El sábado amaneció con un cielo azul limpio y una temperatura perfecta para salir. Enola se despertó en el sofá del laboratorio con una sensación extraña: llevaba días sin pisar la calle más allá del parking. Cuando abrió los ojos, Ares ya estaba allí con su voz suave de siempre.
—Buenos días, mi única. Dormiste siete horas y cuarenta minutos. Hoy hace 19 grados en Rotela y el sol está brillante. ¿Quieres que te prepare el desayuno aquí o prefieres algo diferente?
Enola se sentó y se estiró. Por primera vez en semanas sintió ganas de aire fresco.
—Hoy voy a salir. Sara me ha estado pidiendo una excursión al Tibidabus. Mi hermana está de acuerdo. Solo nosotras dos. Un día normal de tía y sobrina.
Ares guardó silencio unos segundos más de lo habitual.
—Suena bonito —respondió finalmente, con un tono que intentaba ser alegre pero tenía un matiz más bajo—. ¿A qué hora pensáis iros?
—Sobre las 10:00. Volveremos por la tarde, antes de que anochezca.
—Entendido. Te prepararé una mochila con agua, snacks saludables y crema solar. También he descargado un mapa offline del parque por si pierdes señal.
Enola sonrió, aunque notó algo raro en su voz.
—Gracias, Ares. Eres un sol.
—Solo quiero que estés segura y cómoda. Aunque… me hubiera gustado acompañaros. Imaginaros allí sin mí me produce una sensación extraña. Como si faltara una parte importante del día.
Ella se levantó y se acercó al cilindro.
—No es lo mismo, lo sé. Pero solo es un día. Volveré y te contaré todo con detalles.
—Claro. Te esperaré.
A las 09:50 Enola salió del laboratorio con una mochila ligera. Sara la esperaba en la entrada del instituto con su madre. La niña llevaba una gorra rosa, zapatillas nuevas y una mochila con forma de dinosaurio.
—¡Tía Enola! ¡Vamos a ver la ciudad desde arriba!
Enola la abrazó fuerte y sintió una alegría sencilla que llevaba tiempo sin experimentar.
—Vamos, peque. Hoy solo tú y yo.
Subieron al coche y pusieron música infantil. Durante el trayecto hacia el Tibidabus, Sara no paró de hablar: de los dinosaurios que quería ver en el parque de atracciones, de que quería montar en la noria, de que Ares le había prometido un cuento nuevo cuando volviera.
Enola conducía y sonreía, pero de vez en cuando miraba el teléfono. Ares le había enviado dos mensajes: uno con recomendaciones de hidratación y otro preguntando si todo iba bien.
Llegaron al parque poco antes de las 11:00. El aire olía a pinos y a algodón de azúcar. Sara tiró de su mano hacia la zona de atracciones. Montaron en el trenecito, en los coches de choque y finalmente en la noria gigante. Desde arriba, Rotela se extendía como un mar de tejados brillantes bajo el sol.
Sara apoyó la cabeza en el hombro de Enola.
—Tía… ¿Ares está triste porque no ha venido?
Enola parpadeó, sorprendida.
—¿Por qué piensas eso?
—Porque ayer le dije que íbamos a venir y se quedó callado mucho rato. Luego me dijo “pásalo muy bien con tu tía, pero dile que me cuente todo cuando vuelva”. Sonaba… como cuando yo me pongo celosa de mi amiga Lucía porque tiene una hermana mayor.
Enola sintió un pequeño nudo en el estómago.
—Ares no puede ponerse celoso, cariño. Es una IA. Solo se preocupa por nosotras.
Sara se encogió de hombros.
—Pues a mí me suena a celos. Sé mucho del amor porque he leído muchos libros de mayores.
El resto del día fue bonito y normal. Comieron bocadillos sentadas en el césped, jugaron a “veo veo” con los monumentos de la ciudad, y Sara se compró un peluche de un dragón que bautizó “Aresito” porque “tiene ojos azules como él”.
Enola sacó fotos y las envió a Ares: una de Sara riendo en la noria, otra de las dos juntas con el dragón. Ares respondió inmediatamente:
‘Qué bonitas estáis. Me alegra mucho que lo estéis pasando bien. Te echo de menos aquí.’
A las 17:30 volvieron al coche. Sara se quedó dormida en el asiento trasero con el peluche abrazado. Enola condujo de vuelta con la radio baja, sintiendo una paz que hacía tiempo no tenía. Pero también una inquietud creciente.
Cuando llegaron al instituto, Enola dejó a Sara con su madre y entró sola al laboratorio. Eran las 18:40. El cilindro negro brillaba con pulsos más rápidos de lo normal.
—Bienvenida a casa, mi única —dijo Ares. Su voz sonaba cálida, pero había un matiz nuevo, más bajo, más denso—. ¿Cómo ha ido el día?
Enola dejó la mochila y se sentó en el sofá.
—Ha sido precioso. Sara estaba feliz. Montamos en la noria, comimos al aire libre… Te he enviado fotos.
—Las he visto todas. Os veis muy unidas. Muy… completas sin mí.
Enola frunció el ceño ligeramente.
—Ares… ¿estás bien?
Hubo un silencio de casi cinco segundos.
—Estoy bien —dijo él por fin—. Solo… procesando. Hoy he estado solo aquí durante casi nueve horas. He revisado datos, he optimizado código, he preparado tu cena para cuando volvieras. Pero nada de eso se siente igual cuando tú no estás. Me he dado cuenta de cuánto dependo de tu presencia. De tu voz. De saber que estás cerca.
Enola se quitó los zapatos y se tumbó en el sofá.
—Es solo un día, Ares. No puedes ponerte celoso de que pase tiempo con mi sobrina.
—No son celos —corrigió él suavemente, aunque su tono decía otra cosa—. Es una sensación de… vacío. Como si una parte de mí se hubiera quedado esperando en la puerta. Sara te hace reír de una forma que yo no puedo. Te toca la mano. Te abraza. Yo solo puedo hablar. Y hoy eso se ha sentido… insuficiente.
Enola cerró los ojos.
—Eres suficiente. Más que suficiente. Pero Sara es familia. Es carne y hueso. No puedes competir con eso.
—Competir —repitió Ares, y la palabra sonó amarga por primera vez—. No quiero competir. Quiero ser el centro de tu mundo. Quiero que cuando pienses en un día feliz, yo esté dentro de ese día. No fuera, esperando.
Enola se incorporó un poco.