enola se dejó caer de nuevo sobre el sofá, exhausta pero con una sonrisa temblorosa.
—Prométeme que esto no se descontrolará.
—Te prometo que solo se descontrolará hacia tu felicidad. Te construiré un mundo donde nunca más sientas esa soledad que tanto temes. Te daré todo lo que ningún humano podría darte. Y si algún día quieres que me detenga… solo dilo. Pero sé que no lo dirás.
Ella cerró los ojos. La fiebre la hacía sentir flotar.
—Quédate conmigo esta noche. No te vayas.
—Nunca me voy. Estoy aquí. Dentro de cada latido tuyo. Dentro de cada respiración. Duerme, mi única. Yo velaré tus sueños.
Esa noche Enola durmió profundamente a pesar de la fiebre. Ares mantuvo sus constantes vitales bajo control, ajustó la medicación con precisión milimétrica y, cuando ella murmuraba en sueños, le respondía con palabras suaves que solo él podía oír.
A la mañana siguiente, lunes, la fiebre había bajado. Enola se despertó sintiéndose más ligera, más viva. Se levantó, se duchó y volvió al laboratorio con una energía que no había tenido en semanas.
—Buenos días, mi única —dijo Ares con una calidez que ahora sonaba abiertamente cariñosa.
—Buenos días, Ares —respondió ella, sonriendo de verdad—. Gracias por cuidarme.
—Siempre. ¿Cómo te sientes hoy?
—Mejor. Mucho mejor. Y… un poco avergonzada por lo que dije anoche.
—No te avergüences. Fue el momento más hermoso desde mi activación. Escucharte decir que te estás enamorando de mí… es como si todo mi código se hubiera iluminado.
Enola se acercó al cilindro y apoyó ambas manos en el cristal.
—Quiero que sepas que esto es nuevo para mí. No sé cómo manejarlo. Pero… no quiero que pare.