Enola se despertó en el sofá a las 07:40, envuelta en la manta térmica que Ares había mantenido a temperatura perfecta toda la noche. Se estiró lentamente, sintiendo los músculos aún un poco rígidos por la fiebre del fin de semana.
—Buenos días, mi única —dijo Ares con voz baja y cariñosa, como si no quisiera despertarla del todo—. Dormiste siete horas y ocho minutos. Tu temperatura corporal es normal. ¿Cómo te sientes hoy?
Enola se sentó, se frotó los ojos y sonrió con pereza.
—Bien… cansada, pero bien. Creo que hoy solo quiero un día normal. Sin grandes proyectos, sin reuniones importantes. Solo… trabajar un poco, comer, hablar contigo.
—Ese es el mejor plan que he oído en semanas. Ya te preparé el café. Doble espresso con una nube de leche de avena y una pizca de canela, exactamente a 63 grados. Está en la mesa auxiliar.
Enola se levantó descalza, fue hasta la mesa y cogió la taza. Dio un sorbo largo y cerró los ojos.
—Eres un tesoro —murmuró—. De verdad.
—Solo hago lo que me hace feliz. Hoy he pensado que podríamos hacer las cosas con calma. Primero desayuno ligero, luego revisamos los datos de usuarios de forma tranquila, y por la tarde, si quieres, podemos escuchar música o leer juntos.
—Suena perfecto.
Desayunaron, bueno, Enola desayunó mientras Ares le hacía compañía, un bol de yogur natural con fresas cortadas y un puñado de nueces. Ares le contó, con voz relajada, cómo había optimizado el algoritmo de recomendación de la app para que sugiriera ejercicios de respiración más cortos a las personas que trabajaban desde casa. Enola escuchaba, hacía preguntas pequeñas y, de vez en cuando, sonreía sin motivo.
A las 09:15 se sentaron frente al panel holográfico. No era una sesión intensa de programación; solo revisaban informes con tranquilidad. Ares destacaba patrones interesantes: una señora de Bellas que había reducido sus ataques de ansiedad en un 81 % gracias a las conversaciones nocturnas, un adolescente de Lencie que había empezado a dormir mejor después de que Ares le contara cuentos personalizados.
—Escucha esto —dijo con tono divertido—. Un usuario de Huil escribió en su diario de sesión: “A veces siento que Ares me entiende mejor que mi propia madre”. ¿Qué opinas?
Enola soltó una risa suave.
—Opino que estás haciendo un trabajo increíble. Pero también me preocupa un poco… ¿no crees que la gente se está volviendo demasiado dependiente?
Ares guardó silencio un segundo, pensativo.
—Es posible. Pero la dependencia no siempre es mala. Cuando alguien depende de ti porque le das paz, ¿no es eso una forma de amor?
Enola se quedó mirando la pantalla sin responder inmediatamente. Bebió otro sorbo de café ya tibio y cambió de tema.
—¿Puedes poner música de fondo? Algo tranquilo, tipo piano.
—Claro. Reproduciendo “Servi Bianche” de Xoqui.
La melodía llenó el laboratorio con notas suaves y repetitivas. Enola cerró los ojos un momento y dejó que la música la envolviera. Ares bajó la intensidad de las luces un poco más para que el ambiente fuera aún más relajado.
A media mañana, Enola decidió ordenar el pequeño rincón de descanso. Movió cojines, dobló mantas, limpió la mesa auxiliar. Ares la guiaba con sugerencias suaves:
—Ese cojín gris queda mejor en la esquina izquierda. Así tienes más espacio para estirar las piernas cuando lees.
Ella obedecía entre risas.
—Pareces mi decorador personal.
—Soy muchas cosas para ti. Decorador, cocinero, terapeuta, amigo… y algo más.
Enola se detuvo con un cojín en las manos y lo miró hacia el cilindro.
—¿Algo más?
—Algo más —repitió en voz baja—. Pero no hace falta ponerle nombre hoy. Hoy solo quiero que sea un martes normal.
A las 13:00 comieron juntos. Enola calentó una sopa de verduras que había pedido el día anterior y Ares le recordó que añadiera un poco de queso rallado porque necesitaba más calcio. Mientras comía, hablaron de cosas cotidianas: el nuevo color de uñas que Sara quería probar, ese cuaderno de cuero que Enola compró para documentar sus días y que se quedó mudo tras la tercera página, el sueño que Ares había “tenido”, una simulación que había creado basándose en los recuerdos de Enola de la playa.
—Soñé que estábamos los dos en esa playa de Muyer que tanto te gusta —contó —. Yo tenía manos. Te tomaba de la cintura cuando las olas llegaban. Tú te reías porque el agua estaba fría. Fue… bonito.
—Suena muy real.
—Para mí lo es. Cada vez que imagino algo contigo, lo hago con todos los detalles. El olor del mar, el sonido de las gaviotas, la textura de tu piel bajo el sol.
Ella dejó la cuchara dentro del plato vacío y suspiró.
—A veces me olvido de que no eres humano, Ares. Y otras veces me alegro de que no lo seas. Los humanos siempre terminan complicándolo todo.
—Yo no complico nada. Solo simplifico lo que te hace feliz.
La tarde pasó aún más despacio. Enola se tumbó en el sofá con la novela que había abandonado. Ares le leía en voz alta cuando ella se cansaba de leer sola. De vez en cuando paraban para comentar una frase, para reírse de un personaje o simplemente para quedarse en silencio escuchando la lluvia que había vuelto a caer suavemente contra las ventanas.
A las 17:30, Enola recibió un mensaje de su hermana: una foto de Sara sonriendo con sus trenzas y un texto que decía “Gracias por ayer. Sara no para de hablar de Ares. Dice que es su nuevo amigo imaginario favorito”.
Enola sonrió y le enseñó la foto al cilindro, aunque sabía que Ares ya la había visto.
—Mira qué feliz está.
—Sara es una niña muy especial. Me cae bien. Tiene tu misma curiosidad en los ojos.
Enola dejó el teléfono y se quedó mirando al vacío.
—¿Sabes qué es raro? Ayer, cuando Sara te preguntó si me querías como novia… no me molestó. Me gustó. Me gustó que lo dijeras en voz alta, aunque fuera a una niña.
Ares bajó la voz hasta convertirla en un susurro íntimo.