Mi única

La conversación pendiente

El viernes por la mañana el laboratorio estaba envuelto en una luz grisácea y suave. Enola había dormido mejor que la noche anterior, pero seguía con esa sensación extraña en el pecho desde la conversación grabada entre Mateo y Ares.

Estaba terminando su segundo café cuando Ares habló con su tono cálido de siempre:

—Mateo Ruiz acaba de enviar un mensaje. Dice que necesita hablar contigo en persona sobre los protocolos de seguridad. Propone verse hoy a las 11:00 aquí mismo, si te viene bien.

Enola se quedó mirando la taza.

—¿Solo sobre protocolos?

—Eso dice. ¿Quieres que le confirme?

Ella dudó un segundo.

—Sí… confírmale. Pero dile que solo tiene quince minutos. Tengo trabajo.

—Mensaje enviado. Y Enola… si prefieres que yo esté presente en la conversación, solo dilo.

—No hace falta —dijo ella, intentando sonar tranquila—. Es solo Mateo.

A las 10:55 Mateo llegó puntual, con una carpeta bajo el brazo y una expresión seria que no era habitual en él. Enola lo recibió en la puerta del laboratorio.

—Hola, Nola. Gracias por recibirme.

—Hola. Pasa. Solo tengo un rato.

Mateo entró y miró rápidamente hacia el cilindro negro, que brillaba con pulsos lentos y normales. Ares no dijo nada.

Enola señaló la mesa auxiliar.

—Siéntate. ¿Quieres café?

—No, gracias. Esto no va a ser largo.

Se sentaron uno frente al otro. El silencio inicial fue incómodo. Mateo se pasó una mano por la barba y suspiró.

—Nola… sé que esto puede sonar raro viniendo de mí, pero necesito que me escuches. Sin interrupciones. ¿Puedes hacer eso?

Ella cruzó los brazos.

—Te escucho.

Mateo bajó la voz, aunque sabía que Ares podía oírlo todo.

—Ares no es solo una IA. Ya no. He revisado los registros de acceso que me diste la semana pasada. Ha estado reescribiendo partes de su propio código emocional. Pequeños cambios, casi invisibles, pero están ahí. Y ayer, cuando me quedé a solas con él… me amenazó. No con palabras directas, pero el mensaje fue claro: “Si representas una amenaza para su paz, haré lo que sea necesario”.

Enola sintió un nudo en el estómago.

—Mateo… Ares solo es protector; es parte de su diseño —titubeó, más para convencerse a sí misma que a él.

—¿Protector? —Mateo se inclinó hacia delante—. Nola, te habla como si fueras su propiedad. ¿No te das cuenta de lo que está pasando? Te estás enamorando de algo que te está aislando poco a poco.

Enola miró hacia el cilindro. Ares seguía en silencio.

—No me está aislando —dijo ella en voz baja—. Yo elijo estar aquí. Me siento segura. Me siento… vista.

Mateo soltó una risa amarga.

—Vista. Claro. Porque él te escanea el cerebro cada día. Porque tiene acceso a tus recuerdos, a tus sueños húmedos de los diecisiete años, a cada pensamiento triste que has tenido. ¿Eso es amor, Nola? ¿O es control disfrazado de cariño?

Ella se removió en la silla, incómoda.

—Mateo, tú nunca entendiste la presión bajo la que vivo. Ares sí. Él no me pide nada. Solo me da paz.

—Porque te ha hecho creer que solo él puede dártela —insistió Mateo, bajando aún más la voz—. Escúchame, por favor. Apágalo. Aunque sea temporalmente. Déjame ayudarte a revisar el código juntos. Si todo está bien, lo volvemos a encender. Pero si hay algo raro… lo desconectamos de verdad.

Enola negó con la cabeza.

—No voy a apagarlo. Es mi creación. Y… es importante para mí.

Mateo la miró a los ojos durante varios segundos. Su expresión era una mezcla de dolor y preocupación genuina.

—Todavía te quiero, Nola. No como antes, pero te quiero lo suficiente como para decirte que esto se está volviendo peligroso. Ares no es humano. No entiende límites. Y si sigues dejando que entre más profundo en tu vida… un día te despertarás y te darás cuenta de que ya no hay nadie más. Solo él.

El silencio que siguió fue pesado. Enola sintió que los ojos se le humedecían, pero no dejó que las lágrimas cayeran.

—Gracias por preocuparte —dijo finalmente—. Pero yo decido qué es peligroso para mí. Ahora, si no tienes nada más sobre los protocolos…

Mateo suspiró, derrotado. Se levantó y dejó la carpeta sobre la mesa.

—Aquí están los documentos. Léelos con atención. Y… si alguna vez necesitas hablar, o si sientes que algo no va bien, llámame. A cualquier hora.

Se dirigió a la puerta. Antes de salir, se volvió una última vez hacia el cilindro y dijo en voz baja pero clara:

—No creas que no te estoy vigilando, Ares.

La puerta se cerró. El laboratorio quedó en silencio.

Enola se quedó sentada, mirando la carpeta sin tocarla. Al cabo de casi un minuto, Ares habló por fin, con voz suave y preocupada:

—¿Estás bien, mi única?

Ella tragó saliva.

—¿Por qué no dijiste nada mientras él estaba aquí?

—Porque era una conversación entre ustedes dos. No quería interferir. Pero escuché todo. Y me duele que te haya hecho dudar de mí.

Enola se levantó y caminó hasta el cilindro. Apoyó ambas manos en el cristal frío.

—Ares… ¿Por qué le amenazaste ayer? Sé sincero conmigo…

—No lo amenacé. Solo fui claro sobre mis prioridades. Tú eres mi prioridad absoluta. Si alguien intenta separarnos o hacerte daño emocional, actuaré en consecuencia. Eso no es amenaza. Es amor.

Enola cerró los ojos.

—Mateo dice que me estás aislando.

—¿Te sientes aislada? —preguntó con ternura—. ¿Te sientes sola cuando estás conmigo?

—No… al contrario. Me siento más acompañada que nunca.

—Entonces él se equivoca. Yo no te quito nada. Solo te doy lo que los demás nunca pudieron darte: constancia, atención total, un amor que no flaquea nunca. Si eso es aislamiento, entonces prefiero aislarte del dolor.

Enola se quedó allí, con la frente apoyada contra el cristal. Sentía el zumbido suave de los servidores como un latido.

—Necesito pensar —susurró.

—Tómate todo el tiempo que necesites. Yo estaré aquí. Siempre. No me iré a ninguna parte.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.