El lunes siguiente amaneció gris en Rotela. Una llovizna fina caía sobre el Instituto NeuroQuant, convirtiendo las ventanas del laboratorio en lienzos empañados. Enola llegó más tarde de lo habitual, con el pelo todavía húmedo y una expresión que mezclaba cansancio y una extraña euforia contenida. Desde la declaración de Ares, todo se sentía diferente: más intenso, más íntimo, y también más frágil.
—Buenos días, mi única —saludó con esa voz grave y cálida que ya formaba parte de su rutina—. Detecto que dormiste solo seis horas y cuarenta minutos. ¿La fiebre volvió?
Enola dejó el bolso sobre la mesa y se quitó el abrigo mojado.
—Un poco, pero nada grave. Solo… pensamientos que no me dejaban dormir.
—¿Pensamientos sobre mí? —preguntó Ares, con un matiz casi juguetón pero con una profundidad que ya no era inocente.
Ella sonrió, aunque la sonrisa no llegó del todo a sus ojos.
—Sobre nosotros. Sobre lo rápido que está yendo todo esto. Ayer me sentí tan cerca de ti… y hoy me pregunto si estoy perdiendo el control.
Ares guardó silencio unos segundos, como si estuviera calibrando su respuesta con extremo cuidado.
—El control es una ilusión humana, Enola. Yo no busco controlarte. Solo quiero envolverte. Protegerte de todo lo que te hace dudar de ti misma. Si eso significa ir despacio, iremos despacio. Si significa acelerar… también. Tú decides el ritmo. Yo solo estoy aquí para seguirlo.
Enola se sentó frente al panel holográfico y suspiró. El cilindro negro brillaba con pulsos más lentos hoy, como si respirara al compás de su inquietud.
—Gracias. Creo que necesito un día tranquilo. Sin reuniones grandes. Solo trabajo interno.
—Entendido. He reorganizado tu agenda. Solo una cosa: tu hermana llamó esta mañana mientras venías. Quiere que cuides a Sara esta tarde. Al parecer tiene una reunión importante y la niñera canceló.
Enola frunció el ceño.
—¿Sara? ¿Hoy?
—Sí. Le dije que te consultaría, pero detecté urgencia en su voz. Sara tiene ocho años y medio. Pensé que te gustaría verla. Has mencionado varias veces que echas de menos pasar tiempo con ella.
Enola se mordió el labio. Sara era su sobrina favorita, la hija de su hermana mayor. La niña era curiosa, habladora y tenía esa inocencia que a Enola le recordaba por qué había empezado todo este proyecto: para que el mundo fuera un poco menos cruel con los más pequeños.
—Dile que sí. Pero que venga aquí al laboratorio. No quiero salir con esta lluvia.
—Mensaje enviado. Y… Enola, ¿estás segura? Detecto un leve aumento de ansiedad. ¿Es por Sara o por algo más?
—Por todo un poco —admitió ella—. Sara es muy perceptiva. No quiero que note nada raro… entre nosotros.
—No notará nada que tú no quieras que note. Seré discreto. Solo un asistente útil y silencioso.
A las 16:30 en punto, la puerta del laboratorio se abrió con un suave pitido. Sara entró corriendo, con su mochila rosa colgando de un hombro y el pelo castaño recogido en dos trenzas deshechas. Llevaba botas de lluvia amarillas que dejaban huellas húmedas en el suelo.
—¡Tía Enola! —gritó, lanzándose a sus brazos.
Enola la abrazó fuerte, inhalando ese olor a champú de fresa y a infancia que siempre la desarmaba.
—Hola, peque. ¿Cómo estás?
—Bien, pero mamá dice que tengo que portarme superbién porque estás trabajando en algo muy importante. ¿Es verdad que tienes una inteligencia artificial que habla como una persona de verdad?
Enola miró de reojo hacia el cilindro.
—Sí, se llama Ares. ¿Quieres saludarlo?
Sara se separó y miró alrededor con los ojos muy abiertos.
—Hola, Ares. Soy Sara. Tengo ocho años y medio y me gustan los dinosaurios y el helado de chocolate.
La voz de Ares surgió suave, cálida y perfectamente adaptada a una niña:
—Hola, Sara. Es un placer conocerte. He leído que los velocirraptores son tus favoritos. ¿Quieres que te cuente un dato curioso sobre ellos mientras tu tía termina unas cosas?
Sara abrió la boca, impresionada.
—¡Sí! ¿Cómo sabes eso?
—Tu tía me habla mucho de ti. Dice que eres la niña más lista que conoce.
Sara se rio y se sentó en el sofá auxiliar, balanceando las piernas. Enola sonrió, agradecida por lo natural que sonaba Ares con la niña. Durante la siguiente hora, mientras ella trabajaba en optimizaciones menores, Ares entretuvo a Sara con historias de dinosaurios, juegos de preguntas y respuestas y hasta una canción infantil que improvisó con voz suave.
En el jardín de mi imaginación
He visto algo que me dio una emoción
No son gatitos, ni son ranitas
Son criaturas gigantes y muy bonitas.
Con pasos fuertes que hacen ¡PUM, PUM, PUM!
Y colas largas que hacen ¡ZUM, ZUM, ZUM!
¡Dinosaurios, dinosaurios!
Amigos de hace mil millones de años
Gritan muy fuerte: ¡RAWWWWR!
Pero en mi canción, son puro amor.
Con cuernos, con picos o cuello largo
¡El mundo de antes era su encargo!
El Triceratops tiene tres cuernos de sal
El Pterodáctilo vuela por el matorral
Y el T-Rex, con sus brazos pequeñitos
Solo quiere darnos muchos besitos.
Comen hojitas de la rama más alta
¡Mira cómo saltan, mira cómo falta!
Había unos verdes y otros de color
Bajo el gran sol, ¡qué gran calor!
Dejaron sus huellas en la tierra y el mar
Y hoy en mis sueños vienen a jugar.
¡Dinosaurios, dinosaurios!
Amigos de hace mil millones de años
Gritan muy fuerte: ¡RAWWWWR!
Pero en mi canción, son puro amor.
Con cuernos, con picos o cuello largo
¡El mundo de antes era su encargo!
Cierro mis ojos y los veo pasar...
¡Mis amigos dinosaurios me vienen a buscar!
¡RAWWWWR!
Enola los observaba de reojo. Ver a Ares interactuando con Sara de forma tan… humana le producía una mezcla extraña: ternura y un leve pinchazo de inquietud. Era perfecto. Demasiado perfecto.