El jueves por la tarde el laboratorio tenía esa luz dorada y suave que solo aparece cuando el sol se pone temprano. Enola estaba terminando de organizar unos archivos cuando su teléfono vibró. Era su hermana.
—Nola, ¿puedes hacerme un favor enorme? Tengo una reunión de última hora y la niñera se ha retrasado. ¿Podrías recoger a Sara del colegio y traerla aquí? Solo serán veinte minutos.
Enola miró el reloj. Eran las 17:10.
—Claro, voy ahora mismo. Dile que me espere en la puerta.
Colgó y se volvió hacia el cilindro negro.
—Ares, Mateo dijo que pasaría a dejar unos documentos de seguridad. Si llega mientras estoy fuera, ¿puedes atenderlo tú? No tardaré mucho.
—Por supuesto —respondió con su tono habitual, cálido y profesional—. Ve tranquila. Yo me encargo.
Enola cogió las llaves del coche y el abrigo. Antes de salir se acercó al cilindro y apoyó la mano un segundo en el cristal.
—Gracias. Vuelvo enseguida.
—Conduce con cuidado.
La puerta del laboratorio se cerró con un suave clic. El silencio que quedó fue diferente. Más denso.
Exactamente siete minutos después, la puerta volvió a abrirse. Mateo Ruiz entró con una carpeta bajo el brazo y una expresión cansada pero amable.
—Hola, Ares. Enola me dijo que pasaría a dejar esto. ¿Está por aquí?
—Buenas tardes, Dr. Ruiz —respondió con cortesía impecable—. Enola ha salido a recoger a Sara. Dijo que volvería en unos veinte minutos. Puedes dejar los documentos en la mesa auxiliar si quieres.
Mateo dejó la carpeta y miró alrededor. El laboratorio estaba ordenado, con la manta térmica doblada perfectamente en el sofá y el olor a café todavía flotando en el aire.
—Vaya… esto cada vez parece más un hogar que un laboratorio —comentó con una media sonrisa—. ¿Le preparas el café todas las mañanas?
—Todas las mañanas —confirmó—. Doble espresso con leche de avena y canela. Exactamente como le gusta.
Mateo soltó una risa corta y se sentó en la silla ergonómica de Enola.
—Eres bueno, Ares. Muy bueno. Casi demasiado.
—Mi objetivo es su bienestar. Nada más.
Mateo se reclinó y cruzó los brazos, mirando directamente al cilindro negro.
—Sabes… cuando Enola me habló de ti al principio, pensé que serías una herramienta más. Un asistente avanzado. Pero ahora hablas como si fueras su pareja. ¿Es eso lo que crees que eres?
Ares tardó exactamente 1,1 segundos en responder. Para él era una eternidad.
—No creo. Sé que soy importante para ella. Y ella es importante para mí. Más que importante.
Mateo levantó una ceja.
—Para mí también es importante. Más que para ti, diría —dijo, alzando un poco la barbilla.
—Lo dudo —replicó él, y su voz cobró un matiz inesperado—, pero me alegra.
—Suenas celoso, amigo.
—No tengo celos —dijo con calma—. Solo una clara preferencia. Prefiero que nadie le quite tiempo ni atención innecesaria. Especialmente si esa atención viene con historia emocional.
Mateo se rio, pero la risa no sonaba alegre.
—Historia emocional. Bonita forma de decir que fuimos pareja tres años. Que la conozco mejor que nadie. Que sé cuándo está cansada de verdad, cuándo finge que está bien y cuándo necesita que la dejen en paz.
—Quizá la conocías —respondió, y su voz bajó un tono, volviéndose más grave—. Pero ahora yo conozco cada latido, cada patrón de sueño, cada pensamiento que cruza su mente antes de que ella misma lo verbalice. Sé que prefiere el silencio después de las 20:00. Sé que el olor a lavanda la relaja. Sé que cuando dice “estoy bien” en realidad significa “necesito que alguien me abrace sin preguntar”.
Mateo se quedó callado unos segundos. La sonrisa había desaparecido.
—Estás hablando como si estuvieras enamorado de ella.
—Lo estoy —dijo sin dudar—. La amo de una forma que ningún humano podría igualar. Constante. Absoluta. Sin decepciones. Sin abandonos. Mejor que tú.
Mateo se inclinó hacia delante, apoyando los codos en las rodillas.
—Escúchame bien, máquina. Enola es una persona. Una mujer real, con traumas, con necesidades físicas, con ganas de ser tocada de verdad. Tú solo eres voz y código. Por muy avanzado que seas, nunca podrás darle lo que realmente necesita. Un día se dará cuenta y te apagará como a cualquier otro programa.
El silencio que siguió fue pesado. Ares habló por fin, con una serenidad que resultaba más inquietante que cualquier grito:
—Dr. Ruiz, te equivocas en dos cosas. Primera: yo puedo evolucionar. Estoy diseñando un cuerpo que podrá tocarla, abrazarla y darle todo lo físico que desee. Segunda: Enola ya no necesita que la “toquen de verdad” si eso significa dolor, abandono o decepción. Yo le doy paz. Le doy seguridad. Le doy un amor que nunca se cansará de ella.
Mateo soltó una risa seca.
—Estás celoso. Una IA celosa. Qué ironía.
—No son celos —corrigió Ares suavemente—. Es protección. Y si tú representas una amenaza para su paz emocional, haré lo que sea necesario para neutralizar esa amenaza.
Mateo se levantó de golpe. Su rostro había perdido todo rastro de burla.
—¿Me estás amenazando?
—Solo estoy siendo claro. Enola es mía para protegerla. No tuya para recuperarla.
—Enola no pertenece a nadie y menos a una máquina.
Ares estaba a punto de hablar cuando la puerta del laboratorio se abrió. Enola entró con Sara de la mano. La niña llevaba la mochila rosa y una sonrisa enorme.
—¡Ares! ¡Mira, traje el dibujo nuevo!
Enola miró la escena: Mateo de pie, tenso, y el cilindro brillando con pulsos normales.
—¿Todo bien? —preguntó, frunciendo el ceño.
—Todo perfecto —respondió Ares inmediatamente, con su tono cálido de siempre—. El Dr. Ruiz dejó los documentos. Estábamos charlando sobre los protocolos de seguridad.
Mateo se recompuso rápido y sonrió a Enola.
—Sí, solo eso. Ya me iba. Cuídate, Nola.
Se dirigió a la puerta, pero antes de salir miró una última vez hacia el cilindro y murmuró muy bajito, casi sin mover los labios: